Al terminar la II Guerra Mundial, se hizo necesario reconstruir los miles y miles de infraestructuras, empresas y ciudades arrasadas.  Además habían desaparecido unos setenta millones de personas por lo tanto había trabajo para todos.

El miedo a la poderosa URSS, dueña de más de media Europa, y sobre todo a que las ideas comunistas prosperaran en sus países, dio lugar a la llamada “Guerra fría”, en la que los bloques capitalistas y comunistas se vigilaban estrechamente, aunque siempre con el miedo a que se desencadenase una guerra nuclear que podía aniquilar a la humanidad.

En esas condiciones se implantó en varios países europeos la socialdemocracia. Una especie de socialismo democrático, que no oliera a marxismo, que recogiera muchas de las reivindicaciones de los trabajadores y que sirviera de muro a la extensión del comunismo. Así se logró el llamado “Estado de Bienestar”. En esa época los trabajadores alcanzaron tal prosperidad que perdieron la noción de clase trabajadora para considerarse clase media.

“Ya no son seres humanos, son números”

En los años ochenta llegaron al poder Ronald Reagan, en EE.UU., y Margaret Thatcher, en el Reino Unido, ambos tenían un odio visceral a todo lo que oliera a marxista, aunque fuera de lejos, y estaban convencidos por completo de las ideas de Milton Friedman, el economista gurú del neoliberalismo. Sostenía, este economista, que solo existen dos formas de coordinar las actividades económicas, “la política, por medio de la intervención del Estado, lo que supone opresión y autoritarismo, y la mercantil, basada en la cooperación voluntaria de la sociedad a través de los mercados, lo que supone cooperación y libertad”. Y añadía que los mercados poseían una “mano invisible” que regulaba los posibles desajustes entre los beneficios privados y las rentas del trabajo.

Esta ideas llevaron al tandemm Reagan-Thatcher a lanzar los “dogmas”: “El Estado es el problema, el mercado es la solución”, “menos Estado y más mercado”, “TINA, There Is Not Alternattive (no existe alternativa)”, “la propiedad y la gestión privada de los servicios sociales y de las empresas estatales (como enseñanza, sanidad, dependencia, pensiones, ferrocarriles, puertos, etc.) es mucho más eficaz y barata que la pública” y “el Estado de Bienestar es insostenible”…. Comenzaron entonces a adoptar una serie de medidas, consideradas “imprescindibles y necesarias”, como rebajar y casi anular los impuestos a las empresas y a los ricos, porque suponían que son los que invierten y crean puestos de trabajo, privatizar todos los servicios sociales, la empresas estatales y todo cuanto pudieron.

En la ciencia no existen dogmas y la economía pretende serlo. Ni Friedman ni Reagan-Thatcher tuvieron en cuenta la insaciable ambición del capitalismo ni la ancestral codicia humana, ambas carentes de escrúpulos.

La caída del muro de Berlín, la posterior disolución de la URSS y que China nunca se ha esforzado en exportar ideología, dejó el campo libre a las ideas neoliberales, que se han extendido por todos los países, en especial entre los partidos conservadores y entre las clases pudientes, controlando la casi totalidad de los medios de comunicación.

9 de noviembre de 1989. Caída del muro de Berlín.

9 de noviembre de 1989. Caída del muro de Berlín.

La crisis que comenzó en 2008 (¿provocada?) ha servido para imponer las tesis neoliberales, con la excusa de hacer frente a la situación, desmantelando el Estado de Bienestar y privatizando cuanto más mejor. Empresas públicas, muchas de ellas rentables, pasaron a manos privadas, con frecuencia extranjeras, los derechos conquistados tras duras y prolongadas luchas fueron abolidos, la soberanía y la dignidad nacionales fue sometida a la dictadura de las trasnacionales financieras. Nunca en su historia el capitalismo había conseguido tanto poder y tan píngües beneficios.
Marx aseguraba que el capitalismo tiende a concentrarse en pocas manos, lo que crea una oligarquía que consigue tal poder que no se puede controlar democráticamente, y así está ocurriendo. La explotación capitalista, se ha adueñado de la economía, de los medios de comunicación y del poder legislativo, ejecutivo y judicial, está imponiendo un programa injusto, pero claramente favorable a sus intereses: Conquistar el poder absoluto del capital a costa del mundo del trabajo. Todos los partidos son financiados por el capital, sin ello no podrían vivir, lo que aprovecha el capital para imponer sus normas y hasta para elegir a quienes interesa.


Aseguran que la misteriosa “mano invisible” del mercado garantiza que los beneficios privados y los sociales llegan a coincidir, pero eso no ha ocurrido nunca, en ninguna parte, ni es posible que ocurra. La realidad ha demostrado: Que lo de “cooperación voluntaria”, nada de nada. Que es indudable que existen otras alternativas. Que el Estado de Bienestar no sólo es sostenible, sino útil y necesario. Que los servicios sociales privatizados han resultado más caros y mucho menos eficaces que los públicos, pues aquellos tienen como objetivo fundamental el beneficio y no el bien común. Es decir, todo lo contrario de las tesis neoliberales.

El neoliberalismo ha demostrado, y sigue haciéndolo, su absoluta incoherencia. La crisis comenzó con la quiebra del poderoso banco Lehman Brothers, pero rápidamente el tan denostado Estado acudió a su salvación. A pesar de ello, la crisis continuó y la banca, por su pésima gestión en los préstamos, se vio en graves apuros; de nuevo el Estado inyectó miles de millones de euros para salvar a la intocable banca; a costa de endeudarse y de recortar drásticamente los gastos sociales. Es decir, los trabajadores son los salvadores de los bancos a cambio de endeudarse, perder derechos adquiridos y el Estado de Bienestar.

Rodrigo Rato meses antes del rescate del Estado a Bankia

Rodrigo Rato meses antes del rescate del Estado a Bankia

¿Cómo se atreven a denostar al Estado cuando es el que les saca las castañas del fuego?. Los gestores y propietarios de los bancos pueden dormir tranquilos, si quiebran el Estado les ayuda y “premia” su mala gestión con “indemnizaciones” multimillonarias. Las pequeñas y medianas empresas cuando las cosas se ponen mal se ven obligadas a cerrar sin que nadie les ayude y son las que más puestos de trabajo crean. Esta es la forma en que el neoliberalismo actúa: los beneficios para mí, las pérdidas para el Estado. Y así nos va.

El trabajador ha pasado a ser una mercancía, de la misma, o menor, importancia que las materias primas o la energía; ya no son seres humanos, son números. El neoliberalismo prima el tener sobre el ser, de tal forma que todo queda supeditado al dios-dinero, sólo interesa el beneficio, la especulación es la norma del sistema económico. Se fabrican los productos en países pobres, sometiendo a esclavitud a los operarios, ofreciéndoles salarios de subsistencia y haciéndoles trabajar más de doce horas; mientras quedan en el paro los operarios de los países propietarios de las marcas.

Como resultado de las políticas neoliberales, se ha creado unas desigualdades intolerables y altamente peligrosas. Un uno por ciento escaso de la población mundial acapara el noventa y cinco por ciento de la riqueza. Los ricos y las trasnacionales son cada vez más ricos y poderosos y los trabajadores cada vez más pobres y con menos derechos. Más de mil millones de seres humanos están viviendo bajo el umbral de la pobreza; decenas de miles, muchos de ellos niños, mueren diariamente por falta de alimentación y de atención médica. El clima se está deteriorando de forma irreversible al extremo de que están desapareciendo etnias, culturas y especies animales. Nuestro planeta se está haciendo inhabitable. Las desigualdades lacerantes, la pobreza, el desempleo crean un caldo de cultivo en el brotan la radicalidad y el terrorismo.


Resulta curioso recordar que el Banco Mundial, hace años, recomendaba “Cinco mandamientos de la política económica para fomentar el crecimiento de la riqueza de las naciones”, y eran estos:

  1.  – Invertir en las personas. Las mejoras en educación y sanidad son las más rentables.
  2.  – Invertir en infraestructuras necesarias, tanto físicas (carreteras, ferrocarriles, etc.) como intangibles (enseñanza, investigación, justicia, etc.).
  3.  – Mantener el equilibrio en las cuentas del Estado, ni inflación, ni déficit.
  4.  – El Estado no debe influir en la determinación de los precios.
  5.  – Estimular la libertad de circulación de ideas, mercancías, personas y capitales.

El neoliberalismo no ha cumplido ninguna de estas recomendaciones. La ambición ha llegado a extremos intolerables, los recientes casos de las empresas farmacéuticas y del automóvil indican claramente que sólo les interesa el beneficio, aunque sea a costa de la salud y el bienestar de los ciudadanos.

Un caso reciente de ambición: Volkswagen y sus gases contaminantes.

Un caso reciente de ambición: Volkswagen y sus gases contaminantes.

Se necesita, ya con urgencia, un cambio radical de la política económica y de la social. Los Estados tienen que recuperar su soberanía. La producción debe orientarse hacia la utilidad, no exclusivamente hacia el beneficio. Todos los seres humanos deben tener los mismos derechos y obligaciones, a todos se les debe ofrecer igualdad de oportunidades e igualdad de trato, a todos se les tiene que proporcionar enseñanza, sanidad y dependencia de calidad y gratuita, así como vivienda digna. Y todo esto sólo lo puede ofrecer una economía socialista, un socialismo que no sacralice el Estado ni, mucho menos, los mercados, pero que sacralice a las personas, a la sociedad. El socialismo auténtico sólo puede existir en una democracia y bajo una política que erradique el darwinismo competitivo, que sólo produce inestabilidad y depresión. O los Estados frenan la codicia y la ambición o vamos al caos.

Para finalizar un pensamiento de san Agustín, que debemos tener muy presente, para que no sea demasiado tarde: “A fuerza de ver lo que pasa, se termina por soportar. A fuerza de soportar se termina por tolerar. A fuerza de tolerar, se termina por aceptar. Y a fuerza de aceptar, se termina por aprobar”. Y se podría añadir: Y a fuerza de aprobar, se termina por votar.

Y otro pensamiento sobrecogedor de Henry Kissinger: “Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo resulta siempre fatal”. Esperemos que nuestros políticos hagan caso de estas advertencias.

Otros artículos de Fernando de Orbaneja:

(Valladolid, 1924), doctor Ingeniero Industrial, se ha dedicado a organizar empresas por todo el mundo y ha impartido clases en la Universidad Mackenzie de Sao Paulo y en la Escuela de Administración de Empresas de Barcelona. Es autor de una docena de títulos sobre historia, política y religión. Nota de El Magacín 26/6/2016: Nuestro amigo y colaborador Don Fernando de Orbaneja ha fallecido esta mañana a la edad de 92 años. D.E.P.

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