Mi nombre es…, y qué más da cómo me llame, solo en la imaginación de una niña hay cabida para poner nombre a una muñequita de trapo, que ni siente ni padece. Pero estoy viva, mi corazón herido late y mi viejo cuerpo achaca el peso del paso de los años. Años que no he vivido, he malvivido como me han dejado, he podido o he sabido. Y no soy la única, muchos se encuentran en la misma situación que yo y muchos más que se encontrarán.

Vivo en un país donde la ley y los estatutos no me amparan, me consideran un bien mueble, un objeto de propiedad para uso y disfrute del poseedor. Un país, España, donde más de 19 organismos reglados por cada comunidad autónoma tienen un registro de archivo de chips. El chip, ese dispositivo que nos insertan mediante aguja bajo nuestra piel, que debería servir para velar por nosotros. Pero ese chip, tan pronto nos devuelve la vida como nos la arrebata otorgando el reconocimiento de propiedad a su titular. Y digo debería servir porque, en mi caso, de haber sido así, hubiera sido mi sentencia a una muerte segura pero desde el pasado 20 de diciembre de 2013, mi vida dio un giro de 180°.

No se aún cómo, conseguí escapar de la barraca donde estaba cautiva. Una barraca, donde los días se fundían con la noche y donde comer se convertía en una lucha constante de poder; la ley del más fuerte imperaba entre una manada de perros confinados para uso y disfrute de nuestro propietario en una de sus maltrechas aficiones; la caza. De esta afición ya hablaremos en otro momento, pero mi vida y el fin para el cual me habían utilizado, estaba pasando factura.


Al fin conseguí escapar de ese agujero. Me encontraron vagando en la más absoluta soledad y sin opciones a sobrevivir, mis ojos no podían ver todo aquello que me había perdido en esa oscura estancia tantos años, tras haber traficado conmigo y haberme vendido a cientos de kilómetros como una simple mercancía.

Conseguí llamar la atención de alguien que se acercó a mí sin yo saber que aquella sombra me cogería entre sus brazos para ponerme a salvo. A las pocas horas me llevaron a un lugar donde una pareja me recogería sin saber cuál era mi destino porque tampoco podía escuchar lo que decían. Era vieja y ni veía ni oía bien, ¿quién iba a quererme entonces? ¿Qué iba a ser de mí?

Estaba equivocada. Ellos sí han querido luchar por devolverme los años perdidos, las caricias y abrazos que nunca nadie me ofreció. Y tuve que aprender a ser un perro de familia, porque mis traumas y miedos han hecho que esos brazos y manos que tanto me han cuidado sintieran mi temor a recibir un golpe. Ellos han vivido y superado junto a mí parte de mis miedos, porque otros jamás me abandonarán. Pero de no ser por ellos, todavía lo recuerdo…

Había transcurrido tan solo una semana de mi desaparición y alguien nos paró por la calle diciendo ser familiar de mi dueño. Pero yo no quería un dueño, quería una familia, como la que hacía tan solo 7 días había conocido. Y el corazón se me encogió al pensar que volvería a esa oscura y fría estancia de donde no saldría jamás con vida pero, sucedió algo que no imaginé.

Mi familia le reprochó en las circunstancias en las que estaba y le recriminó mi estado de salud negándose a entregarme, otra vez como simple mercancía por culpa del maldito chip. Durante más de un año, mi familia ha estado guardando todas las facturas veterinarias y de medicación tan costosa que necesito por si alguien me reclamaba.
Durante algo más de un año mi familia ha desembolsado más 5000€ en mí y mi bienestar. Pero la ley dice que mi dueño es quien se desentendió de mí y me dejó llegar hasta el punto en el que hoy estoy.


¿Saben lo que hubiese ocurrido si mi familia me hubiera devuelto al que la ley dice ser mi amo? Estaría muerta, aunque hacía años que ya lo estaba en vida.

Creo que algo falla, algo o mucho no se está haciendo bien con nosotros. Nos obligan a estar registrados en un archivo que nadie supervisa, condenando nuestras vidas a un pasado que queremos olvidar. Por ello, insto a todas las autoridades y organismos competentes a que de una vez por todas:

  • Aseguren una tenencia responsable y, si es preciso, creen entidades para su regulación.
  • Colaboren con protectoras y particulares que sí se preocupan de nuestro bienestar.
  • Dejen de exigir un documento de cesión de propiedad para desprendernos de un pasado de dolor y angustia al que permanecemos ligados de por vida a través de una firma, una firma que sí aceptaron en su momento a cambio del pago de unas tasas por parte de nuestro verdugo, como si de un contrato mercantil se tratase.
  • Que un informe veterinario sea suficiente para determinar si ese estado de dejadez, desatención, lesiones, enfermedad o maltrato es causa para cesar el derecho a la propiedad por incumplimiento de las obligaciones por parte del propietario.

Y ahora dirán ustedes…si todo esto ya se cumple! Pero señores, la realidad es bien distinta.

Mi familia solo ha conseguido, lo que es todo para mí, devolverme a la vida; enseñarme lo que es una caricia, a sentir un abrazo, a confiar en un plato de comida, a bajar escaleras, -porque subirlas ya no puedo-, a tantas cosas me ha enseñado… Y ¿qué les ha enseñado mi paso por sus vidas? Que nada ni nadie va a ayudarme ni les va a ayudar. Que sigo blindada a un archivo de una comunidad autónoma en la que no resido y que a los órganos competentes les importa bien poco mi vida, porque la propiedad de un bien prevalece ante todo, ante mi vida y la de muchos
que se encuentran en la misma situación que yo.

Hace ya casi dos años junto a la que sí considero mi familia dejé de ser la muñeca de trapo que ustedes crearon junto a mi verdugo. Porque ustedes también han sido cómplices de como he llegado a mi estado y del temor vivido por parte de mi familia a perderme. Porque ustedes y el sistema bloquean que nos sea devuelto el derecho a una vida digna, jugando con nuestros sentimientos y el de nuestras nuevas familias. Y seguirán siendo cómplices hasta que algún día sean capaces de abrir el camino hacia un cambio en nuestras nuevas vidas.

Firmado: Muñeca de trapo

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