Un año más- Relato de Sergio Valdés Barón. El Magacín.
Un año más- Relato de Sergio Valdés Barón. El Magacín.

Primero de diciembre, día de su cumpleaños y el inicio de la peor época del año para Antonio, todo le hacía recordar a su amada Beatriz y sin poderlo evitar se deprimía un año más.


Aunque en el resto del año nunca la olvidaba los días eran más llevaderos, su trabajo lo absorbía y el apoyo de su familia lo reconfortaba, y así habían transcurrido cinco años de su partida. Como lo hacía con frecuencia ese día iría a la cripta El rincón de las ánimas en el templo de San Juan, no obstante que como ya era su costumbre también lo haría el veinticuatro de diciembre, cuando se cumplía un año más del fatídico día en que sucedió la tragedia que ensombreció para siempre su felicidad.

Sin ganas entró a las oficinas de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, donde trabajaba como contador desde hacía catorce años. En ese aeropuerto conoció a quien se convirtió en su esposa, matrimonio que duró siete años de felicidad a pesar de no haber podido tener hijos.

Como siempre sucedía, pronto se sumió en los números que le permitían sobrevivir su pena, y casi sin darse cuenta ese día llegaba a su fin; al salir del trabajo, en su automóvil se dirigió al templo cercano a su casa, a un lado del parque de la colonia donde el destino le jugó la peor pasada de su existencia. El templo de San Juan se encontraba casi vacío a esa hora de la tarde, sin embargo se apreciaba espectacular con los adornos navideños y el pesebre con bellas figuras de cerámica representando al niño Dios, a María y Jesús, ángeles, querubines y animales. Una vez colocada una rosa en la cripta de su amada, hincado en un reclinatorio frente al altar con el Espíritu Santo al centro, el Jesucristo a la derecha y la Virgen de Guadalupe a la izquierda, Antonio les agradeció el haberle concedido un año más de vida, a pesar de que su corazón seguía roto y no encontraba consuelo entendía que la vida era un don divino, que por desgracia le fue arrebatado a su amada. Sintiendo un nudo en la garganta salió del templo por la puerta que comunicaba al parque, y caminando con lentitud llegó a una de las bancas colocadas frente al quiosco, al cual convergían todos los caminos que rodeaban pequeños jardines ahora adornados con motivos navideños y luces multicolores, sentándose en ella exhalando un suspiro. Por un largo momento contempló a los niños que felices jugaban por todas partes, y con enojo se volvió a preguntar ¿Cómo había sido posible que en medio de tanta alegría, en esa misma banca un demonio asesino pudo arrebatarle la vida a su amada sin que nadie hiciera algo para impedirlo? Sin poderlo evitar su mente regresó a aquel fatídico día, cuando una vecina tocó frenéticamente la puerta de su casa para avisarle que su esposa había sido encontrada muerta en el parque a un lado del templo. Al llegar al lugar, la policía tenía aislada la escena del crimen y no le permitieron entrar a ver a su esposa hasta que se identificó. Antonio jamás olvidaría ver a su amada reclinada en la banca con el pecho manchado con su propia sangre. El agente del ministerio público que levantaba el acta del crimen suponía que un ladrón al intentar arrebatarle el celular a la víctima, quien sentada en la banca hablaba con alguien, ella se resistió hasta que el criminal le asestó una puñalada en el pecho llevándose el celular. Al parecer algunas personas al escuchar los gritos de la mujer, vieron a un jovenzuelo mal vestido alejarse corriendo del lugar. Inmediatamente después del crimen la policía creyó que podría dar con el asesino por medio del GPS que seguía encendido, por desgracia pronto se apagó.

Después de cinco años, la policía no tenía la más mínima pista para dar con el asesino y la investigación fue a dar a un grueso cúmulo de expedientes de crímenes sin resolver. Tratando de borrar ese recuerdo, Antonio pensó en el día en que conoció a Beatriz en la cafetería del aeropuerto; esa mañana se le hizo tarde y bajo a desayunar algo en el restorán que a esa hora estaba abarrotado, y él tuvo la suerte de encontrar desocupada una mesa para dos personas en un extremo de la cafetería. De pronto una joven llevando en sus manos una charola con su desayuno se paró frente a él, preguntándole si no le molestaba que se sentara en el lugar vacío. Sorprendido por la belleza de la joven, Antonio tardó un momento en responderle, para en seguida indicarle con gusto que lo hiciera. Pronto entablaron una conversación intrascendente, en la cual ella le informó que laboraba en el mostrador de Aeroméxico y que con frecuencia desayunaba y comía en ese lugar, en tanto Antonio le aclaró que trabajaba en las oficinas de Aeropuertos y Servicios Auxiliares, y que también él frecuentaba la cafetería. A partir de esa ocasión prácticamente todos los días coincidían en el almuerzo o la comida, y no tardaron en entablar una bonita amistad. Sin proponérselo comenzaron a salir juntos con cualquier pretexto y una noche al dejarla en su casa después de salir del cine, ella rompió con la timidez de Antonio y se atrevió a besarlo en los labios con ternura. Antonio nunca hubiera intentado subir de nivel por miedo a terminar con la amistad que disfrutaba con ella, pero en ese momento despertó y le correspondió con todo el corazón. Tres meses más tarde se casaron por lo civil y por la iglesia, la ceremonia en el templo de nuestra señora de Guadalupe fue memorable, siendo bendecida por el sacerdote de la familia de ella y complementada con la asistencia y felicidad de familiares y amigos. El festejo fue en grande en un salón de fiestas de moda durando hasta el amanecer del otro día, cuando en el aeropuerto los novios fueron despedidos por sus familias y abordaron el avión que los llevó a la ciudad de los Ángeles, donde pasaron su primera noche de luna de miel. Al siguiente día abordaron el avión que los llevó a la paradisiaca isla de Hawái, lugar en el cual disfrutaron toda una semana de las maravillas de la isla, y que agradecieron en gran medida a la ayuda prestada por sus respectivos trabajos en el Aeropuerto de la ciudad de México.


De regreso al país vivieron un tiempo en el departamento de él, hasta que les autorizaron un crédito del INFONAVIT, para comprar una bonita casa cercana al templo de San Juan y al agradable parque de la colonia, ideal para un matrimonio de recién casados, lugar en el cual disfrutaron de una felicidad casi completa, debido que a pesar de todos sus esfuerzos no lograron ser bendecidos por el nacimiento de un hijo; sin embargo, estaban en los trámites de adopción de una hermosa bebita, cuando por desgracia aconteció la tragedia.

Lo regresó a la realidad el repiqueteo de un teléfono muy cerca de él, fue hasta entonces que se percató que casi se había sentado sobre un celular olvidado en la banca. Tomándolo con cierto repudio respondió la llamada, contestándole una voz femenina que le ofreció una recompensa por entregarle el celular que había extraviado en algún lugar del parque de la colonia. Puestos de acuerdo, quedaron de verse en una cafetería Starbucks para hacer la entrega del celular a su dueña. Como sucede en el mes de diciembre, todos los lugares estaban repletos de gente rebosando alegría, comprando regalos o disfrutando las fiestas navideñas en bares y restoranes, y Starbucks no fue la excepción. Por un momento, Antonio dudó poder encontrar entre tantos comensales a la dueña del celular; sin embargo, no tardó en distinguir a una joven sobresaliendo entre toda la gente, como un faro en medio de una densa neblina.

De alguna manera supo que esa bella joven era la dueña del celular, y no se equivocó cuando se presentó ante ella. Una vez identificados, Antonio escuchó por primera vez el nombre de la joven: Miriam. La entrega del celular fue el principio, sin proponérselo ambos congeniaron y con amena plática el tiempo se les pasó volando, coincidiendo con tristeza en que el motivo por el cual se conocieron era extraño: Miriam había asistido a la boda de una amiga celebrada en el templo de San Juan, y al sonar su teléfono móvil salió al parque para responder, sentándose en la banca para dar instrucciones a una amiga que no daba con el templo; suponía que al levantarse de la banca se le cayó el celular de su bolso, poco antes de que Antonio se sentara en el mismo lugar donde había sido asesinada su esposa por robarle el celular, permaneciendo sentado hasta el momento en que el celular sonó para que él respondiera, y de alguna manera la extraña coincidencia también sucedía en un diciembre, el mismo mes en que aconteció la tragedia hacía cinco años. Como fuera la joven Miriam intentó animarlo en esas fechas, invitándolo a la posada que celebraría en su casa y no aceptando ningún pretexto para no ir, convenciéndolo de que era la única forma de recompensarlo por regresarle su celular, ya que él no había aceptado ningún reconocimiento monetario. En la posada Antonio pudo olvidar por un momento su pena, y conociendo a su esposa fallecida, estaba seguro que de alguna manera ella había logrado el encuentro con la bella joven para que él pudiera rehacer su vida. Miriam resultó una excelente anfitriona que lo hizo divertirse como hacía mucho tiempo no lo hacía, aceptando con gusto cuando lo invitó a festejar la cena navideña en su casa. La joven no solo era realmente hermosa, sino también era inteligente, graciosa y alegre, así que se disculpó con sus familiares por no poder disfrutar con ellos la Nochebuena de ese año, pero había aceptado la invitación de una nueva amiga que recién había conocido, lo cual alegró a su familia por que deseaban que Antonio encontrara el camino para proseguir con su vida, aunque ahora se había despertado la curiosidad en sus corazones y la ansiedad para conocer a la nueva amiga. Esa cena de Navidad fue inolvidable para Miriam y Antonio, la familia de ella resultó encantadora y lo recibieron como si fuera uno más de ellos, sin importarles a los padres que él fuera mayor que su amada Miriam. Al repartir los regalos a las doce de la noche, Antonio se felicitó por haber llevado unos discretos obsequios cuando él recibió el de Miriam. Sin desear abusar de la amabilidad de la familia, Antonio se despidió poco después agradeciendo a todos los presentes su hospitalidad, y acompañado de la hermosa joven salió al portal de la casa adornado con un bonito pesebre, en medio de un jardín con motivos navideños e iluminado con luces de todos colores. Al despedirse, ella miró hacia el marco de la puerta donde colgaba el muérdago que acostumbraba la familia, y respetando la leyenda, Miriam rompió con la timidez de Antonio y se atrevió a besarlo en los labios con ternura.

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