Buenos días. Me llamo Enara, tengo diecisiete años y España depende de mí.

Durante toda mi vida, he tenido que aguantar a adultos que me decían cómo debía de escribir – soy zurda -, qué debía dibujar, lo que debía hablar en según qué momento. Desde que me alcanza la memoria me han aconsejado sobre cómo ser, a qué puedo aspirar, sobre estar con los pies y la cabeza en la tierra, sobre ser consecuente con todo lo que hago, sobre a lo que debería dedicar mis días futuros como miembro activo de la sociedad. Me han insistido, por activa y por pasiva, en que disimule mis errores y mis tropiezos. Que no me asuste – o que no muestre mi terror -. Me han querido preparar para sobrevivir a los batacazos de la vida.


Me han dicho que he de ser valiente, emprendedora, honesta, sincera, trabajadora y solidaria. Eso es lo que el mundo espera de mí, dicen. Me lo han dicho, sí, y me lo han repetido. Pero no me lo han enseñado.

He visto hombres muy osados abandonando a sus parejas cuando se quedaban embarazadas. He visto maravillosos libros en el fondo de un cajón, temiendo no ser aceptados. He visto a políticos asegurando la paz en el mundo ayer y lanzando bombas hoy. He visto a familias millonarias solicitando becas de estudio y siéndole estas concedidas. He visto titulaciones académicas regaladas. He visto a gente rica robando a pobres sin recibir ningún castigo a cambio.

Y después de todo lo que he visto, ¿se atreven a clasificar a la juventud como la vergüenza del país? ¿Por qué? ¿Por estar sentados detrás del ordenador o de un teléfono, aislados de una realidad que nos azota con atrocidades día sí y noche también? ¿Por abandonar unos estudios que no nos gustan y que nos han sido impuestos por nuestros padres? ¿Por nuestra vestimenta, nuestra supuesta inmadurez, nuestra forma de bailar y de cantar?

Pues una cosa te digo, querido adulto: ¿quién es el responsable de esta “generación perdida”?

TÚ has hecho a la juventud y a las nuevas generaciones ser como somos. TÚ has inculcado en nosotros, los jóvenes, ideas de supervivencia en caso de caída. TÚ nos has privado de las ganas de luchar, de seguir adelante con lo que creemos que puede funcionar. TÚ nos has enseñado que la vida es más un golpe de suerte que otra cosa.

Ahora piensa en algo más: pronto estaremos en tu lugar.

Pronto, tendremos que mantener a la sociedad funcionando, a los mayores bien cuidados y criar a nuestros hijos. ¿Cómo te imaginas ese futuro? Catastrófico, ¿verdad? Como era… ¡Ah, sí! “¡Esto con Franco no pasaría!”

Pues otra cosa que te digo, amigo anciano del futuro: los jóvenes somos gente creativa. Innovadora. Somos gente mágica.

He visto… bueno, más bien he sido testigo de grandes obras maestras artísticas, literarias, musicales, poéticas, empresariales, políticas, salubres… he atisbado milagros sanitarios, espectaculares y utópicos avances tecnológicos… he visto la solución al hambre en el mundo, el fin de las guerras, la igualdad de género, la extinción del racismo y de la discriminación y de la explotación laboral, y la cura de las enfermedades mentales.

He visto todo eso y más en los ojos de mis compañeros, de los jóvenes, en su alma y en su cabeza. Están aguardando, esperando un voto de confianza para poder salir, para ver mundo. Estas ideas están preparadas para saltar a la realidad, para hacerse verdad. Pero ahí, en nuestra cabeza, se quedarán, si no nos ENSEÑAN a ser valientes, solidarios, sinceros, emprendedores, honestos y trabajadores. No vale solo con decirlo. No nos sirve. ¿A quién le serviría? ¿Quién sería capaz de ir a la Luna si solo le dicen que tienen que ir?

Dime, adulto del presente: si esas ideas saliesen de nuestro interior… si no estuviesen prisioneras… ahora, ¿cómo verías el futuro? Piénsalo bien, venga. ¿Ya?

Entiendo que ahora saldrá la excusa de siempre, esa que he oído más veces que a la mujer del tiempo: los adultos no nos tienen que decir cómo hacer algo, nos lo tenemos que preparar nosotros mismos. Esforzarnos. Pero, ¿y la orientación? ¿Pretendéis que nos la saquemos del alma? ¿Nos estáis dando herramientas? ¿Oportunidades? ¿Confianza? A veces, tan solo la confianza es suficiente, de verdad.

Han sido muchas las ocasiones en las que he sentido que la sociedad me daba la espalda. En las que he sentido que el mundo de los adultos no me tomaba en serio, y que ni siquiera intentaba disimularlo. No soy perfecta, no soy un genio ni voy a solucionar el mundo dentro de unos años. A lo mejor sé cómo curar el cáncer o la leucemia, pero no soy consciente de ello. Porque no me dejan. Porque me están poniendo muchas barreras, y a veces el camino de avanzar sin confianza es tan duro que me deja exhausta y deprimida porque no me escucha nadie. Porque nadie cree que yo pueda saber cómo curar el cáncer o la leucemia. Porque lo que creen es que no soy más que una adolescente hormonada con muchos pájaros en la cabeza. A lo mejor es verdad, a lo mejor estoy flipada. O a lo mejor no. ¿Quién sabe?


La cuestión es que todavía hoy lucho contra un mundo adulto que me ignora, que considera que todos los jóvenes somos parte de la generación perdida. De esa generación que, hastiada de un mundo que los aparta y los discrimina, han decidido sumergirse en una irrealidad, confiando en un futuro de suerte. Ese que nos habéis mostrado y que tantas veces nos lo habéis repetido.

Pero yo no, yo lucho. Seguiré luchando hasta que llegue el momento. Y entonces, seréis vosotros los que juzgaréis y los que decidiréis si, efectivamente, dais paso a una sociedad adulta sin ganas de luchar por vosotros, o si me dejáis abrir la mente.

Sí, España depende de mí. Soy mi futuro, y soy el vuestro. Y a mucha honra.

Firmado: una joven.
Enara G. Chans

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