¿Qué pasaría si por motivos de trabajo o estudios tuvieras que mudarte, siendo menor de edad, fuera de tu país y quisieras seguir practicando tu deporte preferido? Según la FIFA no podrías. Cada temporada, varios niños viven esta frustrante circunstancia, viendo truncadas cosas tan fundamentales como la integración en su nuevo país.


No es una cuestión de dinero, ni de procedencia. Todos son iguales para la FIFA. Igual de invisibles. Un infierno burocrático para los clubes que desean ficharles, y para los padres y los niños, que no entienden porqué tienen que pasar semejante interrogatorio; mientras los auténticos damnificados en esta historia: los niños; ven cómo semana a semana no importa lo bien que entrenen, no existen. Su adaptación se convierte en un calvario, una espiral de falta de motivación, de interés. Lesiones somáticas para evitar ir a entrenar, su único alivio tras el trauma de abandonar su casa, sus amigos; les da la espalda, se acabaron los partidos de los fines de semana. Se acabó el fútbol, es más difícil conseguir una licencia federativa siendo menor y extranjero que un permiso de residencia. Están señalados.

Para la FIFA solo las familias perfectas e ideales pueden formar parte de sus afiliados. Si los padres están divorciados, y uno de ellos no renuncia a la custodia en favor del que ha emigrado. Está fuera. Si el niño se fue con sus tíos. Está fuera. Las sospechas de la mala praxis sobrevuelan el ambiente. No se fían de nadie. Con ellos uno es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Culpable de haber nacido en otro país. Culpable de buscar una vida mejor. Culpable de querer jugar al fútbol federado.

No todos son iguales ante la Ley

Iván y Michael (nombres ficticios), son dos niños que llegaron de Venezuela y Alemania respectivamente al inicio de la pasada temporada, a un club cualquiera de Madrid. En ambos casos motivados por el traslado laboral de sus padres. Familias acomodadas que vieron en España una oportunidad para prosperar en sus carreras profesionales; ambas ajenas al mundo del deporte. Tras pasar las cribas típicas de pretemporada en sus equipos, llega el momento de firmar sus fichas. Para ellos no bastan dos fotos y dos fotocopias del DNI como para el resto de sus compañeros. Ignorando la LOPD, y otros derechos fundamentales empieza la petición de documentos por parte de la secretaría del club.

Niño triste porque no consigue poder federarse y jugar al fútbol. El Magacín.

Pero con eso no basta, pasa el tiempo, corren las semanas: pasaportes, documentos de residencia, contratos. Un par de meses más tarde llega el primer rechazo: faltaban papeles; certificados de nacimiento, certificados históricos de empadronamiento… los padres asombrados empiezan a dudar del buen hacer del club, no se ve luz al final del túnel. Reacciones normales por parte de los padres. Se sienten perseguidos. Los clubes, los primeros culpables. Les están pidiendo cosas que en ningún sitio antes les habían pedido. Ni tan siquiera para la entrada al país les exigían tanta documentación.

Llamadas a las federaciones, ellos solo cumplen con lo que les piden, son intermediarios. Nervios. Los niños cada día más tristes, los padres impotentes viendo sufrir a quien más quieren. Siguen los rechazos, la documentación no dice exactamente lo que quieren leer. Lo intentan en el país de origen, a ver si alguien sabe de una puerta a la que llamar que pueda agilizar el trámite. Llegan las navidades, pero para ellos no hay alegría, solo piden practicar su deporte preferido. Ellos sueñan con imitar a sus ídolos. La FIFA piensa que son los padres los que quieren que su hijo sea un ídolo. Que los niños se conviertan en mercancía. Pero lo llevan a extremos.

Los clubes profesionales y su dudosa práctica

Todo esto parte de una absurda Ley de Protección de Menores. Por culpa de los grandes clubes europeos. Ellos hacen las cosas mal, pero quienes de verdad lo sufren son los clubes modestos. La base. ¿Qué importa si el Atlético de Madrid o el FC Barcelona no pueden fichar? Paradójicamente, la FIFA les sancionó por tener en sus clubes a jugadores menores sin regularizar. Estos “pequeños” clubes, están tratando de tramitar unas licencias. ¿A quién le importa? A ellos muy poco, pues pueden sacar jugadores de sus múltiples canteras. Sencillamente se anexionan sus clubes filiales y tienen un nuevo abanico donde elegir. Quienes de verdad lo pagan son los niños de los pueblos, de los barrios. Los que salen corriendo del colegio para ir a entrenar con una sonrisa. Sonrisa que pierden al final de la semana al saber que no entrarán en la convocatoria.


Dice la FIFA que con esto salvaguarda a los pequeños. No se da cuenta que en realidad les está dañando. Les aleja de su motivación por aprender. Hacen oídos sordos a ruegos y peticiones. Alguno ha pasado la criba, armado de paciencia, al haber acudido a los tribunales. Pero eso solo pasa en los casos más afortunados. Aquellos que llegaron a España con un respaldo. ¿Qué ocurre con aquellos que huyeron de la miseria? Solo encuentran más miseria en nuestro país. Miseria humana. Nadie les ayuda, nadie les da una solución.

En febrero, cinco meses después, Iván logra su licencia, poco importó que tuviera doble nacionalidad. De madre venezolana y nacionalidad alemana por su padre. Michael no tiene la misma suerte, un nuevo mensaje de “tramitación rechazada” aparece junto a su nombre en una alerta de la Intranet del club. FIFA no entiende que un ciudadano europeo pueda residir en otro país sin necesidad de solicitar el NIE.

Sus padres ya no saben a quién reclamar, solo les queda una salida, escribir a la propia FIFA en busca de respuestas, si estas no llegan, están dispuestos a ir al Tribunal Europeo para denunciar a la FIFA. Medidas desesperadas. Unos padres que por sus hijos harían lo que hiciera falta. Sin embargo, al final, la salida más práctica es sacarlo del club. Llevarlo con sus amigos, o a los juegos municipales, y esperar a que cumpla 18 años. Momento en el que podrá ser jugador de pleno derecho. Si es que para entonces no odia ya el fútbol.

Un artículo de Cristina Lillo
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