Después de pasar unos días en la ciudad de La Paz, cargados con nuestras maletas llenas de ilusiones y sin saber exactamente lo que nos esperaba, nos embarcamos rumbo a la ciudad de Copacabana. Un cielo azul y una espectacular vista del imponente lago Titicaca, nos abre las puertas a esta mágica ciudad, donde lo antiguo, lo moderno, los sueños y las ilusiones, se mezclan en un solo lugar.

Dejamos nuestro equipaje en el hotel y pronto caímos en cuenta de la gran variedad de hospedajes que ofrece Copacabana, algunos con vista al lago, otros más cerca a la plaza, pero eso sí, todos atendidos por gente tan amable que hizo que nuestra estadía sea muy placentera.

Las primeras horas del día nos regalan un clima templado que simplemente nos invita a pasear por la colorida y turística Avenida 6 de agosto, en dirección al lago y después de tomar un desayuno ligero, comenzamos nuestro paseo por tan pintoresca ciudad.


Contagiados por unos amables dueños de botes, nos dispusimos a dar un pequeño paseo en el lago, disfrutando a más no poder de los botes a pedal en forma de cisne, lo cual nos divirtió mucho. Desde este punto de la ciudad, es fácil contratar tours a la isla del sol y de la luna, para los viajeros que disponen de más tiempo. Después de una larga caminata por la orilla del lago, se nos abrió el apetito, era hora de almuerzo y no tuvimos que caminar mucho, para encontrar puestos de comida frente al lago, donde se ofrece una gran variedad de platos típicos. Uno de nuestros favoritos, sin duda alguna, fue la trucha, en todas sus formas, sabores y colores.

Sabores de Copavcabana en Bolivia. El Magacín.

También, quedamos sorprendimos por la gran cantidad de restaurantes de comida internacional, adecuados para todos los gustos y bolsillos. Algunos atendidos por viajeros de diferentes nacionalidades, que un día decidieron dejarlo todo y establecerse en Copacabana.

Después de tan buena comida y un breve descanso en el hotel, paseamos por la plaza y a la salida de la iglesia, encontramos puestos llenos de carritos, buses, camionetas, casitas, maletas llenas de dinero, títulos universitarios y todo lo que uno pueda imaginar y desear. Atendidos por unas entusiastas señoras nos cuentan el significado de estas miniaturas, llamadas las alasitas, las cuales son bendecidas, con la finalidad de que algún día, estos deseos se vuelvan realidad.

De pronto, un recuerdo asaltó mi mente. Cuando era niña, mis padres hicieron un paseo a esta ciudad. Mi padre, fiel creyente de estas costumbres, compró una casita, con un lindo jardín y un auto de color rojo. Mi madre, no quiso quedarse atrás y presurosa, compró también una casita para ella. Es más, si cierro los ojos, puedo recordar claramente estar jugando con estas casas y el carro. No pasaron muchos años en que el tiempo y la rutina se ocupó de separar a mis padres, pero para mi sorpresa, cada uno adquirió su casa y mi padre vivió en una casa con un lindo jardín y tuvo un auto rojo. ¿Simple coincidencia?… no lo sé… Por lo que, porsiacaso, mi esposo y yo decidimos comprar sólo una casita y un auto para los dos.


Con este recuerdo en la mente, continuamos recorriendo cada rincón de esta ciudad de calles empedradas. Sentados en una banca, nos es fácil relajarnos, comer un helado, hacer nuevos amigos y apreciar desde lejos la vida pasar.

Amanece otro día más en Copacabana y comenzar nuestro día, con un buen mate de coca, siempre será una muy buena opción para darnos energía, ya que a 3841 msnm, se nos hace difícil caminar sin agitarnos. El cielo se torna un tanto gris, como anunciándonos una pequeña lluvia, pero por lo visto, el cielo estaba de nuestra parte y no cayó ni una sola gotita, por lo que pudimos continuar nuestro paseo, sin problemas.

Y no pasó mucho tiempo para que nos demos cuenta de la profunda religiosidad de este pueblo.

Es así que decidimos visitar la basílica de Nuestra Señora de Copacabana, la cual nos impresionó por su gran belleza y antes de abandonar el santuario, no podíamos irnos sin encomendarnos a la Virgen.

Desde la plaza, podemos fácilmente ubicarnos y visitar los puntos importantes en Copacabana, como la Horca del Inca “Pachataka” y el “Asiento del Inca”. Nosotros no contratamos los servicios de una agencia de viajes, pero eso no fue problema para llegar a estos lugares por nuestra cuenta, ya que nunca faltaba una persona de sonrisa amable que nos orientara y nos relatara algo de la historia de esta ciudad.

Animados por nuestros nuevos amigos bolivianos y armados con nuestras botellas de agua, nos dispusimos a subir a la cima del cerro El Calvario. Es así, que llegamos a la capilla del Señor de la Cruz de Colquepata, donde pudimos descansar un poco, antes de emprender la subida.

Lago Titicaca en la Copacabana boliviana. El Magacín.

A medida que íbamos avanzando a la cima del cerro, la ciudad se iba haciendo cada vez más pequeña. La altura ya nos jugaba una mala pasada, pero eran tantas nuestras ganas de llegar a la cima y contemplar la vista desde ese mágico lugar, que no dudamos en hacer un último esfuerzo y entre paradas para respirar y beber agua, lo logramos.

Finalmente llegamos a la cima y después de recuperarnos de tan extenuante caminata, quedamos boquiabiertos con la maravillosa vista que nos ofrece este punto de la ciudad, la cual nos invita a disfrutar de un momento de reflexión, de apreciar las maravillas que nos regala la naturaleza y lo importante que es alejarse del bullicio de las grandes ciudades donde vivimos.

Y es aquí donde nos despedimos de Copacabana, de su gente amable, de sonrisas sinceras y sin poses. Infelizmente llegó la hora de partir y sentados mirando el cielo, escogemos este lugar, como uno de los mejores de nuestro viaje, nos perdemos en el azul infinito del lago y nos preguntamos el día que volveremos a encontrarnos otra vez.

Escrito por Mary Aramayo Alvarez.