Raquel tiene 15 años y su sueño es ser viola, pero la sociedad no se lo pone fácil: “He llegado a tener problemas de salud. Sé que no soy la única”. Este es su desgarrador testimonio.

Qué implica querer ser músico

Casi nueve años de estudios, exactamente 8 años, 4 meses y 5 días, es lo que llevo estudiando música, y muchos más me quedan, mínimo 8 años más. Tengo 15 años y muy claro que quiero estudiar un grado superior de música, y a poder ser, llegar a tener un trabajo como músico, que todavía no he decidido cuál puede llegar a ser. Quiero dedicarme a tocar la viola, algo que siempre me ha gustado, que encima se me da bien y con lo que disfrutan tanto los que me rodean como yo. ¿Por qué tantas pegas por estudiar aquello que quiero?

Aún sabiendo qué quiero hacer con mi futuro, no es nada fácil en este país estudiar música.

Ya desde el comienzo la disciplina es muy dura. Debes practicar tu instrumento cada día, imponerte a ti mismo una rutina de estudio, y coger unos hábitos. Pero, sobre todo, no nos olvidemos, de compaginarlo todo con la escuela.

Los primeros años de educación básica, a mi parecer, son los que se llevan mejor. Una vez acaba la primaria y empieza la ESO, todo se complica demasiado. Se empieza el grado medio (o grado profesional en el conservatorio). En el instituto hay más asignaturas, más deberes, más exámenes, y necesitas dedicarle más horas. En el conservatorio pasa lo mismo, a diferencia que las horas que necesitas de estudio para las asignaturas teóricas, le tienes que sumar las horas que necesitas para practicar tu instrumento. Entonces ¿qué pasa? Lo que pasa es que muchos alumnos, demasiados (más de los que os podáis imaginar,) lo dejan, y al final, solo quedamos aquellos que realmente nos gusta lo que hacemos. Aquellos que tenemos la iniciativa de querer compaginarlo todo y a quienes nuestra familia nos apoya.


Ser estudiante de música implica todo eso, y las facilidades para poder dedicar el tiempo que necesitamos y queremos a lo que hacemos son nulas. Podéis preguntar a cualquier persona que esté cursando estudios tanto en un instituto como en un conservatorio, cuántas veces hemos oído “déjalo”, “es incompatible” y “lo importante son los estudios”.

En las charlas de inicio de curso, uno de los temas de los que se habla es éste.  “Aquellos que estén haciendo música o alguna actividad extraescolar que implique tener que dedicarle muchas horas, deberían dejarlo. No son compatibles con los estudios. Lo que os va a servir el día de mañana es lo que hacemos aquí.” A parte de infravalorar a la música, y decirnos que estamos perdiendo el tiempo, nos están desmotivando y presionando para dejar algo que nos gusta.

En general, querer ser artista conlleva que no nos quieran ayudar, porque no consideran que estudiar arte sea un estudio. El problema es que no son solo profesores y alumnos aquellos que nos ponen pegas, hay muchas familias que no dejan que sus hijos dediquen al colegio menos horas que las que dedican al conservatorio. ¿Qué pasa en este país? ¿Desde cuándo todo parece tener un futuro menos el arte? La desilusión que se lleva alguien como yo en esta situación, es tan enorme, que la presión social ha estado tantas veces demasiado cerca de hacernos caer, que al final te replanteas qué es lo que verdaderamente importa aquí y ahora.

Por mi parte, no creo que rendirse sea la solución, pero si no rendirse va a implicar que nadie me vaya a dar ningún tipo de ayuda, sino que, al contrario, interpongan muchos más baches de los que ya tiene este camino, encuentro muy sensato el hecho de dejar de hacer lo que estés haciendo. Además, que la cultura se trate como si de un lujo fuera, hace que todo aquel que quiera acceder a ella no pueda, y que además, deba pagar un alto precio para poder disfrutarla. Y ese es uno de los grandes inconvenientes que hay hoy en día. El público forma parte de nuestro trabajo, sin público la finalidad y la función de un artista no se cumple, compartir la música, transmitirla, disfrutarla junto a aquel que la escucha… no es posible si se impone un exagerado precio. Aquellos que trabajan creándola e interpretándola, también necesitan comer, es algo obvio. Pero aquellos que imponen unas leyes, suben los impuestos y hacen que el IVA cultural sea de un 21%, no deben porque lucrarse del trabajo de los demás. Porque haciendo todo lo que hacen, solo consiguen que ni ellos se lleven un rosco, ni los músicos cobren y puedan tener algo que llevarse a la boca para comer. Por desgracia, las mismas personas que salen beneficiadas de todo esto, son las mismas que mientras queremos salir adelante mediante sangre y sudor, nos echan cadenas al cuello, para que nuestro camino sea doloroso y todavía más pesado de lo que ya es por su culpa.


La música está tan infravalorada que debes pagar para llevar contigo tu instrumento, como si de una persona se tratara, cuando viajas en tren o avión. Tan poco valor tiene, que solo pueden hacer un grado superior aquellos que ha obtenido una beca de estudios y que año tras año deben conseguir otra, o aquellos que llevan ahorrando desde que nacieron para poder pagarlo, o aquellos que provienen de familias adineradas, y se lo pueden permitir. Y lo más triste de todo, tan poco valor tiene que, hay más músicos en la calle que en los conservatorios. No somos juguetes de Toysrus.

Sigo queriendo hacer música, pero es tanta la presión en general, que del estrés y de no poder hacerlo todo, he llegado a tener problemas de salud. Sé que no soy la única, y eso es lo más pesaroso.
Mucho decir que el futuro lo decidimos nosotros, mucho concienciarnos de que cada uno debe estudiar lo que a él le llene. Pero a la hora de la verdad, deberás estudiar lo que esté socialmente aceptado, porque si no, el camino estará lleno de pinchos y clavos.
Muchas palabras, pero pocos hechos. Mucho ruido, pero pocas nueces.

Raquel Roldán

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