El sistema educativo actual somete desde la más tierna infancia a todos quienes se suman a él, a un monótono proceso de adoctrinamiento sobre contenidos técnicos y especializados propios del área de estudio a la cuál deseamos avocarnos.

Desde pequeños, en las escuelas nos enseñan una batería de contenidos que la sociedad considera útiles para la supervivencia en ella. En una primera etapa todo parece un juego, resulta bastante entretenido y novedoso para nosotros en nuestra condición de niños. Nos enseñan a escribir, a leer, a recortar con tijeras, a dibujar; los colores, las canciones y los gestos hechos con manos y cuerpo son pan de cada día. Nos gusta, disfrutamos ese proceso. El principal objetivo es desarrollar nuestra capacidad creativa, la motricidad gruesa y la fina; el centro de todo es el desarrollo de habilidades y de capacidades, de generar y ganar experiencia, no de convertir nuestra cabeza en un almacén de competencias duras.


Sin embargo, esa etapa tan entretenida dura sólo un año o un par de ellos. Ahora, “hemos crecido”, “evolucionado” ante los ojos de este sistema educativo. A muchos, con cerca de 5 años de edad los hacen vivir una ceremonia de licenciatura casi al estilo universitario que resulta ser el portal entre esos procesos de aprendizaje basados en juegos, y las nuevas técnicas de enseñanza enfocadas en la exposición permanente de “contenidos” de las más diversas áreas del conocimiento. Una hora tras otra, un día tras otro y año tras año.

“¿Alguien recuerda los contenidos que estudiamos a los 6 años? Yo creo que, nadie”

Con 5 o 6 años de edad, ya entramos a hablar de matemáticas, ciencias naturales, lengua nativa, idioma extranjero, historia y otras asignaturas complementarias. De esta forma, comienza una carrera desenfrenada por insertar en la cabeza del niño, todo este conjunto de conocimientos “tan necesarios” para su supervivencia social. No importa si el niño aprende y comprende, importa cumplir con el programa establecido. Comienzan las competencias por quién tiene el primer lugar del curso (grado, nivel, etc.), quién figura en el “Cuadro de Honor”, quién es el más premiado, quién tiene más fotografías recibiendo un galardón. Si a esas fotos se les suma una nueva cada año y logramos hacer un collage correlativo que rece: “Mejor alumno año 2010, 2011, 2012…”; mucho mejor.

El estudiante “ejemplar” ya probó el elixir del reconocimiento público, y lo disfruta. Goza de subir al proscenio, de ver a sus padres excitados con la situación, de escuchar los aplausos, de ser el “orgullo de la familia” y de constituir “el ejemplo” permanente en la boca de sus profesores ante sus compañeros. Su objetivo ya no es aprender, ahora es mantener su “prestigio” ante su familia, sus maestros y pares. Durante sus exámenes, se limita a memorizar el contenido y vomitarlo en una hoja que le clama por respuestas y que tendrá como premio, la tan anhelada “calificación máxima”. No le interesa comprender lo que está aprendiendo, le interesa cumplir el objetivo.

Si alguien no está de acuerdo, pregunto: ¿alguien recuerda los contenidos que estudiamos a los 6 años? Yo creo que, nadie.

Estos niños, si no son obligados por sus padres, por voluntad propia llegan a su casa a leer y releer los contenidos. Los leen, los releen, no descansan. Vuelven a leerlos, no comprenden pero siguen leyendo hasta que por default terminan memorizando después de un proceso tedioso y desgastante. “2 horas al día” de esta rutina de estudio fuera del horario académico sugieren los “expertos”.

Pasan los años, llega la adolescencia y luego la etapa universitaria. Seguimos con el mismo ritmo pero ahora agregamos los estimulantes del Sistema Nervioso Central (SNC) y alargamos las horas de estudio a altas horas de la noche. Las bebidas energéticas, la taurina y el café cargado se hacen eternas compañeras de los estudiantes de la educación superior, quienes en su esfuerzo por obtener sus títulos profesionales, convierten las noches en día. Lo peor de todo, se jactan de ello en sus redes sociales. Punto común con el proceso de aprendizaje en la etapa de infancia: el proceso sigue siendo tedioso y desgastante.


Los jóvenes terminan sus estudios, se convierten en profesionales y se vuelven adultos. Siguen estudiando, pero ahora con un hogar, pareja o esposa e hijos; nuevas responsabilidades y exigencias irrenunciables a su haber. Algunos siguen dependiendo de los estimulantes del SNC, mientras otros comienzan a probar con otros métodos… las drogas. La constante sigue siendo la misma: el proceso continúa siendo tedioso y desgastante, aún en la adultez.

Llegamos finalmente a una etapa de meseta donde tomamos un respiro, miramos hacia atrás y vemos los resultados, estamos contentos y satisfechos, pero luego miramos al espejo y descubrimos las ojeras, el rostro desgarbado, los ojos rojos, el cabello cano y desordenado (si es que nos queda), o una frente amplia y una calva lustrosa, de no ser así; sin contar con que tenemos el sistema nervioso hecho hilachas.

Y el problema está en el comienzo. Nos hablan de aprender, de aprendizaje y de enseñanza. Nos dicen que es importante, que la educación es lo más preciado que nos pueden heredar nuestros padres. Y tienen razón. Pero en esta desesperada, desgastante y tediosa carrera por aprender contenidos nos olvidamos de aprender lo más importante: “aprender a aprender”; antes de aprender toda esa batería de contenidos.

Y es que de haber “aprendido a aprender” desde antes de comenzar a absorber toda esa cantidad infinita de conocimientos complejos a tan corta edad, a la fecha habríamos aprendido mucho más, respecto a una cantidad más diversa de áreas del conocimiento, con un nivel de desgaste muy inferior, de una forma mucho menos dañina para nuestro cuerpo, y por sobre todo, de una manera mucho más entretenida.


“Aprender a aprender” consiste en un proceso de autoconocimiento. En la niñez impulsado por nuestros tutores, y ya en la adultez, puesto en práctica por nosotros mismos. Consiste en conocer cuáles son los canales de aprendizaje del ser humano y por cuál de ellos, cada uno de nosotros aprende de mejor para poder priorizarlos. También consiste en conocer las distintas técnicas de aprendizaje existentes hasta la fecha, de aplicar las que más nos acomodan y de depurar constantemente su ejecución. Así mismo, consiste en utilizar las nuevas tecnologías en beneficio del aprendizaje y de la optimización de los canales con los que contamos.

A aprender se aprende, y en mi opinión, creo que a la actualidad es el eslabón perdido de la cadena del aprendizaje. En lo personal, apuesto a comenzar por “aprender a aprender”, antes de comenzar el estudio de cualquier tipo de contenido.

Un artículo de Cristian F. Hormazábal Muñoz
Ciudad de Concepción, Región del Bíobío. Chile

 

 

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