Con buen criterio, no suele admitirse un cambio de época histórica sin un cambio reconocible en el paradigma social que así lo sustente. Por supuesto, la Política es, a la postre, la parte de dicho cambio que viene a hacer realidad efectiva al paradigma en cuestión pues, siendo el arte de la convivencia, es siempre la llamada a traducir a leyes y normas lo que de otra manera sólo quedarían como modas más o menos pasajeras; pero hay que tener cuidado con la política, así, en tono menor, porque se nutre consuetudinariamente de los usos y costumbres humanos y eso, en nuestros tiempos, comporta asumir como válidas las coordenadas intelectuales del poder establecido, no siempre legítimo y en ocasiones hasta ilícito. Y precisamente una de sus peores costumbres estriba en contarnos la Historia como una más o menos extensa sucesión de hitos, un elenco más o menos exhaustivo de personajes y fechas que tienen la virtud de obrar como árboles aislados que nos ocultan el bosque de nuestra cruda existencia.


            Uno de esos hitos históricos, sin duda, ha sido ese Renacimiento que para el común de los mortales básicamente se refiere a la revolución de las artes italianas de finales del s. XIV y comienzos del s. XV. Sin embargo, el Renacimiento, senso stricto, comienza con la teoría heliocéntrica copernicana (Nicolás Copérnico: 1473 -1543) que, negando el geocentrismo que imbuía al espíritu humano dentro del Estado antiguo y sustituyéndolo por el heliocentrismo que rige realmente a la Tierra con todo lo que hace sombra sobre su faz, supuso la carta fundacional de la Ciencia moderna que, en sí misma, con su cuestión permanente de la realidad física de cercanías, haría de ese renacimiento un proceso evolutivo largo, complejo y convulso. No obstante, si esa fue la munición del Renacimiento, el cañón que la dispararía no fue otro que la invención de la imprenta moderna en 1450 (Johannes Gutenberg), un modo barato y seriado de propagación de novedades de toda índole y, por ende, de subversión del orden establecido.

“El Renacimiento ha muerto, o al menos el movimiento económico, político y cultural que armó este largo proceso de transición humana”

            De otro lado, el reinado de los Reyes Católicos (senso lato 1474-1516), con: sus esfuerzos hegemónicos frente y contra la Santa Sede, todo un hito histórico contra la hegemonía moral del Vaticano en cuanto que legitimadora del poder terrenal de los reinos europeos; el fin de al-Ándalus, con la firma de las Capitulaciones de Granada (1485-92) con la dinastía Nazarí; y el Descubrimiento de América (1492), con la apertura hispana a un nuevo mundo humanamente muy exigente en mentalidad y esfuerzo, sólo necesitó de la Reforma protestante, promovida por el fraile agustino alemán Martín Lutero (1483-1546), para establecer un punto histórico de no retorno al Estado antiguo propio de la Edad Media. Europa era un hervidero de ideas en sí mismas revolucionarias y América no tardó en ofrecer refugio “misionero” a todos cuantos necesitaron sostenerlas y desarrollarlas lejos de las garras inquisitoriales de una longeva inquisición medieval, fundada en el Languedoc francés en 1184 y adoptada por el Vaticano (1542), a través de Aragón primero (1249), luego de España (1478) y de Portugal después (1536), como uno de los cinco pilares fundamentales de la Contrarreforma católica.

Martín Lutero y la Reforma protestante. El Magacín.

            Sin embargo, la gran contribución que el Renacimiento como proceso humano no tardaría en hacer sería el liberalismo, el despertar del Hombre hacia un ideal político de libertades civiles que equivocadamente vemos aún hoy como oferta política, cuando realmente siempre fue un hecho colateral renacentista, a todos los niveles, acompasado a y derivado del propio proceso histórico, que no tardaría mucho en alumbrar la Ilustración europea del s. XVIII, la cartesiana duda metódica y, lo que nos han enseñado a extrañar aún más, la publicación del Manifiesto Comunista en 1848 (Marx, Engels). Y nos lo han enseñado mal por razones meramente doctrinales. Ahora bien, ciñámonos a los hechos: en la segunda mitad del s. XVIII Inglaterra inicia la Revolución Industrial tras la malograda República de Cromwell, el mercantilismo acompañante de dicha revolución técnica y socioeconómica hace surgir una potente burguesía que se ilustra para alzarse económica, política y militarmente frente a una aristocracia ociosa y rentista, sostenedora de una nueva monarquía absolutista, que colocaba al rey como único soberano y, por ende, a la corona por encima del Estado. El pueblo, en cambio, para dejar de ser esclavo de la tierra necesariamente debía migrar a la ciudad, a la semiesclavitud industrial ofrecida por la burguesía.

“La I República Francesa (1789) nos dejó su legado aún en vigor: el pueblo pasa a ser el único soberano.”

            La Revolución Industrial, con sus graves contradicciones, asimilaría definitivamente al corazón de Europa (Inglaterra, Francia y Alemania) ya en el s. XIX y sus terribles desigualdades llevarían a que un puñado de burgueses liberales diesen a luz el mencionado Manifiesto Comunista, marcando así un punto de dicotomía en el renacimiento político humano que, desde entonces, asimilaría el término liberal a los credos conservadores – pues que la burguesía de la época abducía ya con capital e ilustración a la aristocracia europea –, irreconciliablemente enfrentados a un obrerismo en organización previo a la lucha de clases que más tarde el marxismo decretaría allí donde fuese escuchado. Así se celebró la Primera Internacional de Trabajadores (1864). Europa, y por ende sus colonias, comenzó a rasgarse entre el culto a las capacidades individuales del Hombre, esencia filosófica romanticista extraída del liberalismo por las élites estamentales del Antiguo Régimen, y el ideal colectivista de un proletarismo militante, de una incipiente lucha de clases, que no tardaría en incendiar al llamado “mundo civilizado”.


            El resultado de aquella efervescencia no fue otro que la Revolución Francesa que, pese a la notoriedad y las consecuencias sociopolíticas de sus motines y revueltas, tuvo el valor de suponer la liquidación del Antiguo Régimen, el absolutismo monárquico y los restos del anacrónico feudalismo europeo que pudieran quedar en vigor. Y en el corazón mismo del revolucionario discurso francés, con la burguesía dividida entre sus ansias de elitismo, su despertar al poder, y la necesidad de contar con la fuerza numérica de la plebe para conseguirlo, la I República Francesa (1789) nos deja su legado aún en vigor, a saber: el pueblo pasa a ser el único soberano, es decir, Nación, y su condición soberana se expresa según una Constitución, de corte liberal (de libertades civiles), que acaba con el Estado estamental y los privilegios de clase, al menos sobre el papel. Sin embargo, gracias a cómo se nos ha contado la historia, parece que el único provecho que hemos sacado ha sido dividir nuestra concepción política conforme a la topografía de la I Asamblea Francesa según su ubicación frente a la presidencia real: derechas, fuerzas conservadoras o reaccionarias, según se prefiera, e izquierdas, fuerzas progresistas o revolucionarias, según guste. Por añadidura, el proceso de descolonización de las Américas que se inicia en este siglo iba a agravar las contradicciones inherentes al mismo.

“El romanticismo burgués sembró de nacionalismo la Europa de finales del s. XIX”

            Así las cosas, el sangriento s. XIX iba a ser el de las trincheras emocionales. La próspera burguesía europea abraza el romanticismo como un retorno a los ideales patrios y caballerescos en que la individualidad, magnificada desde sus capacidades y éxitos materiales, alcanzará poco a poco las mieles linajudas de una aristocracia arruinada que iba a ser doblón a doblón comprada a precio de saldo; y en la trinchera opuesta, rompiendo definitivamente con el liberalismo burgués, el marxismo con sus cuatro pilares fundamentales, a saber: la lucha de clases recogida en el Manifiesto Comunista, la concienzuda crítica al modelo capitalista burgués, la ideología como doctrina de consolidación de un proletariado consciente de su condición social y la utopía comunista o ideal opuesto a la sociedad capitalista fundada en la explotación humana. Y lo mismo que el romanticismo burgués iría sembrando de nacionalismo la Europa de finales del s. XIX, por mero enquistamiento localista y de clase, la lucha de clases acabaría dando a luz a la Segunda Internacional de Trabajadores (1889), por exclusión de los anarquistas, como una consolidación del espíritu internacionalista proletario especular al nacionalista sentimiento de la élite.

            Y de aquellos polvos los sanguinolentos lodos del s. XX y las consecuencias del fruto podrido del nacionalismo europeo: la Primera Guerra Mundial. En 1919 se celebra la Tercera Internacional de Trabajadores, la Internacional Comunista, por iniciativa bolchevique, para aglutinar a los partidos comunistas europeos bajo la tutela ideológica soviética, impulsora de un férreo colectivismo estatal que dejaba huérfanas de discurso a las fuerzas políticas socialistas en medio de una Europa de entre guerras que no tardaría en sucumbir a las consecuencias económicas de la Gran Depresión de 1929 y los feroces reajustes de tipo económico y financiero que hundieron aún más a la clase trabajadora europea. En ese desgarro ideológico general, con un capitalismo elitista naufrago en su malas prácticas y un colectivismo marxista naufragando en sus prácticas peores, del seno de los partidos socialistas europeos eclosiona otro huevo de serpiente: el fascismo, o cómo la rama más pragmática del socialismo ve su oportunidad en el corporativismo nacionalista, visceralmente romántico, del período de entre guerras. Al menos yo lo veo así. Ni fascismo italiano ni nacionalsocialismo alemán ni nacionalsindicalismo español, todo es fascismo, es decir, el modo en que la tercera vía bastarda toma definitivamente cuerpo en Europa y nos arrastra a la Segunda Guerra Mundial.

Stalin. El Magacín.          La Cuarta Internacional de 1938, fundada en Francia por León Trotsky en respuesta al creciente poder del estalinismo soviético y como un intento de regreso a las esencias políticas de las tres anteriores convocatorias, recibió dos heridas de muerte: primero, el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939, y luego, el asesinato del propio Trotsky, en 1940. Tras eso, todo fue catástrofe para la izquierda. 50 millones de muertos después, con el mundo atenazado por una implacable guerra fría entre dos potencias hegemónicas, el apabullante capitalismo occidental, engrasado por los planes Marshall norteamericanos, y el alienante comunismo soviético, sostenido por la dictadura del proletariado y su contagio a todo el oriente asiático; geopolítica que lo llaman finamente, pero que, a mi juicio, ha sido el principal síntoma de agotamiento del Renacimiento, pues que llevó a las fuerzas motoras de este secular proceso sociopolítico a sendas vías muertas, es decir, a la extinción por implosión ideológica de sus muchísimas y profundas fallas éticas e intelectuales. Y no nos quepa la menor duda que, lo mismo que tras el derrumbe de la URSS y el resurgimiento de la Madre Rusia como remedo nacionalista, casi étnico, de un nuevo zarismo a la soviética, el cesarismo yanqui está dando muestras de su agotamiento con una crisis financiera global con la que ha fenecido su último bastión ideológico, el llamado neoliberalismo, con su deslocalizado imperio de feroz individualismo y lapidarios apuntes contables.


            El Renacimiento ha muerto, o al menos el movimiento económico, político y cultural que armó este largo proceso de transición humana, global, desde el Estado antiguo, feudal, (razón de fondo de la conflictividades africanas y semitas actuales) al Estado contemporáneo, liberal, en que sólo caben establemente las Naciones libres, es decir, los pueblos soberanos constituidos en estados de derecho con fronteras legalmente establecidas e internacionalmente reconocidas como patrimonio jurisdiccional de sus respectivas constituciones políticas en plena vigencia. De ahí la enorme confusión política, económica y cultura que impera en la actualidad y, de ahí, la cantinela monocorde de ese nuevo orden mundial que predican los más poderosos del planeta, desde luego, en beneficio de su creciente cuota de poder. Y sin embargo, el propio hecho de que los poderosos de entre los poderosos invoquen una reordenación de la Humanidad se me antoja una forma posmoderna de contrarreforma, en este caso capitalista, encaminada a derrotar la única esperanza que le queda al Hombre, la nueva reforma, la socialdemócrata; porque no he hablado de la socialdemocracia deliberadamente, ya que eso daría para otro artículo más sosegado y constructivo que este humilde relato para una muerte anunciada.

            ¡Carpe diem!

 

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