Mayo, exámenes finales en la universidad. Llevas semanas sin salir al exterior, encerrado en la cueva de tu habitación, si más luz que la que te aporta el flexo que lleva contigo desde el comienzo de tu carrera. Ambos esperáis que tantas y tantas horas de estudio hayan dado resultado. Pero cuando abres el correo electrónico y miras la lista de notas, las lágrimas comienzan a brotar por tus mejillas: un 4.75. Comienzas las dudas, los alborotos y los miedos. ¿Qué he hecho mal? ¿Qué me ha faltado? ¿Acaso fui demasiado nervioso? ¿Para esto me he pasado meses encerrado?