El hallazgo de la tumba del apóstol Santiago el Mayor en Compostela
El hallazgo de la tumba del apóstol Santiago el Mayor en Compostela

Resulta un grave error considerar la peregrinación jacobea a la tumba del apóstol Santiago el Mayor en Compostela como un fenómeno del pasado, en ocasiones circunscrito incluso al medievo. ¡En absoluto! de hecho, la tradición de hacer el Camino de Santiago es una actividad interrumpida desde su origen en el siglo IX, hasta un presente de plena vitalidad; y ello pese a las vicisitudes de los tiempos y la notable mudanza en las mentalidades y los hábitos de conducta. La meta física del peregrino, como antaño, sigue siendo la tumba de un apóstol de Cristo, por lo que será conveniente, antes de seguir, conocer algo de su vida y leyenda.

La vida del apóstol Santiago

Jesucristo charlando con el apóstol Santiago el Mayor
Jesucristo charlando con el apóstol Santiago el Mayor

Los evangelios y los Hechos de los Apóstoles no nos ofrecen mucha información sobre la figura de Santiago el Mayor. Sabemos que el hijo de Zebedeo, como Pedro y Andrés de oficio pescador, fue llamado por Jesús, junto a su hermano Juan, cuando echaba las redes en el lago de Tiberíades. Santiago era, por tanto, galileo, habitante de Betsaida y, al parecer, de carácter impetuoso, ya que el maestro lo apodó Boanerges, es decir, ‘hijo del trueno’. En cuanto a su relación familiar, algunos sugieren un parentesco entre Salomé, su madre, y la Virgen María, lo que explicaría que se atreviera a pedirle a Jesús un lugar de preferencia en su reino para sus dos hijos. Distinguido junto a Pedro y JuanSantiago el Mayor, así denominado para diferenciarlo del también apóstol Santiago el Menor o Alfeo, participó en varios episodios señalados de la vida de Cristo, como las Bodas de Caná, la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración del monte Tabor o la agonía en el huerto de los Olivos, dando también testimonio de la Resurrección y de la Ascensión.

Detención del apóstol Santiago por soldados romanos
Detención del apóstol Santiago por soldados romanos

¿Cómo llegó Santiago a Galicia?

Una tradición con escaso fundamento afirma que predicó en la Hispania romana, desembarcando en Cartago Nova (Cartagena) o Tarraco (Tarragona) y pasando por Iria Flavia (cerca de Padrón). Para consolarlo del escaso éxito cosechado, la Virgen María se le apareció en Muxía (A Coruña) y Zaragoza, dos hitos en los que se aúnan el culto jacobeo y el mariano. Sí sabemos que Santiago fue el primer apóstol en padecer martirio, dando testimonio de la fe por orden del rey de Judea Herodes Agripa I (41 – 44 d. C).

La realidad da paso a la leyenda en el suceso de la traslación de su cuerpo a la Península Ibérica, un relato que integra elementos reales, fantásticos y simbólicos. Embarcados en Joppe, sus discípulos Teodoro y Atanasio traerían a Galicia el cuerpo para, tras desembarcar en Padrón, visitar al legado romano en Dugium (Fisterra) y superar las trampas que les había tendido la reina Lupa, darle enterramiento en Compostela. Noticias dispersas sobre este traslado y enterramiento van apareciendo a partir del siglo IV (Breviario de Los Apóstoles), aludiendo al lugar de Arca Marmárica como punto en el que reposan sus restos. Recogen la noticia autores como Eusebio de CesareaSan EfrénSan Hilario de PoitiersSan JerónimoSan IsidoroSan Aldhelmo de MalmesburyBeda el Venerable o el Beato de Liébana, cada vez con mayor certidumbre de que es Hispania el lugar donde reposa su cuerpo. Con posterioridad, para satisfacer la piedad popular, fueron elaborados la Epístola Leonis, los textos de los martirologios de Floro y Adón y la narración oficial y definitiva del Códice Calixtino, con su libro de Milagros, y de la Historia Compostelana. A este cuerpo inicial de la leyenda es preciso añadir la gran creación del Santiago Caballero (miles Christi), que sale en ayuda de Ramiro I y pone fin al vergonzante Tributo de las Cien Doncellas en la inexistente batalla de Clavijo.

Peregrinos jacobeos medievales
Peregrinos jacobeos medievales

Aquel Matamoros, verdadero azote del Islam, regresa al escenario de la Reconquista en la toma de Coimbra (1064), donde hace entrega de las llaves de la ciudad a Fernando I, en las Navas de Tolosa (1212) y en otros encuentros bélicos acontecidos en la península y América, siempre en apoyo de las tropas españolas. Tras tan poco evangélica actuación se ocultaba el interés crematístico de la catedral compostelana, principal beneficiaria de un falso voto, denominado de Santiago, que debía ser pagado a ésta por los territorios liberados en la Reconquista. El Zebedeo se convirtió así en un señor feudal y patrón militar al que se le tributaba vasallaje, y en recuerdo de tal estatus conservamos, en las Huelgas burgalesas, una curiosa imagen articulada, el Santiago del Espaldarazo, que armaba caballeros con su espada.

La crítica a las tradiciones jacobeas comienza precisamente para conseguir la exención de los votos en zonas tan alejadas de Galicia como Castilla o Granada. En los tiempos del Barroco, como consecuencia de un interminable pleito, se llegó a cuestionar el patronazgo de Santiago sobre el reino, y a su par intentaron ser elevados competidores como Santa TeresaSan MiguelSan José o San Genaro. A su favor terciaron el cabildo de Santiago y los caballeros de su orden, entre ellos Quevedo. La crítica se recrudece con la Ilustración, y las Cortes de Cádiz suprimen los votos, manteniéndose únicamente el metálico, conocido como ofrenda, realizado por los reyes de España (salvo en el Sexenio democrático, de 1868 a 1874, y con la Segunda República). A finales del siglo XIX, con motivo del descubrimiento de los restos de la tumba del apóstol Santiago en la catedral (1879) y la feliz terminación del proceso canónico de verificación con la bula Deus Omnipotens (León XIII, 1884), la moderna crítica de monseñor Duchesne intenta desmontar la tradición de la sepultura en Compostela. Entonces surge la poco sólida teoría priscilianista, debidamente combatida por el erudito canónigo santiagués Antonio López Ferreiro.

El Camino de Santiago y la imagen del apóstol a través de los siglos

Presentes o no sus reliquias en CompostelaSantiago consiguió un éxito rotundo al conseguir movilizar grandes masas de peregrinos hasta su santuario. Y fue tal el impacto de este peregrinaje que hasta el mismo apóstol, en su iconografía medieval y posterior, acabó por revestirse con la indumentaria y los emblemas de sus devotos. Es por ello que, entre sus representaciones, el tipo más popular y difundido, sobre todo en Europa, es el del Santiago peregrino. En Galicia también nos lo encontramos como doctor sedente (Santiago da cadeira), que recibe y enseña la buena doctrina a los fieles llegados a su casa. Más propia del gusto militar e imperialista hispano es el Santiago Matamoros que, galopando un blanco corcel, atiza con su espada a la morisma invasora, a partir del siglo XVI transformada nada en turca; este tipo se difundió notablemente tras la Contrarreforma y en América. Estamos, pues, ante un santo polivalente que ejerce a un tiempo como apóstol evangelizador, compañero de fatigas, y, al llegar a su país, maestro invencible. Entre las representaciones más bellas del medievo se cuentan la que ocupa el parteluz del Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana (siglo XII), el Santiago Beltza de Puente la Reina (siglo XIV) o el del retablo mayor de la cartuja de Miraflores (Gil de Siloé, 1499).

La tumba del apóstol Santiago

Tumba del apóstol Santiago
Tumba del apóstol Santiago

La tradición cuenta que, una vez en Galicia, los discípulos de Santiago solicitaron permiso a una tal Lupa, reina de las tierras en que habían desembarcado, para enterrar el cuerpo de su maestro. Ésta, desconfiando de aquellos extranjeros, les tendió varias trampas para deshacerse de ellos. Primero los mandó a Duio (Fisterra), donde fueron encarcelados por el legado que allí residía, pero fueron liberados por un ángel. Al regresar les concedió lo requerido, enviándolos al Pico Sacro para que enyugaran unos bueyes para trasladar el cuerpo, pero estos no eran sino toros bravos, y en el monte había también un dragón. Destruido el segundo con la señal de la cruz y amansados los primeros, regresaron a Iria con el carro, y Lupa, rendida ante tantos prodigios, se convirtió al nuevo credo. Allí donde pararon los toros, en la falda del monte Libredon (a tres leguas de Iria), Santiago pudo descansar por fin en un mausoleo construido ex profeso.

La tumba, objeto de culto desde los primeros tiempos, generó a su alrededor una importante necrópolis tardorromana y altomedieval, encontrada en las excavaciones realizadas en los años 40-50. Olvidado tras la invasión musulmana, el eremita Pelayo lo descubre (imagen de cabecera de este artículo), allá por el año 830, por el signo de unas luces. El obispo iriense Teodomiro confirma el hecho y, firmemente convencido de su autenticidad, decide ser enterrado en el lugar (su lápida, con la fecha de 847, fue descubierta en las citadas excavaciones). Este prodigioso hallazgo del mausoleo, en su época denominado inventio, tuvo lugar en el reinado de Alfonso II el Casto (791-842), según los últimos estudios alrededor del año 830. El rey astur-galaico se trasladó al lugar, con su corte, desde Oviedo, mandando construir una pequeña iglesia sobre la tumba; quedó así inaugurado el primer itinerario de peregrinación. Su sucesor, Alfonso III, erigió una basílica que sería destruida por Almanzor en su razia de 997 y reedificada poco después.

Restos arqueológicos bajo el suelo de la Catedral de Santiago de Compostela. Estado en el que se encontró la tumba del apóstol Santiago
Estado en el que se encontró la tumba del apóstol Santiago

Sepulcro y mausoleo, hasta entonces respetados en su integridad, quedaron ocultos bajo el pavimento de la catedral románica cuando el gran obispo Gelmírez reformó el altar mayor. Comenzaron entonces las dudas, donde se guardan, entre los peregrinos, sobre la existencia de la tumba; para conjurarlas en una urna de plata, fueron elaboradas fantásticas leyendas de los castigos que aguardan a los que osaran entrar en la cripta. Así pasa el tiempo hasta que, en 1589, el arzobispo Sanclemente se ve obligado a ocultar con precipitación las reliquias para evitar su profanación por parte de las tropas inglesas de Drake, que había desembarcado cerca de A Coruña. Perdida la memoria de este traslado, los restos de la tumba del apóstol Santiago y sus dos discípulos reaparecen en las excavaciones ordenadas por el arzobispo Payá y Rico (1879), siendo confirmada su autenticidad, tras un largo proceso, con la bula Deus Omnipotens, firmada por el papa León XIII (1-XI-1884). Al año siguiente, la cripta fue reparada y volvió a ser accesible, tal y como hoy la vemos, para que los fieles puedan orar ante el sepulcro.

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