Auschwitz fue el mayor campo de concentración y exterminio nazi, en el cual perdieron la vida más de 1.100.000 de hombres, mujeres y niños. Convertido actualmente en el Museo Estatal Auschwitz-Birkenau, su visita se ha convertido en un lugar para la memoria y la reflexión. Una visita que mucha gente se plantea si realizar o no, si se quieren enfrentarse al horror del nazismo en mitad de unas vacaciones en Polonia. Mi consejo es un «SÍ» en mayúsculas, y la explicación muy sencilla: para recordar. Porque «Los pueblos que no conocen su historia, están condenados a repetirla».Necesitamos comprender hasta dónde puede llegar el ser humano, porque, como dice el profesor Władysław Bartoszewski, antiguo prisionero de Auschwitz: «Millones de personas en el mundo saben lo que fue Auschwitz, pero todavía persiste la cuestión fundamental: mantener en la memoria y la consciencia de la gente el hecho de que sólo de ellos depende que una tragedia así se repita de nuevo. Sólo las personas pudieron provocarla y sólo las personas son capaces de evitarla». Confrontar la realidad de lugares como Auschwitz nos lleva a un nivel de empatía por las víctimas mayor que el que experimentaríamos de otra forma. Y, sobre todo, nos hace replantearnos en nuestro día a día qué vemos a nuestro alrededor que puede llevar a algo así nuevamente y luchar para que no suceda.


Aclarado que considero la visita imprescindible, reflexionemos sobre el «cuándo». En primer lugar, en el momento que estéis preparados para asumir la experiencia, no solo por la dureza de lo que sucedió, sino porque al salir de allí, no seréis los mismos que entrasteis.

“Cuando salimos de allí éramos personas diferentes. No era una simple visita, jamás olvidaremos el escalofrío que recorrió nuestra espina dorsal”

En segundo lugar, mi propuesta sería en invierno, y la explicación viene de la mano de este fragmento de mi novela “Las últimas cenizas de Auschwitz”, que describe lo que siente la protagonista de la novela, pero también mi propia experiencia en el campo de concentración:

«Estoy de pie, en mitad del campo de concentración, delante de uno de los barracones. La temperatura es de dieciséis grados Celsius bajo cero, pero la ropa térmica de última generación y el calzado preparado para la nieve me mantiene confortable, de una forma que casi me parece indigna, como si no tuviera derecho a estar aquí de pie, a salvo, donde ellos no lo estuvieron. Miro alrededor de mí. Todo está limpio y ordenado, con carteles explicativos por doquier. Un lugar preparado para los miles de turistas que cada año visitan este museo del horror, testigo de lo que los propios humanos podemos hacernos los unos a los otros y de las atrocidades que se pueden cometer con total impunidad durante años.

Los escasos turistas que se han aventurado a realizar la visita a pesar del frío de enero en Polonia pasan por mi lado siguiendo al guía que les explica lo sucedido en cada lugar. Algunos hacen fotografías, otros se limitan a escuchar consternados. Yo no he querido sumarme a ninguno de esos grupos. Necesitaba pasear sola, recordando lo que he leído, asumiendo a cada paso lo que sufrieron y perdieron. Lo he hecho durante horas, hasta que he llegado al punto exacto que mi padre me indicó.

Hornos crematorios de Auschwitz-Birkenau. El Magacín.

Tiemblo, no de frío, sino del dolor y la tristeza que ahora también formarán parte de mí para siempre. Suspiro y, movida por un resorte que no puedo controlar, cierro los ojos con fuerza. Cuando lo hago, la barrera entre pasado y presente se difumina en unos segundos, y ya no estoy protegida ni soy la misma mujer que ha entrado en el campo como cualquier otro turista. Ahora siento mi cuerpo enrojecer hasta la congelación por el frío y los ojos llorar bajo las pestañas congeladas. Mis labios se agrietan y una bocanada de aire helado se forma ante mi rostro cuando escucho los gritos de los torturados y veo el caminar lento de los que apenas les queda un aliento de vida, el humo incesable de los cuerpos quemados, la crueldad que impregna todos los rincones del campo de concentración. Soy una con ellos y su dolor es el mío.”

Imaginad la situación. Junto con mi marido, llegamos pronto, y apenas había colas ni mucho menos vestigios de los numerosos autobuses que transportan miles de turistas en verano. En enero la visita se puede hacer sin grupo organizado, algo que preferimos, ya que todas las zonas del campo de concentración están perfectamente explicadas a través de paneles; y de esta forma teníamos la posibilidad de recorrerlo a nuestro aire, centrándonos todavía más en la experiencia. Y lo conseguimos. En cuanto atravesamos la puerta principal, bajo el irónico y cruel letrero de «Arbeit macht frei» (El trabajo te hace libre) en un lugar de trabajos forzados, comenzamos un viaje al recuerdo del infierno.


Conforme realizábamos la visita, se grababa el frío en nuestros cuerpos, y lo que veíamos en nuestros corazones. Sentimos como hemos sentido en pocos sitios, como si cada piedra y cada rincón de aquel lugar inmundo se adentrara en nosotros. Caminábamos sobre la nieve, encontrándonos cara a cara con el horror en sus distintas formas. Las vías del ferrocarril de Birkenau, el lugar que era el principio del fin para muchos de los que allí llegaban después de un viaje de largos días hacinados en vagones sin comida ni bebida. Temblamos al pensar en lo que debían sentir aquellos que eran seleccionados para morir, también en aquellos que salvarían por un día la vida, pero que la perderían por el trabajo extenuante, las torturas; y la falta de sanidad, higiene y de alimentación. Era imposible no clavar la mirada en las torres de vigilancia y los kilómetros y kilómetros de alambradas, a las que algunos se arrojaban cuando perdían toda esperanza, ya que en el momento de funcionamiento del campo de concentración estaban electrificadas. Y también íbamos de barracón en barracón, sin apenas cruzarnos con nadie, con las sensaciones a flor de piel. Allí descubrimos las celdas de castigo en las que los prisioneros eran torturados indiscriminadamente, los lugares en los que eran objeto de experimentos médicos, las habitaciones en las que dormían hacinados… Los pijamas de rayas con los que era imposible guarecerse del frío, los zapatos rotos y desparejados con los que apenas podían caminar. Los objetos robados a sus dueños: maletas, gafas, prótesis… los restos de cabello rasurados de las cabezas de las víctimas acumulados en toneladas…

Y luego, otro paseo: las cámaras de gas, los crematorios, etc. Hasta alcanzar las seis horas de recorrido de un lugar grabado para siempre ya en nuestras mentes.

Montaña de zapatos de victimas de los campos de concentración en Auschwitz-Birkenau. El Magacín.

En resumen, es una visita dura e entristecedora, pero que vale la pena. La existencia de ese campo de concentración, al igual que otros muchos crímenes perpetrados por el nacismo, marcó profundamente la historia de la humanidad. Por ello, cuando salimos de allí éramos personas diferentes. No era una simple visita, jamás olvidaremos el escalofrío que recorrió nuestra espina dorsal cuando vimos de primera mano la crueldad del infierno creado con el único objetivo de exterminar a miles de personas. Auschwitz-Birkenau es el testimonio de la atrocidad, de hasta dónde puede llegar el ser humano en su maldad más profunda. Y de lo atentos que debemos estar para impedir que algo así vuelva a suceder.

Para terminar, creo que es recomendable prepararos la visita a través de algunos de los documentales, libros y películas que han hablado de Auschwitz desde diferentes perspectivas. Mis favoritos son dos libros escritos por dos supervivientes: «El hombre en busca de sentido», de Víctor Frankl, y “Si esto es un hombre”, de Primo Levi.

Finalmente, antes he incluido un fragmento de «Las últimas cenizas de Auschwitz: Te esperaré todo el invierno». Escribí esta novela porque sentí que tenía que hacerlo, que quería sumarme a todas aquellas obras que servían para recordar. E hice que sus protagonistas fueran homosexuales no solo por el recuerdo de los que fueron allí internados por su condición sexual, sino para hacer hincapié en las áreas que, todavía en la actualidad, existen ataques graves a la libertad. Si alguna vez tenéis ocasión de leerlo, me encantará conocer vuestra opinión.


Por la libertad y la igualdad, nunca olvidemos.

 

Dirección del museo:

PAŃSTWOWE MUZEUM AUSCHWITZ-BIRKENAU ul. Więźniów Oświęcimia 20 32-603 Oświęcim, Polska tel. (+48) 33 844 80 03 fax (+48) 33 843 18 62 www.auschwitz.org e-mail: muzeum@auschwitz.org

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Judith Priay nació en España. Está casada y es licenciada en Documentación y diplomada en Biblioteconomía y Documentación.

Lectora empedernida, empezó a escribir desde muy joven, y a día de hoy ya tiene publicadas numerosas novelas, con las que ha alcanzado los primeros puestos de las listas de los libros más vendidos en diversos países. Publica con Editorial Planeta y de forma independiente.

Su actividad literaria se extiende a los relatos, que ha publicado tanto en papel como en formato digital y con los que ha ganado varios premios; y a colaboraciones de radio con un espacio literario.

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