Un país es un ente vivo, aunque para su concepción y tratamiento nos agarremos al estereotipo de considerarlo un todo inamovible. Es más fácil lidiar con una personalidad elucubrada, idealizada y compartida, que con los millones de seres humanos que la conforman; fue el uso de esa pertenencia, como estrategia, lo que inauguró el arte de la política.