En el mes de celebración del Día de las Madres, también es preciso reconocer a las mujeres que han atravesado pérdidas, incertidumbres y duelos silenciosos en el camino hacia la maternidad. Historias que muchas veces permanecen fuera de las celebraciones, pero que también forman parte de la experiencia humana de cuidar, esperar y sanar.
Hay experiencias que dividen la vida en un antes y un después. Un aborto espontáneo fue una de ellas para mí.
Tenía 35 años, estaba casada, trabajaba mucho y vivía con esa sensación permanente de movimiento que tantas veces confundimos con estabilidad. No estaba obsesionada con ser madre; pensaba que, si sucedía, estaría bien, y si no, también. Pero cuando quedé embarazada, algo cambió. Mi esposo y yo comenzamos a imaginar posibilidades nuevas, futuros posibles, una vida distinta.
Y entonces todo se detuvo.
El embarazo resultó ser ectópico. Vinieron las cirugías, la hospitalización y la pérdida de mi trompa de Falopio izquierda. Los médicos descubrieron además algo insólito: una pequeña pieza de plástico alojada cerca del intestino había provocado complicaciones internas durante años sin que yo lo supiera. Pasé semanas en una cama de hospital tratando de entender no solo lo que había ocurrido físicamente, sino también lo que estaba pasando dentro de mí.
Para muchas personas, seguir adelante rápidamente es una forma de sobrevivir. Volver al trabajo. Mantenerse ocupadas. Llenar el silencio para no pensar. Yo no pude hacerlo. Mi cuerpo literalmente me obligó a detenerme.
Y en esa quietud aparecieron cosas que antes no veía.
El duelo llegó acompañado de frustración, negación y tristeza, pero también de una gratitud inmensa hacia las personas que me cuidaron. Poco a poco entendí que mi única opción era aprender a vivir el presente. Bajar el ritmo.
Desde la cama del hospital veía unas palomas posarse todos los días en el mismo techo, a la misma hora. Permanecían allí en silencio hasta que, de pronto, levantaban vuelo. Mientras tanto, el mundo seguía avanzando: los turnos de enfermería cambiaban, el personal de limpieza recorría los pasillos, el olor a café aparecía cada mañana como una pequeña ceremonia cotidiana.
Y yo, en medio de todo eso, empecé a notar detalles mínimos que antes quedaban enterrados bajo la prisa.
Celebrábamos pequeñas victorias: caminar un poco más, sentir menos dolor, dormir una noche completa. Lentamente apareció algo parecido a la esperanza. No una felicidad inmediata ni una lección perfecta, sino una manera distinta de entender la vida. Empecé a aceptar que controlamos mucho menos de lo que creemos.
Pasaron los años y todavía recuerdo esa experiencia con tristeza. Pero también la veo como un punto de transformación. Probablemente ya no seré madre. Ya no vivo esa incertidumbre como una derrota. Aprendí que una vida valiosa no siempre se parece a la que imaginábamos.
Después de la pérdida entendí algo que jamás había aprendido en medio de la productividad y el ruido: bajar el ritmo también puede ser una forma de sanar. A todas las que estén pasando por momentos difíciles durante esta celebración, les abrazo.
Ariana Méndez Alonso
Estudiante Graduada
MS Agriculture
UPR Mayaguez Campus
Ariana Méndez es profesional en el campo de la agricultura y posee una maestría en Ciencia de los Alimentos. Además, es la creadora de My Simplicity Steps, un espacio reciente y reflexivo en Facebook e Instagram dedicado a bajar el ritmo, vivir con más intención y apreciar los pequeños momentos cotidianos que le dan sentido a la vida. A través de ensayos personales y reflexiones, explora temas de sanación, resiliencia, duelo y simplicidad.






























