La actual Rusia es el resultado de cientos de años de desarrollo de una cultura y un pueblo que se han visto muy condicionados por su geografía. Su territorio es bastante monótono: se extiende entre Europa y el océano Pacífico y tiene pocas fronteras naturales, como la cordillera del Cáucaso al sur o las enormes estepas de Asia central, las cuales no podían evitar una posible invasión desde el este. De Europa está separada por más llanuras, que han facilitado históricamente invasiones y ocupaciones de su territorio, aunque no fuesen exitosas (como ejemplo están los intentos de Napoleón y Hitler de ocupar Rusia) ante la inmensidad del territorio ruso.

Rusia es el primer país del mundo en extensión al superar los 17 millones de km² al norte de Eurasia. Esto le permite ser una clara potencia continental pero no naval. Aunque tiene miles de kilómetros de costa, la mayoría de ellos son al océano Glacial Ártico, cuyas aguas heladas a pesar del calentamiento global siguen suponiendo un impedimento a la navegación. Solo tiene salida a mar abierto en el extremo oriental (Pacífico) puesto que en su parte europea solo tiene salida a dos mares cerrados, el Báltico y el Negro, controlados en sus estrechos por la OTAN.

Sin mares que la protejan, Rusia siempre se ha sentido algo insegura en su territorio, por lo que su política tradicional ha sido la expansión para no arriesgarse a ser conquistada, como señaló el historiador Alfred Mahan.


A estos aspectos geográficos se añade otro que ha labrado el carácter ruso: el intenso frío que deben soportar sus ciudadanos, ya que destaca por un clima continental muy duro en invierno. Solo la zona caucásica y la de la costa de Extremo Oriente se salvan un poco de este clima tan frío y seco.

Según el geógrafo Mackinder, los rusos en sus orígenes eran un pueblo que vivía en el interior de los bosques de coníferas de la Europa más oriental por motivos defensivos. En la Edad Media llegaron a la zona nómadas asiáticos procedentes del este y tuvieron que responder con la guerra para reocupar sus territorios y salir de los bosques. Los asiáticos llegaron a conquistar buena parte de lo que hoy es Rusia, creando la Horda de Oro e interrumpiendo la historia rusa, iniciada con el Rus de Kiev, que veremos a continuación.

Así, no se puede entender la historia rusa y su expansionismo sin tener en cuenta la geografía del país y cómo esta ha contribuido a forjar la actual Rusia. La geografía y la Historia nos permiten conocer mejor los motivos de Moscú para resurgir actualmente mediante el expansionismo militar con acciones como las de Georgia en 2008 y Ucrania desde 2014.

La primera forma de gobierno en Europa oriental fue el Rus de Kiev que mencionábamos previamente. Apareció a mediados del siglo IX en la ciudad homónima, que hoy es la capital de Ucrania. El hecho de estar a orillas del río Dniéper le permitió comerciar con el Imperio Bizantino, el cual exportó a Kiev el cristianismo ortodoxo que aún hoy es la religión mayoritaria. El Rus de Kiev también se unió a vikingos escandinavos que descendieron desde el noroeste, dando como resultado a lo que sería Rusia.

Extensión máxima del Rus de Kiev. El Magacín.
Extensión máxima del Rus de Kiev.

El Rus de Kiev tuvo que pelear constantemente contra los mongoles, quienes lo destruyeron en el siglo XIII, al desplazarse estos hacia el oeste debido a una sequía. Esto, que se ve, como ya hemos señalado, como una interrupción de la historia rusa, fue lo que motivó que el desarrollo de esta cultura se desplazase hacia el norte, a ciudades como Smolensk, Nóvgorod y Moscú, esta última resurgiendo con fuerza en los últimos décadas de la Edad Media. Ello se debió a su situación estratégica favorable como nudo comercial y a que la presencia de bosques les protegía de los asiáticos.

Por tanto, esta Moscovia medieval estaba rodeada de bosques y no tenía salida al mar: al este solo había taiga y estepas en las que habitaban los mongoles, al sur destacaba el Imperio Otomano como sucesor del Bizantino y al oeste y norte habitaban pueblos que le impedían avanzar al mar como los suecos, polacos y lituanos.


A finales del siglo XVI Rusia solo disponía de una costa, al norte, que daba al lejano mar Blanco, que solo comunica con el océano Glacial Ártico. Así, los rusos solo podían abrirse camino mediante la expansión territorial, y fue el zar Iván IV, apodado el Terrible, el que inició esta política que Rusia ha mantenido más o menos hasta hoy.

Iván IV el Terrible

Iván IV es una figura controvertida, considerado por igual héroe y monstruo, como revela su apodo. Se benefició de la llegada a Rusia de exiliados bizantinos tras la caída de su imperio en manos de los turcos, que le dieron conocimientos políticos, militares y administrativos para poder crear ese imperio. Tras ser proclamado zar, Iván IV derrotó a los tártaros en Kazán y ello le dio acceso a los montes Urales, que tradicionalmente separan Europa y Asia. Esto fue el inicio de la conquista rusa de Siberia, con la derrota de un kanato mongol al noroeste de Mongolia. A partir de entonces, los rusos solo tardarían sesenta años en alcanzar el océano Pacífico, a principios del siglo XVII.

Iván el terrible. El Magacín.Iván también fijó su vista en el sur, en concreto en otro kanato mongol, el de Astracán, que controlaba el estuario del Volga y las rutas hacia el Cáucaso y Persia. También en este caso el zar salió triunfante, asegurándose el control de las rutas comerciales hacia Asia Central. Poco después de esto también se embarcó en una campaña contra sus vecinos del oeste, aunque con menos suerte al ser derrotado por la Liga Hanseática.

Para afianzar su posición en el sur contó con el apoyo de los cosacos, mercenarios en principio tártaros a los que se acabaron sumando rusos e incluso lituanos y polacos. Se ganaban la vida como ladrones, comerciantes y mercenarios e Iván IV los acabó fusionando con sus propias tropas.

A la muerte de Iván la expansión no se paró sino que Boris Godunov la continuó hacia el sureste, los Urales y las estepas kazajas. Pero, todo imperio que asciende puede derrumbarse y eso le ocurrió a la Moscovia de entonces. A principios del siglo XVII fueron atacados por suecos, polacos, lituanos y cosacos, abriéndose un periodo de turbulencias. Sin embargo, Rusia no estaba acabada y en 1613 se hicieron con el poder los Romanov, que abrieron paso a una nueva y larga etapa en la historia rusa.

Fueron ellos quienes modernizaron Rusia y reformaron su administración. Todo ello sin quitar la expansión, que continuó inexorablemente al incorporarse Polonia y Lituania, derrotar a Suecia y Francia (a esta última tras la desastrosa expedición de las Guerras Napoleónicas), recuperar Ucrania y ampliar sus territorios hasta Crimea, el Cáucaso y gran parte de las estepas de Asia Central y Siberia.

Pedro el Grande

De entre todos los zares que protagonizaron esos trescientos años de la dinastía Romanov, destacó Pedro el Grande, que gobernó el país a caballo entre los siglos XVII y XVIII. Decidió consolidar la posición rusa en el Báltico con la fundación de una nueva capital en sus costas, San Petersburgo. Para ello tuvo que derrotar antes a los suecos, que se negaban a permitir la presencia allí de sus enemigos. Este intento fue el más destacado para orientar Rusia hacia Europa, pero fue frustrado debido a las conquistas que se hicieron en todas direcciones: Rusia era un imperio euroasiático a pesar de intentar siempre ser considerado estrictamente europeo.

Pedro el grande. El Magacín.Rusia también sufrió reveses importantes, de los que logró sobreponerse, como las guerras de Crimea (mediados del siglo XIX) y la ruso-japonesa de principios del XX. Pero siempre procuraron ser precavidos y luchar en sus territorios. Donde hubo más problemas históricamente fue en el Cáucaso, dividido en varios pueblos distintos y con religiones muchas veces directamente enfrentadas. La caída de los zares y el ascenso de la Unión Soviética prácticamente no cambiaron este hecho y la respuesta dura de Moscú, que se volvió a convertir en la capital tras mostrarse la debilidad de San Petersburgo al estar demasiado expuesta a los enemigos occidentales.

Solo dos veces Rusia ha probado a expandirse más allá de sus enormes y familiares llanuras: atravesando el Cáucaso para controlar su vertiente sur (actuales Georgia, Armenia y Azerbaiyán) y, en 1979, para invadir Afganistán como paso previo a intentar conectarse con el océano Índico y lograr así el ansiado acceso a aguas cálidas. Esta intentona marcó el inicio del fin de la Unión Soviética, la cual se había hecho con toda Europa Oriental tras la Segunda Guerra Mundial por medio de Estados-satélite, alcanzando así su máximo auge territorial.


Pero Afganistán dio el traste con el expansionismo soviético y con la URSS en sí al debilitarla considerablemente. El último líder soviético, Gorbachov, intentó reformar un sistema anquilosado e inflexible, fracasando estrepitosamente y llevando al imperio a su descomposición a lo largo del año 1991. Rusia pasaba a tener el territorio de menor tamaño desde Catalina la Grande: perdió incluso Ucrania, origen del histórico Rus de Kiev, además de los países bálticos, Asia Central y la vertiente sur del Cáucaso. Pero, aun así, sigue siendo el país más extenso del mundo, poseyendo un tercio de toda Asia. Esta enorme extensión es muy difícil de proteger y, de hecho, la población rusa es inferior a la de países mucho más pequeños como Bangladés.

Comparación entre la Unión Soviética y Rusia actual. El Magacín.

Comparación de la extensión de la Rusia actual (izquierda) con la Unión Soviética.

Vista la historia rusa desde la Edad Media, podemos comprender mucho mejor las acciones de los recientes gobiernos rusos, que intentan no perder más influencia en sus fronteras e incluso recuperarla, como se ha visto con la anexión de Crimea y la desestabilización del este de Ucrania. Y es que, una vez más, la geografía y la Historia nos dan las claves del presente.



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César Martínez Ballesteros
Profesor de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato
Graduado en Historia

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