Últimamente se está prestando poca atención al daño que estamos provocando al medio ambiente por parte de nuestras instalaciones e infraestructuras. Hablamos de bienestar, social y económico. Hablamos de sostenibilidad y movilidad sostenible en ciudades masivas. Muchas de estas conversaciones no diferencian entre habitabilidad y sostenibilidad, esto en muchos casos son antónimos y no porque en ellos no se lleve implícita la idea de bienestar común, sino porque para lograr la habitabilidad de una cierta zona, llevamos la insostenibilidad a otra de la cual sustraemos los recursos necesarios para que podamos disfrutarla.

La idea esencial de una buena habitabilidad sostenible se basa en no utilizar los recursos que no sean estrictamente necesarios para lograrlo y hacer una buena gestión de las no conformidades surgidas durante el proceso.


Todo esto, a su vez, tiene consecuencias nefastas sobre el medio ambiente local y global, pues todo ese vaivén de materiales, automóviles, etc. presenta un serio riesgo para la salud ambiental y en consecuencia para la salud humana. Por ejemplo, si vivimos en una ciudad que apuesta por la energía verde, la movilidad sostenible y por una economía circular que evite en demasía los gastos innecesarios, no podemos pedir que nos traigan los materiales para la construcción de un parque eólico desde la otra punta del mundo, no podemos implementar un sistema de movilidad que favorezca únicamente a los vehículos eléctricos y no podemos fomentar el reciclaje de todos los productos reciclables que nos ofrecen en los supermercados (bolsas, latas, etc.). Todo esto hay que hacerlo con el menor daño posible a las zonas de producción de dichos bienes, es decir, no crear insostenibilidad en una zona para crear sostenibilidad en la nuestra. Pongámonos en el ejemplo de la movilidad urbana. La alternativa más vista en los medios de comunicación son los coches eléctricos, estamos de acuerdo en que sus emisiones por transporte son 0, pero el coste de producción de los componentes ya tiene una emisión directa a la atmósfera, además de hablar de los puntos de recarga que necesitaría una ciudad grande en cada una de sus calles. Levantar pavimentos, instalación de cobres para la conducción de la electricidad, materiales de construcción de los postes de recarga, y no hablemos de la necesidad de producción de energía eléctrica, todo ello a muy largo plazo si puede resultar rentable, pero no puede serlo a corto-medio plazo que es cuando necesitamos las soluciones.

“El problema de base es el aumento de uso de la electricidad que, a su vez provoca un aumento de emisiones por la producción de esa electricidad”

Y nos preguntaremos, ¿Qué tiene que ver todo esto con el clima?, absolutamente todo. Toda la emisión neta de una ciudad (obviando la dinámica atmosférica que arrastra contaminantes), se queda en el aire que respiramos en esa ciudad. La solución no pasa por un cambio drástico del modelo de consumo y de vida de un día para otro. Ha de haber una transición, tanto energética, como de cambio de paradigma sociocultural, que permita con paso lento pero firme dicha transición.

Ahora, los ayuntamientos de las grandes ciudades están optando por poner en marcha vehículos de transporte público con motores a gas natural. Todo muy verde, muy bonito. El gas natural está compuesto por CH4 (metano), este gas es 23 veces más potente que el CO2 que tanto oímos hablar, es decir, una molécula de metano captura 23 veces más calor en 100 años que una de dióxido de carbono. Una simple fuga de cualquier depósito, por mínima que sea, está poniendo en riesgo la población mundial debido a este potencial. Una buena solución para el transporte público si serían los vehículos eléctricos, que, a diferencia de los vehículos privados, pueden disponer de un único punto de recarga en una zona definida y donde se requiere una menor cantidad de infraestructura dedicada.

Dejando a un lado la movilidad, nos centramos ahora en las viviendas. Como están distribuidos los edificios de tal modo que el calor queda atrapado entre ellos. En invierno, puede ser una buena manera de lucha contra el frío, pero en verano con las olas de calor tan intensas que estamos padeciendo a causa del calentamiento global, provocan el uso de elementos como aires acondicionados, aparatos ventiladores y diversos aparatos que proporcionan frío a lugares cerrados. El problema de base es el aumento de uso de la electricidad que, a su vez provoca un aumento de emisiones por la producción de esa electricidad. También un aumento de la temperatura local, pues todos los aparatos de aire, ya sean fijos o portátiles despiden por una turbina aire caliente que hace que suba la temperatura en la zona donde se encuentren.


En invierno, las calefacciones presentan el mismo problema que los buses de gas natural, para proporcionar calor, necesitan quemar combustible y este combustible es el metano, cuyas consecuencias ya han sido comentadas.

Todos estos problemas comentados llevan a una misma escena: insostenibilidad. Nuestro afán de modificar el medio donde residimos para crear habitabilidad a base de insostenibilidad está provocando una degradación gradual los países en vías de desarrollo (son aquellos a los que interferimos nuestras no conformidades e insostenibilidades mencionado al principio del presente artículo) y tal degradación provoca el decrecimiento tanto económico como social-ambiental de las naciones receptoras.

Nuestro deber y el sentido común nos dicen que tenemos y debemos enderezar una situación nada sencilla, pero ¿cómo se consigue esto?

No existe una respuesta ni sencilla ni única para tal pregunta. Debemos ir a multitud de disciplinas tales como la economía, desarrollo sostenible, organización del territorio y estudios de impacto ambiental, así como auditorías ambientales del modelo de organización de las grandes ciudades, que permitan realizar un verdadero informe de sostenibilidad y de necesidades tanto ambientales como de salud pública.

Una vez realizado, es preciso que los diferentes actores sociales: políticos, ciudadanos, empresas y organizaciones, se pongan de acuerdo en abordar los problemas surgidos y las no conformidades afloradas en dichos informes. La participación pública es esencial para lograr una buena integración del binomio problema-solución, dado que el grueso de la población representa el 90% de las experiencias cotidianas con la movilidad, habitabilidad y la sostenibilidad en las ciudades.

Por último, poner en práctica lo pactado en las diferentes reuniones, tanto en casa como en los espacios públicos y privados es una condición esencial para lograr una buena transición hacia la sostenibilidad urbana.


Recordemos que el fin último de toda ciudad sostenible, bajo mi humilde punto de vista, y al margen de los objetivos primordiales implícitos en la idea misma de sostenibilidad urbana, es la consecución de una auto-sostenibilidad, es decir, que no necesitemos traspasar problemas e insostenibilidades a terceros países.

 

Cristian Aceña Lozoya.

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