Guerra de los Sexos. Dioses griegos y mitología
La Guerra de los Sexos. Dioses griegos y mitología

Guerra de los sexos: No será la psicología, sino la historia, la encargada de definir una conflagración tan antigua como la humanidad. Durante gran parte de la prehistoria, ante el milagro del alumbramiento, el hombre adoró a las mujeres convirtiéndolas en las “gestadoras cósmicas”. Sólo cuando entendió que él era partícipe de la concepción, sustituyó a estas “gestadoras” para imaginar deidades masculinas capaces de “autofecundarse” o “crear el mundo a partir de la nada”. Este fue un proceso muy largo que descartó la idea de la “generación placentaria de todo lo que existe” por la “creación externa”.


De las diosas al Minotauro

Las primeras figuras sagradas en la historia de la humanidad fueron mujeres y responden al período paleolítico. La Venus de Willendorf fue esculpida hace unos 30.000 años, época que también se aplica a la Venus de Laussel. De estos momentos data seguramente el calendario lunar. Comparable al ciclo femenino, fue la primera forma de medir el tiempo. La Venus de Laussel levanta un cuerno con su mano derecha. El cuerno, especialmente el de la vaca, estuvo siempre asociado al cuarto menguante de la luna. Pensadores tan importantes como Robert Graves y Marija Gimbutas, aseguraron que sólo en lo que los historiadores denominan “protohistoria”, las figuras fálicas reemplazaron al llamado “matriarcado divino”.

Figura de Minotauro en vasija
Figura de Minotauro en vasija

El Minotauro es un mito que nace como resultado de una perversión sexual femenina. Sin embargo será también una mujer, la hija del rey Minos, quien logrará dilucidar el enigma del laberinto. “Ciertos pueblos se imaginan que en la vagina hay un monstruo, una serpiente morderá al esposo en el momento de la ruptura del himen; se atribuyen terroríficas virtudes a la sangre vaginal, emparentada con la sangre menstrual y susceptible también ella de arruinar el vigor masculino” (“El Segundo Sexo”, Simone de Beauvoir, Editorial Gallimard, París 1949).

El filólogo clásico de origen húngaro Karl Kerényi, planteó en su libro “El Laberinto” (edición de Corrado Bologna, Siruela, España 2006) que la lectura habitual del mito clásico sobre la construcción de este prodigio de la arquitectura es un error tardío. Diseñado por Dédalos en Creta, el mito lo suele describir como un lugar lleno de escondrijos y ramificaciones donde estaba encerrado el Minotauro, un monstruo bucéfalo sediento de sangre. Si bien algo ha quedado del relato original, esta versión es seguramente posterior a alguna otra concebida en tiempos arcaicos.

Guerra de los sexos. La descripción del palacio de Minos y la fábula de Teseo que vence al Minotauro en su interior, guarda muy poca relación con el edificio encontrado por Sir Arthur Evans en la isla de Creta, según explica Karl Kerényi y en “El Laberinto”, página 153.

La descripción del palacio de Minos y la fábula de Teseo que vence al Minotauro en su interior, guarda muy poca relación con el edificio encontrado por Sir Arthur Evans en la isla de Creta, según explica Karl Kerényi en “El Laberinto”, página 153.

Kerényi interpreta que el híbrido con cabeza de toro, es una paráfrasis del poder destructor femenino. ¿Cómo pudo saber algo así? Aparentemente, la primera concepción de la palabra que define al edificio de Creta, se relaciona más con una cueva que con una construcción. El término labrys, de  donde deriva laberinto, era aplicado por los griegos a un lugar oscuro e inaccesible abierto en la ladera de una montaña. Es decir que se trataba de un sitio donde la piedra adquiría algo así como las cualidades de la madera. Por consiguiente, era donde “se labraba” (de ahí su etimología) y tomaba la estructura que la labranza le dio: una “cantera”.

La cantera como sinónimo de “mujer”

Todas las canteras de la antigüedad comenzaron siendo lugares donde se perforaba la superficie de los montes en los que determinado mineral abundaba. Por lo tanto, “la capacidad generativa de la montaña proviene de su condición femenina: la cueva” (“lo Femenino”, Miriam y José Argüelles, Kairós, Barcelona 1989). Esto hace al labrys fundamentalmente un espacio femenino. María Rosa Lida, en su “Introducción al Teatro de Sófocles” (Losada, Buenos Aires 1944), recuerda cuáles son los verdaderos monstruos que atemorizaban a los griegos y los ve muy distantes de la idea del Minotauro.


Aparentemente las acciones humanas de las culturas vecinas, proclives al incesto, la lujuria y hasta el matriarcado, se conferían en las verdaderas amenazas latentes con las que tenía que lidiar el equilibrio clásico. Hilando más fino sobre este mismo argumento, la lingüista Mary Lefkowitz revela que la descripción del ser femenino ocupa un lugar cercano al de un demonio, haciéndole perder todo rasgo de humanidad. “Ciertos aspectos de la experiencia de las mujeres a menudo son malinterpretados en los mitos griegos”, explica. “La descripción fantasiosa de la vida aparte de los hombres, el matrimonio, la influencia en la política, el sacrificio y el martirio”, no hacen más que traslucir “la misoginia que se manifestó en gran parte de las obras centrales de su literatura” (“Women in Greek Myth”, editado por la Johns Hopkins University Press, Maryland 2007). A la mujer se le prohibía, por lo tanto, inmiscuirse en los asuntos masculinos bajo pena de muerte. “Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”, escribió Pitágoras.

La diosa del hacha doble en el arte cretomicénico.
El hacha doble en el arte cretomicénico.

El hacha doble en la iconografía de Creta (imagen de la izquierda), símbolo en las piedras de las canteras y cuevas de la isla de Creta (1500 a.C.). A la derecha, una vasija cretomicénica muestra la importancia cultural del “hacha doble” llamada “labrys” entre los antecesores de los griegos en la guerra de los sexos.


En este contexto, la comparación que Kerényi hacía del oscuro laberinto con una cueva, no resulta tan caprichosa. Incluso se asienta en un conjunto de acepciones muy concretas de antigua data surgidas de la propia voz labrys, que no sólo referiría, como dijimos, a la labranza, sino que define también al hacha doble utilizada por las sacerdotisas cretomisénicas. Estas damas sagradas forman parte de la iconografía que preexistió a los griegos. La importancia de este objeto en el contexto de la prehistoria relatada por los mitos resulta entonces fundamental a la hora de armarse un concepto sobre la relación que existía entre los hombres y las mujeres en Grecia y la guerra de los sexos.

La diosa del hacha doble.

El mito de la castración en la guerra de los sexos.

El parecido de este objeto labrys con el órgano reproductor femenino que describe Erich Newmann en “The Fear of the Feminine, and Other Essays on Feminine Psychology” resulta fácil de evocar, porque en los mitos descriptos por Newmann se perciben latentes las terribles características de la parábola del Minotauro (ver la edición original de Princeton University Press, USA 1994). Digamos entonces que, si la cueva es genéricamente femenina y la idea del hombre es mantenerse alejado, significa que ella puede dañarnos e incluso devorarnos. Dédalos, Egeo, Ariadna, Teseo y Minos son figuras centrales dentro de esta historia.

Sin embargo es el deseo sexual de Pasífae la verdadera razón de la existencia del monstruo. Ella fue preñada por un toro al cual deseaba de manera insensata. Su esposo, el rey Minos, viendo el fruto de tan siniestra relación, condenó al engendro a vivir en un laberinto, donde se debía alimentar con la carne de jóvenes vírgenes. Teseo, hijo de Egeo de Atenas fue uno de esos jóvenes. Consecuentemente el filo doble del arma que representa al laberinto, actuaría como el filo doble de la cueva dentada en los mitos prehistóricos revisados por Newmann.

650 a.C., isla de Chipre. Sólo al final del período de influencia cretense, es decir, casi en tiempos clásicos, se verá a algunos dioses masculinos dominar el hacha doble. También se los ve como vencedores de la serpiente que vive en o con la mujer.
650 a.C., isla de Chipre.

Sólo al final del período de influencia cretense, es decir, casi en tiempos clásicos, se verá a algunos dioses masculinos dominar el hacha doble. También se los ve como vencedores de la serpiente que vive en o con la mujer.

Respecto a este asunto, a que el alimento del monstruo sean jóvenes vírgenes, Silvia María Hirsch habla sobre el origen mítico de la figura femenina en multitud de tradiciones que van desde Asia a la América precolombina y explica que en todas existe una clara “analogía entre sexo y comida”. Hirsch refiere a la existencia constante de una relación conflictiva “entre lo humano y lo monstruoso”, donde “las mujeres siempre quedan situadas en este último lugar” (ver “Mujeres indígenas en la Argentina”, Ediciones Biblos, Buenos Aires 2008). Por consiguiente, Hirsch, Newmann y finalmente Karl Kerényi, acuerdan que tanto la boca, la vagina o la cueva parecen conservar en sí un ancestral miedo masculino a la castración.Una imagen tan sangrienta rememora un temor atávico, un temor inconsciente que intentará ser resuelto sólo dentro de circunstancias fantásticas. Por ejemplo, el héroe logrará finalmente desdentar la cueva, apoderarse del hacha o desenrollar el Hilo de Ariadna, tal el caso de Teseo. En definitiva, vencer al Minotauro se convertirá en un rito de iniciación sexual en la guerra de los sexos. Teseo dejará de ser virgen y se unirá finalmente a su salvadora, la hija del rey de Creta y Santorini.

En su libro “Heroines and hysterics”,  Mary Lefkowitz ( Ediciones Publisher, Duckworth 1981), reflexiona sobre este asunto y entiende el inmenso temor que provocaba en los varones griegos el misterio de la feminidad. Por eso en sus mitos se identificaría a la mujer como un laberinto.
En su libro “Heroines and hysterics”,  Mary Lefkowitz ( Ediciones Publisher, Duckworth 1981), reflexiona sobre este asunto y entiende el inmenso temor que provocaba en los varones griegos el misterio de la feminidad. Por eso en sus mitos se identificaría a la mujer como un laberinto.

El arquetipo universal. Guerra de los sexos

Pero, ¿por qué son tan numerosos los pueblos antiguos que han imaginado esta forma monstruosa de castración? Newman será quien responda a este asunto en 1971, cuando publique “Amor and Psyche: The Psychic Development of the Feminine”, donde interpretará gran parte de los mitos griegos entendiéndolos como figuras universales. Entre sus conclusiones terminaría pensando que los mitos nacidos en tiempos clásicos, funcionan como versiones muy elaboradas de historias capaces de reaparecer en otras latitudes, como el arquetipo del Héroe Universal propuesto por Joseph Campbell. Muchas de estas fábulas revelan a la vez la existencia de un germen que permanece latente desde la prehistoria dentro de las relaciones entre ambos sexos. Si existió en épocas paleolíticas el matriarcado divino, el reino de las Venus de Willendorf y Laussel, aquel miedo remoto desarrollado por los varones hacia las mujeres habría sido el verdadero origen de la guerra de los sexos.

Sólo consistiría en el terror que desarrollaron nuestros ancestros a que, alguna vez, se instalase en la sociedad humana algo parecido al matriarcado terrenal.

Guerra de los sexos. El Códice Magliabechiano hace referencia al mito de la “vagina dentada”. Muchas culturas a lo largo de la América precolombina refieren al tema. En “Mujeres indígenas en la Argentina”, de Silvia María Hirsch y equipo (ediciones Biblos, Buenos Aires 2008), se puede ver una extensa referencia a historias similares asociadas al origen de las mujeres entre los indios tobas. El libro evoca referencias equivalentes a la mujer que engulle, la boca que devora a los hombres o los castra.

El Códice Magliabechiano hace referencia al mito de la “vagina dentada”. Muchas culturas a lo largo de la América precolombina refieren al tema. En “Mujeres indígenas en la Argentina”, de Silvia María Hirsch y equipo (ediciones Biblos, Buenos Aires 2008), se puede ver una extensa referencia a historias similares asociadas al origen de las mujeres entre los indios tobas. El libro evoca referencias equivalentes a la mujer que engulle, la boca que devora a los hombres o los castra.

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