Vuelvo a escribir en esta revista para poder avivar más la voz de la verdad. A diario veo gente que habla de la Guerra Civil Española como si hubiera estado sin estar y como si hubieran sufrido sin sufrir. La estudiamos en los libros de historia y la hemos visto en la gran pantalla, pero nunca hemos estado en sus rejas y nunca hemos sentido sus disparos. Esa España encarcelada y disparada, por los dos, tres o veinte bandos, es a la que quiero honrar en este artículo.


Normalmente hablo con mi abuelo de política y de la situación actual. Me gusta hablar con él sobre lo que pasa y deja de pasar en el panorama actual, pero si hay algo que me gusta más que eso es hablar con él sobre lo que vivió y yo no pude vivir, por suerte. Me habla de unos recuerdos muy difuminados de cuando él tenía 7 años, en el año 1936, año en el que estalla la guerra más sanguinaria de nuestra historia. Una guerra que aniquiló y separó a españoles. Una guerra que no era entre nosotros, sino entre ideas que nos dividían como números y que multiplicaba odio sin parar. Recuerda aviones sobrevolando el pueblo, ruidos en el cielo y en la tierra, camiones llenos de conocidos que no volvían y también recuerda un primero de abril al bando nacional colonizando sus raíces.

«Durante la Segunda República, mi bisabuelo fue detenido por el bando republicano y encarcelado un par de días para después matarlo»

Entre estas historias bien marcadas, se encuadraba de forma paralela mi abuela, su mujer, que por 1936 estaba huyendo del horror desde el útero de su madre por los tejados. Mi abuelo me contó que mi bisabuelo, el padre de mi abuela, simpatizaba con el bando nacional aun sin entender de las ideas que defendían y ni siquiera entendiendo por qué luchaban. Un joven que no tenía ideas propias sino ideas fundamentadas por sus acompañantes. Salía con la escopeta a cazar por las fincas que actualmente tiene nuestro Rey emérito con sus compañeros, todos simpatizantes del bando nacionalista y como dice el viejo refranero español dime con quién andas y te diré quién eres. Durante la Segunda República, mi bisabuelo fue detenido por el bando republicano y encarcelado un par de días para después matarlo por las ideas que ellos creían que tenía. Un carcelero en un pueblo pequeño, todo un escándalo para la familia. Pero en el pueblo todo se sabe y todos le conocían, todos sabían que no era un hombre de mal querer. A los dos días, la verdad llamó a la puerta y fue un mismo republicano quien, sorprendido, ordenó a sus compatriotas soltar a mi bisabuelo defendiendo su integridad y alegando que era hombre de bien y que, además, tenia doce hijos que cuidar. Tenía una familia y ninguna de sus armas eran violentas. Le soltaron y la historia pisoteó la cara de los nacionales, de los republicanos y de todos los bandos habidos y por haber. Todos fueron marionetas del Estado, todos fueron peleles y engañados. Se dividieron sin un por qué.

Acabando mi artículo, me gustaría saber cuántos guerreros virtuales en Twitter estarían dispuestos a no abandonar sus ideales y subirse a un camión sabiendo que no van a volver. Cuántos estarían dispuestos a ver una pared antes de ser fusilados. Cuántos estarían dispuestos a la persecución. Simplemente, cuántos.

Si algo me enseñó la historia de mi bisabuelo, entre otras miles, es que la guerra fue un conflicto donde jóvenes que no se conocen ni se odian se matan entre sí por unos viejos que se conocen y se odian, pero no se matan.

 

Artículos relacionados