El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) está ubicado en el barrio de Palermo de la Ciudad de Buenos Aires. Fue fundado en septiembre de 2001 con el objetivo de coleccionar, preservar, estudiar y difundir el arte latinoamericano desde principios del siglo XX hasta la actualidad. Es una institución privada sin fines de lucro que conserva y cuenta en su patrimonio con una colección permanente de obras de artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, Tarsila Do Amaral, Pedro Figari, Alejandro Xul Solar, Emilio Pettoruti, Antonio Berni, Joaquín Torres García, Emiliano Di Cavalcanti, David Alfaro Siqueiros y Cándido Portinari.

El Malba posee una arquitectura imponderable de diseño no lineal que da una visión manipulada de la superficie de las estructuras. En apariencia, parece una imagen distorsionada y dislocada de algunos de los elementos de su arquitectura, como si fueran bloques de cementos puestos unos arriba de otros, pero que al unirlos quedan imperfectos. Da una sensación de ser una mezcolanza de líneas artísticas entre el modernismo, el postmodernismo, el expresionismo, el cubismo y el arte contemporáneo. Todos juntos en un solo edificio.


En su interior, el Malba cuenta con escaleras mecánicas para ir hacia los pisos superiores y el auditorio y el restaurante con estilo moderno completan la planta baja. Asimismo, existe una pequeña escalera de concreto para deslizarse hacia la primera de las muestras, el día que fui, me tocó presenciar: Tiempo partido, La música es mi casa y Verboamérica. Esta última fue mi verdadera razón por la cual ir, una exposición que rompe el clásico recorrido cronológico y proviene de la experiencia artística en América Latina.

Entre nubes, viento y probabilidades de lluvia, llegué al Malba y divisé a Jimena, mi amiga eterna, que me esperaba en la entrada. Ella es de Guatemala, delgada, de pelo oscuro y se porteñizó a la primera semana que arribó. Nos saludamos y entramos rápidamente. Caminamos unos metros y nos dirigimos a pagar la entrada que a mí me salió mitad de precio por mostrar mi libreta de la UBA. A continuación, personal del museo nos señaló la primera de las muestras, La música es mi casa, que estaba en la planta baja al descender por unas escaleras.

Antes de entrar, observamos una tela negra que tapaba la entrada de la exhibición, entonces tuvimos que usar nuestras manos para entrar en la sala. Una mujer cuidaba el lugar, aunque solo se limitaba a mirar su celular. Estábamos a oscuras y unas luces iluminaban tenuemente una escultura. La examinamos sin entender mucho su significado.

—Este material es diferente de aquel; además eso parece una cortina, pero no de las que usaría mi abuela. Y como dice la juventud moderna: “Es todo muy flashero”.

—Sí, en este tipo de arte cualquier objeto que veas significa algo— dice Jimena entre risas.

Caminamos unos metros y pasamos al lado de una pared que dividía el salón en dos. De fondo, se escuchaba una voz que decía siempre lo mismo: “Liberada mi alma perdí el control. Liberada mi alma perdí el control. Me pasé. Me pasé. No hay vuelta atrás. No hay vuelta atrás. Empiecen todos a sacudir sus cuerpos. Empiecen todos a sacudir sus cuerpos”.

A nuestra derecha, unos cuadros de tela negra colgaban de la pared y en el fondo, se iluminaban luces de colores que desaparecían a los segundos y luego volvían a parecer en otro sector. Daba la sensación de estar en un boliche, pero con experiencia perceptiva atenta a los mínimos detalles. Además, estábamos solos y nadie podía molestarnos. No había mucho para analizar. Estuvimos unos minutos experimentando la sensación que producía el artista, intentando “relaciones inesperadas que promuevan diversas capas de sentido y experiencias vivenciales”, como dice el autor, pero no nos surgió nada de eso y nos fuimos.

Malba. Buenos Aires. El Magacín.

En el pasillo, comentábamos que no era nada del otro mundo la primera muestra que habíamos visto. Nos pidieron la entrada para cortarla y subimos por las escaleras metálicas. Ahí entendimos que esa exposición era como una previa para las demás, pero no dijimos mucho más, porque nuestra vista se fue para el techo a causa de unos globos extraños que colgaban. Por su color amarillo pensé que eran del Pro, pero al ser un museo privado, entonces deducía que tenía que ver con una decoración del lugar. Nos detuvimos y vimos la entrada adelante nuestro.

En el primer piso, se exhibía Verboamérica lo que más esperaba ver en el Malba. Al entrar, nos llamó la atención que unas veinte personas estaban mirando un tornado oscuro que colgaba del techo. Asombrados les sacaban fotos. Por nuestra parte, nos pusimos a analizar con detalle los dos primeros cuadros a nuestra derecha y, coincidimos en que eran de una tendencia futurista. Habremos tardado cinco minutos, con suerte, y cuando nos dimos vuelta, vimos a las personas yéndose todas juntas hacía la sala de al lado. Eso me hacía pensar que se parecían a una manada sin líder, porque en dos minutos la sala pasó de estar llena a vacía.

— Parece un simple tornado, no le veo nada del otro mundo.

— La pintura es una experiencia, porque es un estado del ser —dice Jimena que en sus tiempos libres se queda en casa a leer filosofía y ver videos de arte —. Por eso Sartre dice: “El hombre está condenado a ser libre porque, una vez lanzado al mundo, él es responsable de todo lo que hace”.

Analizamos el gran tornado y un cuadro que parecía un abismo. Sin muchas conclusiones pasamos a la siguiente sala. Seguí notando a mi alrededor, que las personas que visitaban la muestra en conjunto seguían el mismo recorrido y miraban lo mismo. No había una sola persona que rompiera ese patrón, nadie se detenía a analizar las pinturas como objeto de estudio o de satisfacción personal. Simplemente parecían mercancías colgadas en una pared. Por un lado, nosotros hacíamos un recorrido distinto, nos deteníamos a intentar ver lo que había querido hacer el autor y discutíamos sobre la escuela artística. No éramos parte de ninguna manada.

—Dice la exposición: “Verboamérica es una exhibición performativa y temporal, y pone en evidencia la crisis de la linealidad y unicidad del tiempo histórico que ha tenido lugar durante la globalización”. Creo que no se dieron cuenta de que la misma idea del autor es de no ser lineal.

—Nadie lee estos folletos; de hecho conozco gente que los colecciona para luego lucirlos antes sus amigos —dice Jimena—. Pero es todo un tema la linealidad del movimiento de las personas. No recuerdo quién decía: “No quiero ser pensado ni que me piensen, tampoco dominado ni manipulado, pues yo solo quiero pensar mis propias ideas y arriesgarme con mis propias decisiones”.

Y de repente, apareció un pequeño niño que corría y saltaba por todos lados apenas me llegaba a las rodillas (y eso que no soy alto), pero se movía por la sala como Usain Bolt en los 100 metros llanos. Los padres no podían seguirle el ritmo y él siempre se ponía delante de una escultura (lo que más le llamaba la atención) y empezaba a señalar lo primero que se le cruzaba por la mente.

Museo de Arte Latinoamericano. Argentina. El Magacín.

— ¡Mamiiiii! ¡Pa’! ¡Aaaah! Me gusta. Se le ven las tetas. Subime— decía el pequeñín con entusiasmo y ansiedad.

—Sí, se le ven — le respondió la madre entre sonrisas y cautela—. No toques, tranquilo.

El niño gritaba, zapateaba, los padres apuraban el ritmo para que no tocara las obras. Eso llamaba la atención de todo el mundo (yo dejaba de analizar las obras y lo miraba a él) y hasta la mujer encargada de cuidar las obras dejó de mirar su celular y prestó atención al pequeñín. El padre hacía de guardián de las esculturas. La madre era la encargada de hablarle sobre las esculturas. Él parecía distinto al resto de la manada, quizás era de los rebeldes que no seguían las normas estrictas del recorrido, simplemente iba saltando de obra en obra como rana por las ramas.

Dejamos de lado la sala y nos dirigimos a la última parte de Verboamérica que era la parte por la cual había ido, los retratos latinoamericanos. Subimos por un pasillo (una especie de pasarela) con cuadros a nuestros costados de la revolución mexicana, la lucha contra la industria azucarera. Hubo una obra que me impactó, decía: “Ya nadie te sacará de tu tierra esta es nuestra revolución”. El resto de la gente, pasó sin leer una sola letra de estas obras, seguían en modo “manada”, nada los desactivaba.

Al pasar ese pasillo pasarela, lo primero que nos llamó la atención fue la obra de Antonio Berni “La manifestación”, no solo por lo excelente que es, por la emoción de tenerlo enfrente (por foto me fascinaba), sino porque el tamaño del cuadro que era cinco veces más grande que yo. Estaba colgado solo en una pared. El cuadro lo decía todo, pero la manada solo se asombraba por su tamaño y no por el significado de la obra. Después descubrimos otros cuadros de Berni.

—Parece un bricolaje o un ensamblaje— me dijo mi amiga.

—Parece un bricolaje. Leí que Berni hizo una vez con materiales de la basura una obra de arte. Esto es algo parecido.

—No lo conozco a Berni ni a las pinturas de los argentinos, pero me gusta que las caras parecen todas distintas. Me recuerda a un poeta latino (Horacio) que decía: “Una pintura es un poema sin palabras”.

Hasta mi amiga no conocía a Berni. Entonces, me di cuenta de que uno de cada diez tenía un mínimo conocimiento de arte. Pero si frenabas y escuchabas, una voz femenina te contaba quién había sido Berni. Conocía la historia, así que solo escuché unos momentos. Se me pasó la emoción berniana y seguimos.

En el pasillo, había unos televisores que pasaban unas imágenes y tenían auriculares para escuchar lo que decían. Pero lo que llamó mi atención fue que en la pared se hallaban frases de escritores latinoamericanos. Puede leer algunas frases, pero estaba oscuro y solo leía las que estaban cerca de los televisores. Eran de Cortázar, Victoria Ocampo, Bioy Casares, entre otros. Vi que había varias personas sentadas en los bancos mirando las paredes. Me preguntaba cuál de todas leían, pero al acercarme, vi que nadie leía. Los adultos descansaban. Los niños curioseban. Atravesamos el pasillo, un joven asiático revisaba su celular, una pareja de piel negra hablaba en francés (nos agarró la duda si eran haitianos o franceses): el Malba estaba repleto de diversidad cultural en sus visitantes. Llegamos a la última exposición.

Antes de entrar, leí la descripción de Tiempo perdido: “El grupo desdibujó las líneas entre arte, diseño y vida y se destacó por su sello vanguardista “. Sentí un mal presagio. Entramos. El 85 % de la sala estaba ocupado por un escenario que tenía una especie de plataforma de hielo con osos en el centro. Dos osos polares. No entendí el significado de la obra, no había mucho por analizar, pero dos personas estaban entusiasmadas sacándole fotos. Mi amiga me pidió que le sacará fotos y que lo hiciera con zoom así se veían los osos. Pensé que se estaba transformando en parte de la manada. La miré raro, pero me dijo que me tranquilizara. Estuvimos dos minutos y nos fuimos. Bajamos por las escaleras. Salimos del Malba.


No había más exposiciones por ver, estábamos en la calle y nos quedaban las reflexiones de lo que vimos.

—En el Museo de Arte Moderno vi cosas raras, pero esto me superó. Además las personas parecían que tomaron al museo como un recorrido turístico.

— Pero si el arte le pones energía, te genera algo y alguien te lo publica, algo significa — me respondió Jimena—. Estas obras que vimos y eso que decís me recuerda a una frase de Nietzsche: “Somos un campo de batalla entre distintos fragmentos que nos constituyen, cuando más conflictivo sea ese campo de batalla de los fragmentos, más creceremos. Cuando uno de los fragmentos nos hegemoniza, entonces nos vaciamos y nos volvemos pensamiento único”.

Yo no soy un sabio de la montaña; antes de ir a un museo me informo sobre lo que veré, pero coincidía con ella y la frase resumía lo que habíamos visto sobre la mirada de los demás. Por último, sobre el término “arte” siempre digo que es parte de la experiencia vivida por el hombre. Por eso, para alcanzar la creatividad hay que experimentar con toda la cultura universal que esté a nuestro alcance. Experimentar, no saltear.

 

Artículos relacionados