Carol avanzaba procurando situarse por debajo de los balcones. Las calles estaban llenas de charcos y las barandillas aún goteaban. A Carol no le preocupaba mojarse, ya que iba tapada de la cabeza a los pies con un chubasquero amarillo. Lo que quería proteger era su cuaderno de dibujo, pues era más grande que ella. Lo cargaba apretado contra el pecho como si fuera el santo grial. Un escalofrío recorrió su espalda. Anna y su séquito charlaban a gritos por detrás suyo. Dado que había un paso de peatones justo delante, no podía acelerar. No tenía otro remedio que topar con ellas. Apretó el cuaderno con más fuerza.




Anna no pasó por alto su presencia y la empujó contra un charco cercano. Carol se giró durante la caída para proteger a su pequeño. Aun así, Anna logró arrancárselo de las manos y lo abrió por una página al azar. Carol se apresuró a recuperarlo, pero Anna lo sujetó en alto.

—¡Devuélvemelo!

—¡Mirad, la negra quiere ser artista! – exclamó Anna.

—¡Como Hitler! – comentó una esbirro.

Anna le lanzó el cuaderno a una de sus secuaces. Carol reprimió el acto reflejo de girarse a por él y golpeó a Anna en sus dientes de conejo. Anna se llevó la mano a los labios y se agachó, retorciéndose de dolor. Carol sujetó su cabeza por ambos lados y le propinó un rodillazo en la frente. Anna cayó, mareada. Carol se giró hacia las otras dos.

—Dadme. Eso.

La que tenía el cuaderno lo tiró contra el escaparate de una tienda cercana. El cristal se hizo añicos y el trío de peligros salió corriendo. Varios automóviles frenaron en seco para no atropellarlas.

Carol miró hacia el escaparate. Antes de poder reunir el coraje para entrar y recuperar su cuaderno, un señor salió del local, la sujetó por la muñeca y la arrastró al interior.

—¡Gamberra! ¡Vamos a llamar a tus padres!

2

Carol no protestó. Quedó ensimismada por los artículos que la rodeaban. Esa tienda siempre le había llamado la atención, sobre todo por la casa de muñecas del escaparate, pero nunca había entrado. Era demasiado mayor para jugar con muñecas.

El establecimiento estaba repleto de muñecas de plástico y porcelana, animales de peluche, disfraces y vestidos de todas las formas y colores.

Carol quedó tan prendada del lugar que ni se percató de que habían llegado al mostrador. El tendero descolgó un teléfono que tenía sujeto en la pared y le pidió a Carol el teléfono de su casa. Carol recitó los números de memoria.

—Señor Garret – dijo Carol.

—¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó el señor Garret mientras esperaba una respuesta del otro lado de la línea.

—Lo pone en su chaqueta.

—Veo que los gamberros de ahora sois muy observadores. En mis tiempos éramos unos garrulos.

—¡No soy una gamberra!

—¿Ah, no? ¿Cómo llamas a lo de mi escaparate, entonces?

Carol se disponía a explicar que habían sido Anna y sus secuaces, pero justo en ese preciso instante y no otro, sus padres respondieron a la llamada del señor Garret.

El señor Garret solicitó, con mucha educación, mantener una charla con los padres de Carol, pero no accedieron a tener una conversación telefónica. En lugar de eso, se presentaron allí para presenciar la gamberrada de su única heredera por sí mismos. Pese a sus intentos de explicar su versión de los hechos, la madre de Carol le soltó una grave reprimenda y su padre no dejó de pedir disculpas al señor Garret.

Llegaron a un acuerdo: Carol trabajaría en la tienda hasta que hubiese compensado los gastos por el escaparate. Limpiaría el polvo, ordenaría los productos, ayudaría con los inventarios, etc. Carol paró de protestar. Sabía que no lograría un trato mejor. Eso sí, quería recuperar su cuaderno.




3

Carol pasó tres meses acudiendo a la tienda del señor Garret por las tardes, realizando los encargos que éste le encomendaba. Al principio le pareció un fastidio tener que pasar allí sus vacaciones de verano en lugar de pasarlas bañándose en la playa, pero poco a poco fue encontrándole aspectos positivos. Por ejemplo, el señor Garret la dejaba quedarse un cuarto de hora después de la hora de cierre, rato que Carol aprovechaba para dibujar en su cuaderno las muñecas y vestidos que más le gustaban. El señor Garret llegó a decir que dibujaba de forma excelente y que debería dedicarse a ello cuando fuese mayor. Incluso le hizo prometer que le haría un retrato antes de que acabase el verano.

El señor Garret también la dejaba tocar las antiguedades, pese a los múltiples carteles de “No tocar” que había repartidos por la tienda. Carol estaba enamorada de un catalejo hecho de una caoba reluciente. Solo había un producto que no le gustaba: El muñeco de porcelana que el señor Garret había colocado en el centro del nuevo escaparate. Sus ojos, de un azul intenso como el lapizlázuli, brillaban como si tuvieran vida.

4

Carol corría hacia la tienda. Se acercaba el final de las vacaciones de verano, pero había logrado terminar el retrato del señor Garret a tiempo. Una voz la llamó.

—¿Rompes un escaparate y te dan curro? ¡Así va el país! – dijo Anna.

—El escaparate lo rompiste tu amiga, no yo.

—¿Qué llevas ahí?

Anna trató de atropellarla con la bicicleta y, cuando Carol se hizo a un lado, trató de quitarle el sobre que contenía el retrato con las manos. Carol lo sujetó con todas sus fuerzas. “Esta vez no”, se dijo. Prefería que se rompiese y tener que repetirlo que darle una victoria a Anna. Sujetó el cuaderno con tanta fuerza que Anna se cayó de la bicicleta. Carol no dudo en aprovechar para darle una patada en el estómago. Tentada estuvo de dársela en la cara. Anna se volvió a subir a la bicicleta y huyó, recitando improperios.

El señor Garret salió del local y vio a Anna alejándose al mismo tiempo que Carol la retaba con el puño en alto.

—¿Qué ocurre? – preguntó.

Carol le explicó al señor Garret lo acontecido. Explicó, una vez más, lo sucedido cuando se rompió el escaparate, quién era Anna y lo que había pasado en ese momento. El señor Garret le contó que Anna pasaba por delante de la tienda todos los días, un poco antes que ella. Dedujo que debía sentir envidia de Carol por ayudar en la tienda.

—Ya se metía antes conmigo.

—¿Sabes por qué?

—Mi madre siempre dice que es un “helecho social” o algo así.

El señor Garret le dijo que podía tomarse el día libre. Carol quería entregarle el retrato, pero supuso que podía esperar un día.

5

Carol corrió a la tienda del señor Garret. Llegaba un poco antes de la hora pero, si se encontraba con Anna, esta vez sería ella la primera en atacar. Pensaba en cómo la golpearía cuando se dio cuenta de que el muñeco que tanto miedo le había dado ya no estaba en el escaparate. Se le cayó el sobre con el retrato. Una nueva muñeca de porcelana, rubia y de ojos negros, substituía al anterior. Era Anna.

 

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