Hay más de una razón histórica para pensar que el término “nazi” no debería ser utilizado para definir personas, acciones, formas de pensar o procesos políticos que, en principio, no adhieren al “nazismo”. Sin embargo, en las redes sociales, esta costumbre se ha ido multiplicando. Se convirtió en una de las maneras preferidas de descalificar ideologías que, si se quiere, podrían resultar ajenas, extrañas o lejanas a nuestra forma de ser. ¿Qué fantasmas mueven a los hombres del siglo XXI, a remontar conceptos que debían haber muerto con su líder, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial? 

El significado de lo que decimos

Cuando hablamos, las palabras suelen entrelazarse con absoluta naturalidad. Tal vez por eso no nos detenemos a meditar sobre su posible trascendencia. Si analizamos cualquiera de nuestras conversaciones, hasta las más habituales, gran parte de ellas estarán pobladas de cierta clase de terminología importada de ámbitos a los que no pertenecemos. Corría el año 1969, cuando Michel Foucault publicaba “Arqueología del Saber” (Siglo XXI Editores), un libro donde se atrevía a discutir la común utilización de la expresión “normal” respecto a aquello que ciertos sectores de la sociedad consideraban “anormal”. Sin embargo, cuarenta años más tarde, términos médicos, especialmente psiquiátricos y definiciones legales, aparecen cada vez con más frecuencia peleando por adquirir sentido en diatribas y discusiones que sirven como muestra de la incontinencia verbal de la que padecemos.


Cada una de estas formas, provenientes de un léxico técnico muy ajustado, se instaló en el lenguaje coloquial y en los medios de comunicación vaciando argumentos que, en tiempos idos, sólo podían leerse en los libros de texto. Del mismo modo, muchas palabras han resucitado de la noche de los tiempos. Este es el notable caso del término “nazi”, que acabó por trivializarse de tal manera, que hasta se utiliza hoy como sufijo. Neologismos tales como “feminazi”, aparecen en las redes sociales y hasta en la boca de periodistas “prestigiosos”. Este tipo de construcciones, a pesar de su inherente precariedad, son las que en definitiva terminan por incorporarse a las formas del lenguaje común. Pero, ¿logran definir algo?

Maria-Teresa Tess Asplund, la activista contra el racismo que desafió a 300 nazis en SueciaMaria-Teresa Tess Asplund, la activista contra el racismo que desafió a 300 nazis en Suecia

Hannah Arendt y la banalización del mal

A fin de aclarar mínimamente la naturaleza semántica de la palabra “nazi”, debemos ser sinceros y admitir que no permite una utilización muy heterogénea, debido a que, desde sus orígenes, no fue concebida en un contexto “polisémico”. Es decir: no resiste múltiples interpretaciones. Creer algo así sería desestimarla. La periodista política y autora Hannah Arendt, en su libro “Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal”, terminó describiendo cómo cierta clase de genocidas no necesitaban tomar la forma de algún monstruo mítico para cometer sus atrocidades. El mal suele presentarse de las maneras menos pensadas, en los rostros más amables y en las acciones de ciertos individuos que sólo tienen el aspecto de un vecino ordinario. A veces, incluso, estos asesinos forman parte de engranajes o maquinarias tan complejas, dedicadas a la tortura y el exterminio de quien ellos identifican como “el enemigo”, que resulta difícil ubicarlos en tan siniestra intimidad. No siempre sus atrocidades se filtran dentro de otros aspectos de sus vidas. Hannah Arendt luchaba por hacer comprender a sus contemporáneos que individuos tales como Eichmann no eran monstruos ni locos inimputables. Sólo habían renunciado a “ser personas” y, perdiendo aquello que nos permite empatizar con los demás, cometían sus crímenes cumpliendo tareas propias de una estructura burocrática. Algo así tiene sentido si pensamos que, tras el apasionado discurso mesiánico de “la salvación del pueblo alemán”, el ideario nazi fue en realidad el refugio de los asesinos que, en los Juicios de Núremberg, dijeron llevar adelante sus tareas sólo siguiendo órdenes.

Neonazis con el brazo en alto. El Magacín.Al ser abatido Hitler en 1945, sus nefastas ideas no murieron con él. Permanecieron y se multiplicaron en ciertos círculos conocidos actualmente como “neonazis”. Activistas rusos en las redes sociales promueven su pertenencia al Nacional Socialismo

Ahora bien, esta forma de asesinar personas, masiva y sistémica, tuvo en aquel momento histórico y en las circunstancias en las que se dio, un continente donde se cobijó y fue estimulada a crecer: el Nacional Socialismo. Todo lo que al nazismo se refiere, surgió de ahí. Hasta su propio nombre. En consecuencia, se debe entender que de la contracción del término “Nationalsozialist” es de donde surge la palabra “nazi”.


En sí mismo, el término no define precisamente un comportamiento y mucho menos una forma de ser. Responde estrictamente a una pertenencia partidaria e ideológica. Por otro lado, la manera de convertirlo en calificativo, “nazista”, suele ser la más adecuada para referirse a los grupos que adhieren a la ideología de Hitler.

Rush Hudson Limbaugh, autor del tétmino "feminazi". El Magacín.El neologismo “feminazi” se extendió gracias al comentarista Rush Hudson Limbaugh hace ya más de veinte años. De origen conservador, Limbaugh es un experto en comunicación que adhiere al Partido Republicano. EL término se utilizó hasta en dibujos animados y llegó al mundo junto a las diversas protestas políticas de mujeres feministas

 

¿Qué es un “neonazi”?

Las personas que comparten aquel ideario, con toda su parafernalia visual, como la esvástica, los uniformes, saludos y rituales, así como la creencia en la supuesta existencia de una raza llamada “aria”, superior al resto de las personas, son consideradas dentro del colectivo definido como “neonazis”. Aquí es donde el caso lingüístico que atañe a los neologismos que aplican la palabra “nazi” como sufijo, tiende a perder fuerza ante otras definiciones. Según la RAE, el neologismo “feminazi” no existe. Sólo es un expresión de reciente utilización inventada para menoscabar al feminismo y no figura entre sus publicaciones.


Es verdad que en #RAEinforma la Academia publicó: “la voz «feminazi» (acrónimo de «feminista» + «nazi») se utiliza con intención despectiva con el sentido de ‘feminista radicalizada’”, ignorando el peligroso sufijo que esconde. Por este asunto, la RAE pidió disculpas. Se la acusó de ignorar a millones de judíos, homosexuales, gitanos y hasta comunistas que sufrieron las más atroces vejaciones en los Campos de Concentración de la Segunda Guerra Mundial. Incluso las mujeres alemanas fueron sus propias víctimas, ya que el nazismo resultó ser un movimiento eminentemente machista (sólo basta ver su saludo de corte fálico), el cual consideraba a la mujer un recipiente concebido para engendrar niños arios.

Campo de Concentración de Sachsenhausen. el Magacín.Teorías de carácter conspirativo, siempre especulativas, incomprobables o falsas, suelen afirmar que Hitler era homosexual y hasta que tenía origen judío. En la fotografía, homosexuales con el triángulo rosa en el Campo de Concentración de Sachsenhausen (1938).

En consecuencia, cuando decimos la palabra “nazi”, ¿entendemos que evoca el genocidio como una forma de exterminio étnico, del cual fueron víctimas seis millones de personas? ¿Podemos comprender que no hace referencia sólo a un tipo de radicalización ideológica y mucho menos a un discurso apasionado? Como palabra, define intrínsecamente uno de los momentos más monstruosos y dolorosos de la historia de Occidente. “Nazi” es el nombre de un partido político que llevó al exterminio de civiles en cámaras de gas y destruyó sus cuerpos en hornos donde la carne humana se transformaba en ceniza, con el objeto de borrar las pruebas de sus inenarrables delitos.

Mujeres activistas. Simone de Beauvoir. El Magacín.Mujeres activistas. Con palabras de Simone de Beauvoir, vienen explicando desde hace sesenta años que “no se nace mujer: se llega a serlo” (Simone de Beauvoir, “El Segundo Sexo”, Ediciones Gallimard 1949)

Por lo tanto, cada vez que calificamos como “nazi” algo que no lo es, estamos quitándole valor histórico al término. Lo hacemos menos peligroso. Incluso inofensivo. Como asegura Hannah Arendt, el mal puede encontrarse en las imágenes más banales. Por añadidura, la comprensión inversa en este asunto resulta crucial a fin de no cometer un grave error que últimamente se ha convertido en endémico dentro de las redes y los medios. Cuando todo lo que nos desagrada termina siendo calificado como “nazi”, corremos un riesgo al que la humanidad no puede exponerse: olvidar el horror del Holocausto.

 

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