Ríos de tinta se han trazado, trazan y se trazarán acerca de la figura del escritor norteamericano Howard Philips Lovecraft, narrador de enmarañadas “realidades paralelas”; creador de un cosmos teológico, tan poliédrico y complejo como su propio temperamento. Y es que, todos aquellos que nos consideramos unos apasionados de la ficción especulativa, no podemos por menos que sentirnos emocionados y atraídos por la que es su obra; obra que, sin duda, marca un punto de inflexión en el universo de lo mistérico, la fantasía y el terror. Indudablemente, puede seducirnos, en mayor o menor medida, su característico estilo barroquizante, mas, pese a ello, no es de recibo formular que Lovecraft inaugura el siglo XX, suplantando el concepto de lo que, antes, se tenía por miedo.


Pero, si su obra fue tildada de “extraña” por sus propios coetáneos -siendo sus creaciones rechazadas las más de las veces-, no lo fue menos su vida. Una vida de contrariedades y penurias que le dieron fama de ser el estandarte perfecto de la misantropía, el racismo o la misoginia. Pues bien, es a esta supuesta misoginia de Lovecraft, y en concreto, a su agnación con la que fue su mujer, la escritora Sonia Greene, a la que desearía enfocar este artículo pues -como pasaré a exponer-, la figura de su esposa supuso para el artista el espaldarazo de consolidación estilístico y de pensamiento, que necesitaba. Pese a ello, la imagen de esta increíble mujer (al igual que ocurre con su madre o con sus tías), ha sido denostada y relegada -por la gran mayoría de biógrafos de Lovecraft– a un plano de insuficiencia que no merece. Desde aquí, sirvan estas notas para ensalzar a la que fue compañera, esposa y musa del gran genio de Providence.

 

Una apasionada de las letras

Y es que, en la vida de esta mujer “atípica” -inusual para su tiempo-, su incondicional pasión por la literatura la hizo, no sólo casarse en 1924 en segundas nupcias con el escritor de Providence –facilitando a su marido la posibilidad de adentrarse en círculos artísticos y literarios de Brooklyn, en los que ella ya concurría-, sino también, el dar a conocer la obra de Lovecraft a relevantes personalidades literarias de la época, (es el caso, por ej. de Lord Dunsay, cuyo estilo ejerce un innegable influjo en el autor). Además, colaboró activamente con su esposo en la edición de muchos de sus relatos, llegando incluso a compartir la autoría del titulado “El horror en la Playa Martin”, (escrito totalmente por ella en junio de 1922, y publicado inicialmente con el título de “El monstruo invisible”, en noviembre de 1923 en la revista Weird Tales. Lovecraft tan sólo la asesoró en calidad de corrector). Dicho lo cual, resulta más que evidente que la personalidad de Sonia Greene no menoscabó -sino más bien al contrario-, la creatividad del autor de Providence que, en los apenas dos años “físicos” que duró su matrimonio, escribió más de cuarenta relatos largos. Inclusive, durante su luna de miel, Sonia ayudó a Lovecraft a finalizar el relato “Under the Pyramids”, cuyo borrador fue extraviado por el autor durante el trayecto que hizo desde Rhode Island hasta Nueva York, para casarse con Greene.

Pero, además, esa pasión exacerbada que Sonia tenía por las letras, la transformó en un legado increíble en la figura de su hija Florence Carol (fruto de su primer matrimonio con el díscolo e insufrible Samuel Greene), quien se convirtió en una reputada periodista de la época (Carol Weld).

Además de cuentos (el antes mencionado o “Las cuatro en punto”), Sonia también escribió poemas (“To Florence”, “Mors Omnibus Comunis”), una obra de teatro (“Alcetis”, que no fue representada hasta el año 1985, bajo dirección de R. Alain Everts); pero, sobre todo, destacó por sus contribuciones ensayísticas para el órgano de la Asociación de Prensa Amateur, con artículos tales como: “Opinión”, “Mercantilismo”, “Reclutamiento”, “Un juego de ajedrez”, “Aforismos aficionados” y un largo etcétera, en el que no dudaba en expresar-con la vehemencia que la caracterizaba-sus opiniones acerca de cualquier tema, inclusive de aquellos considerados “políticamente incorrectos”.

En un mundo de comienzos de siglo en el que las sufragistas americanas acababan de ganar su duramente peleado derecho al voto; en un mundo en el que el trabajo femenino no estaba bien visto -salvo el cometido de enfermera, secretaria o camarera-; en un mundo en el que la economía familiar debía sustentarse únicamente con la aportación del salario masculino, Sonia Greene se alejó del protocolo y afectaciones sociales, para vivir una vida “de espaldas” al momento.

 

Una existencia difícil

Los comienzos de su vida no fueron fáciles… Nació en 1883 en la ciudad de Ichnia (Ucrania), en el seno de una familia judía. Tras la muerte de su padre-siendo apenas una niña-, emigró con su madre y hermanos a Estados Unidos, en concreto, a la cosmopolita y comercial ciudad de Liverpool. Y como el hambre y las penalidades se cebaban con la familia, Sonia -de apenas dieciséis años-, fue obligada a casarse con el compatriota Samuel Seckendorff, diez años mayor que ella; con él tuvo dos hijos (el primero de ellos falleció con tan sólo tres meses de vida) y, también con él, experimentó en sus carnes el aciago y brutal sentimiento del maltrato (según un corresponsal amigo de Lovecraft, Alfred Galpin). Enviudó en 1916 -hecho que llegó a suscitarle malintencionadas acusaciones de asesinato que no pudieron ser probadas-, teniendo que encargarse en solitario, del cuidado y manutención de su hija.

Comenzó a trabajar de ayudante en una sombrerería, consiguiendo más adelante -con gran esfuerzo- abrir su propio negocio de sombreros, lo que le hacía viajar por el vasto territorio de los Estados Unidos, ofreciendo sus exquisitas y refinadas creaciones; y la luchadora Sonia se convirtió en el pilar económico-afectivo de una familia monoparental de clase media.


Su pasión por la escritura la llevó a ser articulista de la Prensa Amateur de la ciudad de Boston; inclusive, hizo pequeñas aportaciones económicas a dicha Convención y, allí…, fue allí en donde lo conoció, en donde conoció a Lovecraft (en 1921); él, prendado de la personalidad y la clase de esta mujer, se ofreció para cooperar en la revisión de su obra “The Rainbow”, que según Reinhardt Kleiner era: […una gran y hermosa historia ilustrada, con reproducciones de medio tono de fotografías de conocidos aficionados de la época, y que contenía excelentes contribuciones de muchos de ellos…]. Igualmente, el escritor ayudó a Sonia con las correcciones y la edición de la que se convertiría en su obra más importante: “El horror en la Playa Martin”; también llega a sugerirle el intrigante argumento de la obra “Las cuatro en punto” (1922), impresa por vez primera en la revista Something about cats and other pieces.

Tras un breve noviazgo, Sonia, que contaba ya con cuarenta años, y Lovecraft, de treinta y tres, decidieron casarse en la iglesia de St. Pauls (Manhattan), para trasladarse después a un pequeño apartamento en Brooklyn. Pero, la suerte se tornó aciaga y dio la espalda a los nuevos recién casados: Sonia comenzó a desatender su negocio -por motivos de salud-, llegando hasta el punto de perder la tienda que con tanto esfuerzo y ahínco había levantado; por su parte, a Lovecraft le resultaba muy complicado recibir encargos literarios, y sus cada vez más exiguos ingresos, resultaban insuficientes para mantener a la pareja. No quedaba de otra… Sonia comenzó como al principio; a recorrer el vasto territorio americano tratando de vender sus sombreros y tocados, hasta que, finalmente, abrió una tienda en Cleveland en donde se estableció; desde allí, enviaba parte de sus honorarios a su esposo, quien permaneció en Brooklyn tratando de contribuir a la economía familiar con algún que otro encargo literario, y alguna que otra verificación de escritos que apenas le daban para poder comer.

Es innegable que la cuestión económica, junto a la consabida distancia -en kilómetros- que había entre ellos, resultaron decisivas en el acto en sí de escisión de la pareja, y no el hecho de prejuzgar a Sonia como responsable última al poseer un carácter difícil y díscolo, un temperamento huraño, o una inmensa insatisfacción sexual generada por un marido reticente a mantener relaciones íntimas con ella-barbaridades que la propia escritora se encargó de desmentir en su obra “The Private Life of H. P. Lovecraft”-. Tampoco resulta íntegro el hecho de culpabilizar a Lovecraft tildándolo de ser un misógino recalcitrante -al menos, no lo era de manera consciente-. Veraces son las crónicas que testifican que el escritor fue un hombre educado bajo los cánones matriarcales de una familia adinerada venida a menos; y que, pese a ser adoctrinado por su madre (Sarah Susan Phillips), de la que se dijo fue sufragista, ésta no dejaba de estar hecha de una pasta de fehacientes conservadurías decimonónicas.


Y, aunque Lovecraft trató de esgrimirse como un rebelde social-de ahí que se le tildara de misántropo-, no dejaba de ser un hombre circunscrito a una época, a un hábitat, a un entorno que acabó por corroer su concepto de hombría… No fue ella la causante de la ruptura; tampoco él. Sí lo fueron las circunstancias adversas que hicieron que zozobrara el amor.

 

En la piel de Lovecraft

Hagamos un ejercicio de empatía con el escritor, un análisis de la tesitura tensional con la que tuvo que lidiar al casarse con Greene. En este punto del artículo me centro en Lovecraft porque, pese a la brevedad del tiempo que pasaron juntos, y a la brevedad del matrimonio -al menos, así lo suponía ella-, es innegable que la vida de Sonia no puede entenderse si no se comprende la de él. Recordemos que nos encontramos en la América de la primera mitad del siglo XX, en un contexto socio-cultural en el que apenas se estaban comenzando a dar los primeros pasos a nivel de equiparaciones legales hombre/mujer; pues bien, en este escenario de socavación de los antiguos criterios estructurales-todavía vestigios de la vieja Europa-e implantación de ideologías más avanzadas con respecto a la educación moral de la mujer, hay que decir que, precisamente Lovecraft, no se comportó como un machista; si tal argumento fuese cierto, no se comprendería el porqué de su matrimonio con Greene-acción cuya reactiva lo encuadró en el disparadero de las habladurías de taberna, y lo hizo diana de los chismes-. Y no se comprendería porque, en esos años, no resultaba nada apropiado ni estaba bien visto que un hombre se casase con una mujer viuda, y menos aún si ésta ya tenía hijos de un esposo anterior. Tampoco era correcto ni estaba bien considerado que una mujer trabajase en un sector “no tenido como el adecuado para su sexo”-recordemos el dificultoso y arduo camino que la transgresora Coco Chanel tuvo que recorrer en el mundo de la moda y el diseño-. Si a esto le sumamos las insinuaciones que llegan a oídos de Lovecraft acerca de la posibilidad de que el primer marido de Sonia hubiese sido asesinado por ella, no se entiende el hecho de que el escritor se pusiese el mundo por montera y decidiese contraer nupcias con Greene, si este acto no estuviese secundado por un profundo amor hacia ella.

Mas, si a todo lo expuesto, añadimos las largas temporadas que Lovecraft debía pasar solo en Brooklyn-lo que llevó al escritor a aborrecer la vida en la ciudad-, junto al hecho de que Greene obtuviese unos ingresos mucho más cuantiosos que los que él ganaba como escritor, no es de recibo pensar que el cóctel de desavenencias entre ambos contrayentes estaba más que servido, acordando entre ambos un divorcio amistoso que, por desgracia para Sonia, jamás llegó a producirse legalmente.

Por todo ello, sacar conclusiones de cómo y porqué Sonia-o el mismo Lovecraft-encauzaron su vida de una u otra manera, utilizando el rasero ideológico de nuestro tiempo, es un error histórico que no hace más que ensombrecer sus vidas contribuyendo a la consolidación de unos fantasmas que, no dejan de asustarnos por resultarnos incómodos. Lo que es evidente es que esta mujer luchó por vivir, y luchó por amar; quebrantó las normas y desatendió las pautas y…, eso es algo que la vida nunca llegó a perdonarle.

 

Subversiva, hasta la muerte

Y es que la vida de Sonia Greene, acostumbrada desde niña a remar contra corriente, se vio envuelta-casi hasta en la vejez-, en una vorágine general de críticas que a punto estuvieron de dar con sus huesos en la cárcel; y es en este episodio en concreto, en el que el escritor de Providence no procedió con la que fue su esposa como debiera -aquí, a mi entender, sí existe una conducta ciertamente machista, envuelta en un falso halo protector de honor y caballerosidad-; me explico: Sonia y Lovecraft se separan de mutuo acuerdo en 1926, decidiendo cada uno reiniciar nuevamente su vida. Lovecraft marcha a Providence, y Sonia a California. Allí conoce al que se convertirá en su tercer esposo, el Dr. Nathaniel Abraham Davis, con quien contrae matrimonio en 1936. La muerte del Dr. Davis en 1946, acarrea en la figura de Greene consecuencias funestas: además de quedarse sola -ya que apenas si mantenía relación epistolar con su hija Florence-, la revisión ordinaria de sus actas matrimoniales, la pone-literalmente-contra las cuerdas… Sonia es acusada de bigamia pues, Lovecraft jamás firmó el decreto final del divorcio. Aquello la perturbó considerablemente, incapaz de asimilar el hecho de haber seguido casada con un hombre del que hacía más de veinte años que nada sabía, y que yacía en Providence desde el año 37. A duras penas se salvó de la cárcel…, a duras penas volvió a sonreír.


Greene, casi nonagenaria, se topó con la muerte en el año 1972 en la abyecta cama de una residencia de ancianos. Murió sola, como vivió; luchando férricamente contra un mundo injusto, contra la memoria de un esposo que consiguió relegar sus trabajos como escritora, al más profundo de los olvidos.

Espero que este modesto artículo en algo sirva para hacer justicia a la figura de Sonia Haft Shafirkin, o Sonia Haft Greene Lovecraft Davis; de cualquier forma, a la figura de una mujer que vivió y amó “de espaldas al mundo”.

 

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