Luis Javier Sánchez Navajas es un experto en cría y reproducción de caballos de PRE (Pura Raza Española), que ejerce su labor en La Carreña, una finca situada en Jerez de la Frontera (Cádiz). Vamos a explicar el por qué de la importancia del trabajo de un criador de la talla de Don Luis Javier, que tiene la responsabilidad de preservar la pureza de la mejor raza de caballos del mundo. Un tesoro del patrimonio español.


El caballo español. El primer proyecto genético de la historia

El caballo español es, en verdad, el producto del primer proyecto genético en la historia emprendido para obtener una raza de caballos con ciertas características morfológicas y mentales específicas. Comenzó con la Real Orden del 28 de noviembre de 1567, por la cual el rey Felipe II ordenó al maestro real de caballos en Córdoba, Diego López de Haro, comprar 1.200 yeguas y los sementales necesarios para crear una nueva raza de caballos obtenida mezclando las razas existentes entonces.

Hasta ese momento el ser humano solía buscar especímenes que solo sirvieran como medio de transporte, otorgando poca importancia a la forma. En ese momento se embarcaron en la tarea de hacer realidad un tipo de caballo que había sido idealizado durante siglos. El modelo de caballo que se buscaba había sido descrito unos cuatrocientos años antes de Cristo por los antiguos griegos, como Simón de Atenas, Jenofonte, y más tarde por Columella y San lsidoro de Sevilla, quienes sostenían que el caballo perfecto debería poseer características tales como: «cabeza pequeña, ojos negros, orejas pequeñas y rectas, cuello flexible, grueso y no demasiado largo, melena gruesa, pecho ancho, vientre redondo, movimientos elevados, cola larga, sedosa, ondulada y crup redondo». Este modelo de caballo, inexistente hasta ese momento, fue representado en dibujos, grabados, pinturas y esculturas por todas las civilizaciones conocidas como un prototipo ideal para un equino. Y fue este modelo, mitificado durante más de mil años, el que el rey Felipe II ordenó crear en la ciudad de Córdoba.

Luis Javier Sánchez Navajas

Una de las principales características buscadas por la nueva raza de caballos era la nobleza, para ofrecer la máxima seguridad al rey por quién y para quién fue creado. Su creación fue algo muy bueno porque hizo posible ver, a través de los principios de doma desarrollados recientemente, la belleza de los movimientos naturales de los caballos en todo su esplendor. El buen carácter de esos nuevos caballos compensó la pobre técnica de los jinetes en ese momento.

En 1606, Salomón de la Broue, alumno de Juan Bautista Pignatelli, consideró que: «Comparando los mejores caballos entre sí (…) pongo en primer lugar al caballo de España, y doy mi voto como el más hermoso , el más noble, el más valiente y el más digno de ser montado por un gran rey». Esta búsqueda de nobleza fue precisamente la causa de que el pelaje más característico del caballo español fuera el gris, ya que durante el siglo XVI, y hasta la revolución científica en el siglo XVII, se creía que había una correlación entre el color del pelaje y el carácter de los animales.

Caballo de pura raza andaluz.

El resultado obtenido por el maestro real de caballos Diego López de Haro, era tan extraordinario que los especímenes producidos, al contrario de lo que el rey anunció al comienzo del proyecto, se destinaron en un principio solo al uso exclusivo de la Casa Real que los usaba como obsequios para monarcas, nobles y clérigos extranjeros. Para Garsault, maestro de caballos del rey de Francia Luis XIV, eran los mejores caballos del mundo.

La revolución causada por la aparición de esos animales, al hacer posible practicar la doma y, naturalmente, establecerla en sus movimientos, significaba que no había rey o noble que no quisiera cruzar sus yeguas con sementales españoles. Debido a esto se enviaron especímenes a diferentes países como Alemania, Italia, Suecia, Francia y Austria, entre otros. De sus cruces, nacieron razas como el Kladruber, el Lusitano o el Lipizzaner que sirvieron de base para la creación de la Escuela Española de Equitación de Viena. Así es como William Cavendish, duque de Newcastle, uno de los más grandes maestros de caballos de la época, se refirió al caballo español: «Todos lo saben sin importar el lugar, el clima o provincia de donde vengan. Los caballos de España son los más inteligentes, y hasta tal punto que supera toda imaginación. Si sabes elegir bien un caballo español, te digo que es el más noble del mundo y su acción de trote es la más hermosa. Por lo tanto, digo que el caballo español es el mejor caballo del mundo». De la misma manera, George Louis Leclerc, conde de Bufón, escribió en 1749 sobre la singularidad de esta raza: «Los caballos de Andalucía parecen ser lo mejor de todo (…) son muy enérgicos, dóciles, hermosos, elegantes y flexibles; gracias a que los caballos españoles son preferidos a todos los demás en el mundo».


François Robichón de la Guerniere, director de la Real Escuela de Tullerías en 1773, escribió sobre los caballos de danza andaluces que: «Todos los autores siempre han dado preferencia al caballo español por considerarlo como el mejor de todos los caballos para la doma, debido a su agilidad, su elasticidad y cadencia».

Como hemos indicado, hubo muchas circunstancias que favorecieron la creación del caballo español, sin embargo, hubo una que resultó ser esencial para la continuidad de esta raza en el transcurso del tiempo. Se trata de ciertos aspectos de la identidad de los andaluces que desarrollaron una forma de vida muy singular. Transmitieron parte de su idiosincrasia al caballo, por lo que se hizo digno de formar parte del patrimonio cultural español. Al obtener lo que hasta entonces había sido un mito, el pueblo andaluz tomó su importancia y significación hasta tal punto que, a partir de ese momento, la simbiosis entre el caballo y el jinete se convirtió en parte de la vida de Andalucía.

 

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