Los mitos antropogénicos son los que explican el origen de la humanidad. En el caso de la Biblia, este proceso aún encierra profundas incógnitas. Lo único que sale a la luz al leer el texto sagrado, es que tuvo lugar en un huerto al que el autor identifica como el Paraíso Terrenal.

Muchos exégetas, a lo largo de la historia, ubicaron la fantástica comarca de Edén en regiones tan diversas como Arabia, Turquía, Irán e incluso la India. Si bien parece que este tema sobrepasa los límites de la imaginación, existen abundantes descripciones que señalan, aunque veladas sutilmente, el lugar indicado por los redactores bíblicos para referirse a la geografía del Paraíso. Dichas descripciones nos remontan al libro del “Bereshit” (בְּרֵאשִׁית), término hebreo que significa “en el comienzo” y equivale al griego Génesis. Resume la historia del cosmos hasta el advenimiento de los patriarcas, asegurando que, entonces, nada de lo que existía en la tierra era como lo vemos hoy. Sin embargo, a pesar de esta afirmación, las marcas de los países de los sumerios, asirios, babilónicos y caldeos ya existían. Su distribución y toponimia estaban muy bien determinadas. En esas tierras tan antiguas los animales de las diversas especies convivían pacíficamente, la vegetación abundaba y las serpientes eran seres misteriosos que tenían la capacidad de hablar.


Según especifica la Biblia, no había estaciones que dividieran el año porque los cielos estaban cubiertos de una bruma húmeda que subía de la tierra cálida. Necesariamente ese clima se mantuvo hasta el Diluvio, para que todas las criaturas pudieran sobrevivir sin esfuerzo. Como los demás mitos antropogénicos, el Bereshit culmina con la creación del primer hombre por la propia mano de Dios, que lo modela utilizando simplemente la tierra. Por eso su nombre se asociaría desde antaño al que se le daba al barro. De todos modos, en la lengua de los judíos, el significado del nombre Adán (אָדָם) no es del todo preciso. Probablemente, como Edom, significa “rojo”, haciendo referencia a la sangre más que al adobe o incluso a alguna particularidad étnica, que, en este aspecto, describiría sólo características que en definitiva podrían resultar, si se quiere, fantásticas. Pero, por llamativo que suene, este aspecto conformaría hasta hoy uno de los enigmas más controvertidos del Antiguo Testamento. Los místicos judíos traducen a veces la voz Adán como “hombre”, a fin de no enredar mucho el asunto. Sin embargo, en hebreo la palabra “hombre” se escribe Ish, איש (con las letras Alef, Yod y Shin), entendiendo que sería más específica la traducción que asocia el nombre del padre de la humanidad al color de la tierra. Para algunos autores, este primer varón sencillamente era ”bermejo” y tuvo una esposa que, según una tradición posterior, tenía cabellos rizados.

La Tentación de Masolino da Panicale y Adán y Eva de Albrecht Dürer. El Magacín.

La Tentación de Masolino da Panicale y Adán y Eva de Albrecht Dürer. El Magacín.

El griego Jenófanes de Colofón, del siglo IV a.C., se refirió a los dioses de los etíopes diciendo que eran “de nariz chata y piel negra”, mientras que los de los pueblos tracios de Europa oriental, eran de “ojos azules y pelo rojo” (Die Fragmente der VorsokratikerHDielsand y WKranz, séptima edición, vol. III Berlín, 1951-54). Por lo visto, en tiempos de los filósofos monistas, que según la apologética de los cristianos representaban las más antiguas tendencias del monoteísmo griego, las culturas del mundo precristiano establecían conexiones étnicas con sus divinidades, viéndolas como a sus propios ancestros. Los egipcios aseguraban que ciertos grupos cananeos contaban entre sus muchedumbres gran cantidad de pelirrojos (ver para esto las reproducciones del templo de Ibsamboul, “Monuments de l’Égypte et de la Nubie” de Jean-François Champollion, volumen I). Consistentemente, estas imágenes fascinaron a los partidarios del difusionismo por mucho tiempo. Si Adán era pelirrojo, también era blanco y, por lo tanto, el hombre esencial, la más perfecta creación de Dios, tenía indudablemente aspecto europeo. Un terrible e inexacto concepto que se arraigó en lo más profundo de nuestra cultura.

 
Cuando el racismo genera imágenes falsas

El doctor Josef Wiesenhöfer, de la Universidad de Kiel, explica en “los arios”, © Deutsche Welle 2006, que a finales del siglo XVIII, por medio de una disciplina llamada raciología, se concluyó que la exterioridad de las personas podía dividir a la humanidad en grupos inferiores y superiores; los elementos tomados en cuenta eran los rasgos externos, como el color de la piel, por ejemplo. Se establecería así la idea de una “raza superior blanca” sobre otras “inferiores no blancas” y uno de los principales referentes al respecto fue Joseph Arthur, el conde de Gobineau, que en su “ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas” confundiría conceptos lingüísticos y étnicos que aún hoy se utilizan de manera errónea (consultar “The Ancient Persia”, Josef Wiesenhöfer, Prefacio, Publicaciones Tauris, página 11, Londres 2001). Aquello que antes se discutía en grupos eruditos, pasó a boca de todos con la disparatada paráfrasis de Gobineau y la posibilidad de que Adán fuera rubio o pelirrojo, cundió. Incluso antes, durante el renacimiento italiano, esta imagen parecía estar ya bastante difundida.


El profundo segregacionismo clásico, modelo de todos los estándares europeos desde la misma creación del arte sacro cristiano, llevó a Miguel Ángel a plasmar en la Capilla Sixtina la figura de un atribulado Adán con cabellos llamativamente anaranjados. Alberto Durero, Jan Gossaert, Raphael Sanzio, Cornelis Van Haarlem, El Bosco, Guido Reni, Benjamin West, Masaccio  y muchos otros artistas destacados de diversos períodos imaginaron a Adán pelirrojo. Incluso en los murales medievales de la Ermita de Veracruz, la simbología eurocéntrica ya se manifestaba con naturalidad, pese al conjunto de limitados recursos visuales que conferiría el estilo románico. Lo mismo se puede apreciar en la Cappella Palatina de Palermo, aunque hay que resaltar que es en la Tentación de la Cappella Brancacci donde, de manera mucho más analítica que en los casos anteriores, se ve cómo fue necesario aplicar la precisión de los fisiólogos renacentistas a fin de retratar a un hombre de vellosidad rubicunda. La obra, atribuida a Masolino da Panicale, aparentemente fue realizada en 1423 y muestra además a una Eva de blonda cabellera nórdica. A semejante lista de obras pictóricas, hay que sumarle la mirada literaria de John Milton, que  publicaría en 1667 “el paraíso perdido”, donde hizo de Adán un arquetipo del cristiano británico, del inglés tradicional del siglo XVII. Pero, de los innumerables ejemplos que podemos citar, fue la pluma de Voltaire la que le otorgó a Adán la medida exclusiva del canon antropomórfico occidental. Escribió en 1764 el tan discutido “Diccionario filosófico” (ver la traducción de Juan Bautista Bergua, Senén Martín Clásicos, Madrid 1966). La pieza profiere una sentencia que grafica muchos de los lineamientos menos conocidos de la ideología que se asentaba en los prolegómenos de la Revolución Francesa. “Dicen que es difícil pensar que Adán, que era pelirrojo y tenía pelo”, escribe Voltaire, “sea el padre de los negros, que son negros como la tinta y además porque en lugar de pelo tienen lana en la cabeza”. Agrega subsecuentemente que se enteró de estas cosas gracias a un jesuita, el padre Isaac Joseph Berruyer, que había leído los libros esotéricos de los rabinos judíos.

 

La literatura bíblica en su propio contexto

Sin embargo, el marcado narcisismo que suele manifestar occidente no tendría, a pesar de su extensa teorización, la capacidad de desentrañar el verdadero secreto que guarda el nombre de Adán. Único en el Génesis, encontraría sus verdaderas raíces muy lejos de las corrientes esenciales del pensamiento judeocristiano que se generó con la caída del Imperio Romano y, por supuesto, aún más lejos de su posterior arraigo en la modernidad. Definitivamente, los argumentos bíblicos se generaron en la matriz intelectual de los imperios perdidos que fructificaron precisamente en Oriente Medio.


Un milenario poema mesopotámico, que escapa por completo a las disparatadas suposiciones raciológicas de Gobineau, propone una respuesta extrínseca al tema. A pesar de su cronología lejana y su geografía exótica, resulta más razonable que la simple referencia fisonómica establecida por Voltaire y sus contemporáneos. La pieza llamada Enuma Elish (que significa en acadio“cuando allá en lo alto”), viene del tercer milenio a.C. y cuenta, de principio a fin, la historia de la creación del mundo según la cosmogonía babilónica. Narra la formidable lucha del dios Marduk con el caos, representado por la diosa Tihamat. El esposo de esta deidad, llamado Kingú, en los últimos tramos del poema termina siendo el sustento material de la creación del hombre, ya que Marduk usa sus restos para moldear el cuerpo de los primeros servidores de los dioses. “Amasaré la sangre y haré que haya huesos”, dice, “y crearé un ser amable, ‘hombre’ se llamará” (“El pensamiento prefilosófico”, Frankfort y Jakobsen, Fondo de Cultura Económica, México 1980). También la palabra que servía para designar a la sangre en el antiguo Egipto, dshr-w-, tenía la misma raíz que “tierra roja”, dshr-t- (An egyptian hieroglyphic dictionary, Wallys y Budge, Londres 1920). Es decir que en la antigüedad se asociaba de manera bastante lógica a la sangre con el barro arcilloso, el terrón o la arcilla de modelar. En el caso de los egipcios el hombre había sido moldeado por un dios alfarero llamado Jnum, que frecuentemente era representado ante un torno. ¿Es esta la razón por la cual Adán se asocia tradicionalmente a la Tierra Roja? Si es así, deberíamos admitir que el Génesis es una reinterpretación poética de muchos textos anteriores que resultaron en una de las tradiciones más ricas de la historia: la Biblia que duerme en nuestras bibliotecas hogareñas.

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