El verdadero problema de España es la enseñanza en todos sus niveles. La enseñanza debería constituir el primordial programa político, pues es el principal activo de un país y lo único capaz de elevarlo en todos los campos. Un país sin enseñanza de calidad y sin investigación es un país esclavo.

Desde la II República, ningún gobierno se ha volcado en resolver uno de los problemas más acuciante e importante de España: la enseñanza. Se desaprovechó la transición y la bonanza económica para conseguir un nivel de instrucción adecuado. Hemos pasado del dogmatismo impuesto por la dictadura a la anarquía educativa, olvidándonos de la eficiente experiencia de la Institución Libre de Enseñanza, de la ingente labor pedagógica de la II República y del ejemplo de otros países. Por ello, es imprescindible y urgente elaborar un plan de instrucción pública, que no pueda cambiarse arbitrariamente por cualquier ministro, como ha ocurrido con lamentable frecuencia, y que sea capaz de preparar a nuestros jóvenes para la vida, que desarrolle su razón, su inteligencia y su carácter. Que todos adquieran una formación humanística, científica, artística y ética que les permita ser auténticos ciudadanos, y no vasallos, y entender el mundo en que vivimos.

La regeneración de la vida nacional sólo puede realizarse a largo plazo, a través de una escuela laica, obligatoria, pública, mixta e integral, que vaya transformando a la población en ciudadanos cultos, libres, responsables, capaces de razonar y pensar por su cuenta, sobre los que construir una auténtica democracia de progreso y bienestar. Decía acertadamente Azaña que “si a quien se le da el voto no se le da escuela, padece una estafa”. Un pueblo culto no tiene necesidad de “conductores”, y menos aún de “salvadores”, se conduce y se salva sólo participando de forma activa en la política. Y en esa regeneración deben colaborar no sólo los centros educativos sino todos los medios de comunicación apoyados y ejemplarizados por los políticos y por el Estado en pleno. Siguiendo con Azaña: “El Estado tiene que ser el impulsor, el creador, el director y el orientador de las reformas” y, añado yo, debe de contar con la colaboración de todos los medios de comunicación.

La instrucción no es una obra de improvisación, sino de reflexión, de estudio y de seguimiento. Urge formar maestros y profesores, cambiar los métodos didácticos, destruir prejuicios, hablar y escribir correctamente y que la propaganda no sustituya al razonamiento.


Existen diversos métodos de enseñanza y de valoración de la misma, podemos tomar ejemplo de las excelentes experiencias formativas de Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, Finlandia, Suecia, Japón, etc., sin olvidar los excelentes resultados de la pedagogía Waldorf. Pero lo fundamental en todos ellos es responder a las preguntas: ¿qué se debe enseñar?, ¿cómo se debe enseñar? y ¿cómo evaluar los resultados?. Creo que sería lo más lógico y eficaz adaptar todas esas experiencias a nuestro país, sin olvidar las de los maestros, profesores y catedráticos actuales, y elaborar un riguroso y racional plan en el que se puedan introducir periódicas correcciones y adaptaciones con la aportación de todos los interesados y en función de los resultados obtenidos. Porque hay que estudiar constantemente a los alumnos para llegar a conocerles y seguir su proceso formativo, y hay que modelar de forma permanente a los maestros y profesores para mejorar su tarea. El progreso en la formación debe de ir ligado a la vida afectiva, práctica e intelectual del alumno.

Las matemáticas y la filosofía son la clave de la cultura europea, pero nunca hemos destacado en ninguno de los dos campos, y eso no se debe a incapacidad genética, sino que es consecuencia de una lamentable enseñanza. En nuestro país sólo se ha dado ciencia de forma personal, nunca como una acción social y continuada. Hay que tener en cuenta que la curiosidad es el motor de la ciencia (y esto se fomenta en la escuela), mientras que la indiscreción lo es de la incultura (como reflejan muchas revistas y programas de las televisiones). El actual Gobierno ha cometido el verdadero crimen de eliminar la filosofía de la enseñanza media y despreciar las matemáticas.

Es esencial la formación de los maestros, porque el respeto del alumno se basa en las cualidades humanas e intelectuales del maestro. Éste debe respetar y motivar al discípulo, debe no sólo saber sino saber expresarlo con precisión y claridad, puesto que se aprende con dificultad lo que se enseña mal. El alumno se siente orgulloso y satisfecho de ser tratado con respeto por su maestro, creo que tratar a los discípulos de usted es importante; y le obliga a tratar con toda consideración a su educador.

La enseñanza se tiene que basar en la razón, en la observación de la naturaleza, en la demostración, en la experimentación y en el ejemplo. De ahí la importancia de la formación psicológica y pedagógica de los padres. Es preciso transformar al ciudadano sin interferencias confesionales, inculcarle los valores éticos y cívicos, los deberes con uno mismo, el sentimiento de la propia dignidad, la honradez, la tolerancia, la rectitud, la cortesía, el diálogo, la convivencia pacífica y la compostura. Hay que formar ciudadanos, en igualdad de condiciones, sin discriminación alguna, con libertad de conciencia, que abominen de la mentira, de la injusticia, de la corrupción, de la envidia y del abuso. Decía Azaña: “Antes de todo en la vida, incluso antes que el régimen político, es la libertad de juicio y la independencia de espíritu”. Porque hace más daño a la formación el miedo a la razón que la propia razón.

Se ha dejado en manos incompetentes la enseñanza, en especial en las de la Iglesia, que ha demostrado, hasta la saciedad, que no sabe formar, sólo sabe adoctrinar y además con escaso éxito. porque la Iglesia no se propone desarrollar el sentido crítico ni la capacidad de razonamiento, sino formar espíritus dóciles, nada peligrosos para la fe católica ni para el statu quo político y social; de ésta forma mantiene su dominio sobre las clases medias y altas. Por eso, no se puede consentir que se entregue a la Iglesia la formación de nuestra juventud, porque la actuación sobre sus conciencias es la causante principal de los males que venimos sufriendo en España. Es una cuestión de salud pública. Gracias a esta situación no debe extrañarnos que suframos la mayor tasa de fracaso escolar de Europa y seamos el furgón de cola en calidad de enseñanza, es una consecuencia lógica.

Se exige la religión fuera de la escuela, porque siempre ha sido esa religión, entre nosotros, la religión católica. Lo que se debe de exigir es el adoctrinamiento fuera de la escuela. La enseñanza de las creencias y de las no creencias es imprescindible, pero no de una creencia determinada, sino de las más importantes de las pasadas y de las actuales, con claridad, sin dogmatismos ni adoctrinamiento ni proselitismo. Es fundamental una enseñanza laica, porque fomenta la libertad de conciencia y la responsabilidad de los alumnos, acostumbrándoles a pensar por su cuenta. Los llamados valores absolutos pertenecen a la vida íntima de las personas.

La escuela estatal está hoy bajo mínimos por las concesiones a los intereses privados, que no estriban en enseñar, en formar, sino en obtener los mayores beneficios. Los planes de estudio son obsoletos y, con frecuencia, totalmente disparatados. Faltan escuelas, institutos, talleres, conservatorios, auténticas universidades, bibliotecas, laboratorios, centros de investigación. Se hace necesaria y urgente una reforma total de la enseñanza, de arriba abajo, desde la escuela a la universidad pasando por la formación profesional, desde los métodos a los contenidos, desde los maestros y profesores a los padres y los alumnos. Una reforma que entusiasme y comprometa a un profesorado que aspire a conquistar la dignidad y no los privilegios, que imponga como norma la exigencia, donde prime el mérito y el esfuerzo, que estimule el ansia de saber. Y que se exija un mínimo de disciplina, a los alumnos y a sus padres, pues sin ella no es posible enseñar. La enseñanza es acción, es movimiento, es el paso de un estado a otro, y su función consiste en convertir a un ser en otro.

Algunos están en contra de la escuela mixta aduciendo que las niñas se desarrollan más rápidamente que los chicos, un pretexto que trata de ocultar otras causas. Aún admitiéndolo, no supone ningún problema, ¿es acaso una barbaridad que en una clase donde la mayoría tenga doce años haya niñas de once o incluso de diez años?. La enseñanza debe ser la misma para la mujer que para el hombre, por la sencilla razón de que la persona no tiene sexo, y se trata de formar personas, y no debe dirigirse sólo a la inteligencia, sino a todas las facultades humanas; además las mujeres tienen derecho a recibir una enseñanza equivalente a la de los hombres, puesto que desempeñarán sus mismas funciones laborales. Además, la convivencia entre ambos sexos evitará tanto el anacrónico machismo como el ridículo feminismo, así como la criminal violencia machista

Si todavía no tenemos en España una enseñanza laica, mixta, integral, progresiva y progresista, obligatoria y gratuita, se debe a dos factores: Nuestros políticos no son capaces de rechazar las intolerables presiones de la Iglesia, empeñada en no perder sus importantes prerrogativas en la educación de la juventud y en el saneado negocio que esto le supone. Si la Iglesia quiere seguir imponiendo sus ideas que lo haga con la financiación de los interesados, no con el dinero de todos. Por otro lado, a nuestros políticos les interesan los resultados inmediatos, para poder “cortar la cinta” y demostrar a sus electores lo “eficientes” que son. Los resultados de una adecuada enseñanza se empiezan a recoger a partir de los veinticinco o treinta años… y ellos ya no estarán para pavonearse del éxito. He aquí, una vez más, la diferencia entre un político y un estadista.


Con la enseñanza nos jugamos el futuro económico, la paz social, el comportamiento ético, la convivencia, la competitividad y hasta la democracia. Y es en la escuela donde germinan las ideas básicas de tolerancia, de convivencia, de arte, de ciencia, de humanismo, que deben impregnar todo el tejido social. Sin una buena escuela no puede existir una buena sociedad y, por descontado, no pueden surgir buenos políticos. Hay que insuflar el gusto a lo difícil y el hábito a la creatividad; defender la autonomía moral de las personas y la dignidad humana.

No se puede menospreciar la enseñanza profesional, tan digna y necesaria como la universitaria e imprescindible para el desarrollo económico del país. Una enseñanza que precisa de medios especiales y que debe desterrar a los chapuceros e intrusos. Las nuevas tecnologías y servicios exigen profesiones muy diferentes de las actuales. Sólo sobrevivirán en un cercano futuro los puestos de trabajo que necesiten un mayor nivel de formación y de creatividad, mientras que los trabajos repetitivos desaparecerán.

La Universidad debe ser el principal motor de progreso, debe dejar de ser, para muchos profesores, una oficina donde se va a “cubrir el expediente”. La Universidad debe producir ciencia, investigación, cultura y arte, son sus metas esenciales. No hace muchos años, teníamos en España una docena de Universidades estatales de reconocido prestigio. En estos momentos “gozamos” en España de cerca de cien “Universidades”, (y a cual peor) porque ha entrado la manía de que haya universidades en cada provincia y casi en cada ciudad y la obsesión por tener un título, aunque no se sepa nada de nada (por eso hay magistrados que cometen graves faltas de ortografía y parlamentarios que no saben hablar). Una vez más se ha implantado el café para todos y los resultados no pueden ser más desastrosos. De entrada, ninguna de nuestras Universidades está entre las cien mejores del mundo. Resumiendo: se ha creado un sistema caro y muy defectuoso.

Es indudable que el Estado y sólo el Estado debe expedir títulos de cualquier grado, por tanto todos los centros privados deberán someterse a un riguroso control de su enseñanzas y sus alumnos tendrán que acreditar los conocimientos necesarios para tener derecho a un título. El dinero que se da a los “Colegios concertados” y a las “Universidades” privadas supone una evidente malversación de fondos públicos, porque ¿cómo se puede sufragar algo sin controlar a quién se da, para qué se da y qué resultados se obtienen?.

Si queremos dejar de ser un país esclavo, que solo ofrece sol, playa y mano de obra barata, es imprescindible y urgente promover un tejido productivo enfocado a sectores de alto valor añadido. En resumen, si queremos un país que cuente en el mundo, es imprescindible enseñar, investigar, desarrollar e innovar.

Y erradicar para siempre el “que inventen ellos”.

Otros artículos de Fernando de Orbaneja:

(Valladolid, 1924), doctor Ingeniero Industrial, se ha dedicado a organizar empresas por todo el mundo y ha impartido clases en la Universidad Mackenzie de Sao Paulo y en la Escuela de Administración de Empresas de Barcelona. Es autor de una docena de títulos sobre historia, política y religión. Nota de El Magacín 26/6/2016: Nuestro amigo y colaborador Don Fernando de Orbaneja ha fallecido esta mañana a la edad de 92 años. D.E.P.

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