Estas palabras salieron de alguien que vive El Magacín desde dentro.

Historia, una palabra que genera un sinnúmero de sentimientos. Es lo que ha pasado, tenga un millón de años o diez segundos. De cada actividad, de cada gota de energía liberada, hay una historia.

            ¿Pero… realmente, hemos aprendido algo de la historia?

            Soy de los que piensan que la historia en la mayoría de los casos, es falsa. Leerla en un libro, oírla de primera mano, escondida en internet, tiene algo en común: la escribieron los que ganaron. Eso ya genera dudas en un pasado que no podemos cambiar.



Los ganadores no siempre son los buenos, aunque buena sea su historia. El ser humano juega con ella, demostrando en muchos casos, sus fallas neuronales; ¿de qué otra manera se entiende que sabiendo lo que sucede bajo ciertas circunstancias, se repita una y otra vez? Las guerras son un ejemplo; una guerra es la política llevada al campo de batalla. Los políticos que las generan, no llegan a conocer ese campo jamás. Sin embargo, cuándo ganan apoyados por las tropas, escriben su historia. Cuando pierden, ésta los hace pedazos.

“¿Quién no se pregunta hoy día, como pudieron los romanos o los griegos, creer en tantos dioses?”

            La humanidad mira mucho hacia atrás en el tiempo. Consciente está que puede cambiar los textos, su forma de apreciarlos o entenderlos; sin embargo los hechos que la compusieron están ahí para siempre, es una verdad grabada en un pasado en el que ya no podemos intervenir. ¿Quién no ha pensado, para qué sirve la historia? Para tergiversar el presente, preparar un futuro a modo, justificar acciones.

            ¿Quién no se pregunta hoy día, como pudieron los romanos o los griegos, creer en tantos dioses? Es un pasado, igual que dentro de algunos cientos de años un estudiante pensará, ¡qué tontos mis antepasados, creían, vivían y mataban por un dios invisible! El hombre dejará de ser lo que es cuando deje de evolucionar cómo tal. Vemos en las redes como una parte de la sociedad clama por ayudar a humanos que mueren de hambre, mientras se gastan cantidades increíbles en tratar de colonizar otros planetas, fabricar armas cada vez más letales o teléfonos muy inteligentes. Así se evoluciona en la naturaleza; por más que creamos que somos elegidos, debemos reconocer que somos parte de ella. Sacrifica un individuo por el bien de la especie. Al planeta le sobran seres humanos, podrá tener espacio y comida para todos, es posible; más la codicia, la sed de poder de unos pocos, rompen éste precario equilibrio. ¿Por qué?

            Porque lo que han leído del pasado, les ha servido muy poco. Olvidan lo que no les conviene, retienen y reacomodan lo que abre un camino a sus metas. La historia verdadera de lo que sucede no la sabe nadie, la prueba es que pasados los años, con avances tecnológicos se reescribe la misma de manera casi constante.

¿Cuál es la verdadera? Tal vez la más reciente… o no. Quizá la nueva sirva mejor a quién la reescribe o manda hacerlo. La estamos usando para hacernos daño, en vez de hacerlo para buscar el bien de la humanidad, evitando repetir errores que han resultado catastróficos.

            Si esperamos tomar algo del futuro, necesitamos tener ambas manos abiertas. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos cerramos una o las dos aferrándonos al pasado, lo que impide tomar un futuro con la fuerza necesaria. La historia debería de ser nuestra maestra; un recordatorio de acciones que nos guíe hacia una convivencia más humana.



            No es así. Incluso se inventan historias, apoyados por una estructura mediática corrompida y pagada por intereses oscuros, para justificar acciones injustificables. Se han invadido países, asesinados cientos de miles de hombres mujeres y niños, destruido patrimonios culturales, devastado la naturaleza; todo esto usando como pretexto la historia. Una que lejos de suceder, se inventó, se escribió en una sala de juntas secreta. Se inventan sátrapas, se provocan gobiernos, se alteran pruebas. Y se reescribe la historia.

            Los dioses en los que hoy día cree la mayoría de la humanidad, son dioses buenos, que profesan amor y paz, que buscan el entendimiento del hombre a pesar de sus diferencias. Los mismos dioses que han provocado grandes y sangrientas guerras para imponerse a sangre y fuego. La descripción de estas guerras debería ser idéntica para ambos bandos, no es así. Prueba fehaciente, que lo que sucede se maneja, se corrompe y se utiliza según la conveniencia de quién la escribe.

            La humanidad inventará un día una forma de regresar en el tiempo, de recorrer desde el presente al pasado. Me gustaría estar ahí, ver cómo se descubre que el ser humano ha mentido consistentemente, para justificar errores mayúsculos, pagando por letras que cubren atrocidades de mentes perversas.

            Creo que las universidades deberían hablar de la historia, como de cosas que sucedieron hipotéticamente, ya que probar la verdad es virtualmente imposible. Usarla para despertar la curiosidad de quién busca expandir su mente; no para tratar de imponer doctrinas, dogmas y similares, que no hacen sino esclavizar a la gente a verdades a medias.

            A la humanidad le ha tocado vivir con diferentes dioses, unos guerreros, otros pacíficos, creadores de abundancia, provocadores de catástrofes. ¿Cómo nos juzgará la historia cuándo hablen de los dioses de éste milenio? Seguramente pensarán:

            ¡Estos dioses debieron de estar locos!

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