Uno de los libros más llamativos a los que he tenido acceso últimamente es el titulado “Japón ganó la guerra” de Jesús Hernández en el cual se narra la curiosa historia de uno de los autoengaños colectivos más llamativos del siglo XX.Se produjo al término de la segunda guerra mundial en Brasil, cuando miles de japoneses se exiliaron al término del conflicto a éste país. Entre ellos empezó a surgir una idea, la de que la derrota nipona era sólo una ficción de los americanos y que los japoneses eran los auténticos vencedores. Muchos japoneses reconocían la derrota, pero chocaban con este tipo de negacionismo que, además, desarrolló un componente violento con presión social y asesinatos de aquellos que simplemente reconocían la realidad de que Japón había sido derrotada.


No es el único ejemplo de algo que se ha dado en llamar negacionismo en otro caso, el de la existencia del holocausto, que muchos neonazis mantienen y que se basa en la idea de que no hubo exterminio masivo del pueblo judío. Se considera iniciador de esta corriente a Paul Rassienier quien en 1950 publicó un libro llamado “La Mentira de Ulises” donde se comenzaba a negar que hubieran existido cámaras de exterminio. Con el paso de los años esta interpretación se hizo más popular y actualmente ha sido recogida por muchos neonazis que consideran que esta verdad histórica es todo lo contrario: una gran mentira.

Podría hablar de muchos otros ejemplos históricos de autoengaño colectivo o negacionismo relacionados siempre con tiempos de guerra, pero más difícil es encontrarlos en tiempos de paz, aunque la realidad informativa de nuestros tiempos nos está llevando en España a descubrir uno de ellos que si bien guarda relación con la idea genérica planteada en el negacionismo, cuenta con otros elementos novedosos que nos llevan a un análisis más sosegado. De hecho aquí no ha tenido lugar ninguna guerra, al menos de momento, ni ha habido derrotados. Además, el relato cuenta con un nuevo componente que no existía en el siglo XX, la comunicación digital, en el apartado externo-tecnológico, y el lenguaje de la postverdad, en el semántico. En cualquier caso, los resultados son similares la generación de un negacionismo que está llevando al país a una situación de confrontación extremadamente grave.

 

¿Cuando ha habido guerra?

Cualquiera que quiera comprobarlo en libros sobre la historia de España podrá constatar que durante los siglos que van del uno al veintiuno nunca ha existido ninguna guerra que haya enfrentado a Cataluña contra España. Antes del año 0 tampoco, salvo que algún iluminado pudiera interpretar que los cartagineses fueron los españoles del siglo III A.C. frente a los pobres catalanes ubicados en el norte del río Iber, nombrando a Anibal como el primer gran opresor del pueblo catalán, pero tampoco quiero dar ideas.
Los derroteros han ido por otro lado y parece evidente que todo negacionismo debe ir acompañado de un conflicto. En el caso, como no hay, tendremos que buscarlo. En 1714 tienen lugar en España los últimos coletazos de una guerra de sucesión al trono que disputan los Habsburgo (austracistas) frente a los Borbón, imponiéndose estos últimos para traer una nueva dinastía al reino de España.

“Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX no existe ningún movimiento en Cataluña que asocie la derrota de 1714 a una  pérdida de libertades”

Así, desde finales de 1713 en el que el partido austracista había dado por perdida la guerra y habíaabandonado sus pretensiones, la situación estaba evidentemente decantada hacia el bando borbónico y sólo una parte de Cataluña, centralizada en la ciudad de Barcelona, seguía dispuesta a luchar.
Y lo hizo, hasta el punto de tener que ser sojuzgada por las armas aún después de la firma en Rastatt en marzo del 14 de un tratado por el que el pretendiente austracista Carlos VI, daba fin a la guerra y renunciaba al trono español. Barcelona cayó finalmente el 11 de septiembre de 1714, fecha en la que al final encontraremos la tan ansiada derrota catalana. La guerra seguiría en Baleares, aunque allí su interpretación historiográfica no ha ido en esta interesada línea. Cabe añadir que durante el siglo XVIII y buena parte del XIX no existe ningún movimiento en Cataluña que reivindique una postura negacionista de resultados y de hecho la derrota se reconoce, si bien nunca asociada a una pérdida de libertades, como si ocurrirá desde la irrupción del nacionalismo a finales del siglo XIX en España. Habría que hablar de una manipulación histórica y una recreación post-hoc de la historia con intenciones extrañas.

 

La utilización de la derrota

Al contrario que los japoneses de Brasil, la “derrota” catalana va a ser utilizada de una forma diferente, pues no se niega, sino que se refuerza y tergiversa, cómo los neonazis alemanes. Sólo encuentro un precedente al asistir a otro movimiento: el supremacismo sureño en EE.UU, que alcanzó su climax en la primera mitad del siglo XX, cuando especialmente en los estados derrotados en la guerra de Secesión Americana comenzaron a surgir movimientos contrarios a la idea de unos Estados Unidos multirraciales y generando una idea romántica de la derrota. En este caso no citaríamos un libro como punto de partida, sino una película “El nacimiento de una nación”, de D.W.Griffith, que idealiza este tipo de visiones y al primer Ku Klus Klan, nacido entre el fin de la guerra, y la definitiva consolidación de los movimientos supremacistas que tienen lugar desde los primeros años del siglo hasta la gran depresión, momento en el que comienza a decaer el movimiento.
En este caso, la derrota en la guerra y la reivindicación del bando perdedor va a dirigirse a la idea de incrementar la sensación de supremacía de los derrotados que encontrarán en las razas inferiores su chivo expiatorio.

El caso del separatismo catalán

La situación española del siglo XX guarda algunas similitudes con los casos expuestos, pero no puede comparase totalmente. Tenemos derrota, tenemos revisionismo histórico y tenemos supremacismo, pero hay cosas que son notablemente diferentes.
El nacionalismo en España nace al final del siglo XIX y se fundamenta en una superioridad mas que racial, de tipo cultural y económica. Los hechos diferenciales vienen a ser, uno palpable e inteligible: el idioma; y otro evidente: el mayor avance económico y social de las comunidades donde se genera. Cataluña es la región más avanzada económicamente de España y durante la modernización del país constituye una vanguardia social difícil de alcanzar en otros lugares del país.

La manipulación de la historia. El Magacín.

Mientras se visualiza la supremacía no habrá problemas y todo cristalizará en la proclamación de un estatuto de autonomía durante la segunda república española. Con la guerra civil se pone en entredicho el estatuto por parte del nacionalismo español y la respuesta será desde Cataluña un intento de independencia frustrado por la propia República. Con la represión franquista todo atisbo de nacionalismo catalán desaparece y el supremacismo se diluye en el letargo generado por el bienestar económico.
Sin embargo, las cosas cambian en democracia. Los niveles culturales y económicos se igualan y el nacionalismo radical empezará a reivindicarse y a buscar nuevos elementos diferenciadores. La carrera por el hecho diferencial empieza a ser una obsesión y la deformación histórica es uno de sus principales síntomas empezando a manifestarse de una forma demencial.

Se construye una historia paralela a la real en la que Cataluña aparece como una nación milenaria, no desde tiempos de Anibal como proponía anteriormente, pero en la misma línea. La derrota tiene lugar en 1714 y con ella la opresión española. A nivel institucional se pretende equiparar un gobierno regional con uno de un estado-nación y llegado el momento incluso se plantearán relaciones bilaterales. En este orden de cosas muchos lugares de Cataluña incluso han recreado una ambientación de país diferente, con banderas ondeando y ausencia de lenguas invasoras, donde la nación catalana es aparentemente una realidad, pero por desgracia para el que la vive, incluso como un sueño de independencia, no deja de ser un autoengaño.


Hemos llegado a los tiempos de la post-verdad en la que los parámetros del autoengaño ya no son los habituales y, mucho menos, los medios utilizados. Si en los ejemplos previos citábamos libros o películas en la actualidad debemos acudir a las redes sociales.
De hecho, el creador de wikileaks y uno de los personajes más destacado del mundo paralelo que se ha creado en internet señalaba en uno de los “twits” más relevantes y significativos del momento, -yo diría que histórico- que “The world’s first internet war has begun, in Catalonia…” o lo que es lo mismo: “La primera guerra mundial de internet ha comenzado en Cataluña…”

“En Cataluña hay presiones sobre aquellos que se muestran más sensatos y, simplemente realistas”

Y es cierto, la guerra tiene por objeto crear un nuevo relato que allane las posibilidades de una construcción institucional a posteriori y las primeras ofensivas se han podido vivir inmediatamente con el falso referendum y los acontecimientos posteriores.
Sacudía la opinión pública mundial la noticia de la “terrible represión” vivida el 1 de octubre por el pueblo catalán el día de la votación de su “referendum” de autodeterminación. Un relato del todo falso ya que ni existió represión, ni existió referendum, como tampoco existe derecho de autodeterminación y está en entredicho la existencia de “pueblo catalán”, ya que no está reconocido por ningún organismo ni ley, ni tan siquiera la propia constitución española que es la más comprensiva con el hecho diferencial hablando de “comunidad histórica”, pero el autoengaño sigue ahí, como los japoneses de Brasil.
Como éstos, también en Cataluña hay presiones sobre aquellos que se muestran más sensatos y, simplemente realistas, aunque por suerte y en el momento de escribir este artículo la presión no ha llegado a mayores.

El relato de la post-verdad nos ha hablado de centenares de heridos, distribuyéndose en las redes infinidad de “fakes” -información falsa- a veces promovidos por ejércitos de “bots” -perfiles en redes sociales inexistentes-, provenientes de otros países, interesados en desestabilizar occidente.
La Verdad es siempre más lenta que la mentira, mucho más lenta, pero, por suerte ha logrado imponerse poco a poco. Sin embargo la mentira de la “represión” ha servido para que engaño crezca. Un engaño ha afectado igualmente a un recuento chapucero, donde los millones de votos a favor de la independencia contrastan con urnas llenas previamente de papeletas del sí, inexistencia de un censo, posibilidad de votar más de una vez…, pero todo se entiende porque estamos en guerra.
Estamos en la guerra de Internet y todo parece valer.


En ella no se me ha ocurrido otra cosa que salir de mi letargo periodístico y sumarme a la “resistencia”, atacando al poderoso enemigo que nos invade con el único recurso que tengo a mi disposición: la verdad. De ahí mi interés en escribir y publicar este artículo. Y que conste que no se trata de una guerra contra Cataluña, ni tan siquiera contra aquellos catalanes independentistas, que de todo hay. Es sólo una guerra en favor de la verdad, contra la postverdad y contra el populismo.
Una verdad que sólo se puede construir con la confrontación con otras verdades que presentan nuevos matices. Es esa la razón de que la Verdad sea siempre más lenta que la mentira, ya que tiene que ser consensuada con otras opiniones, pero nunca debe de confundirse con la mentira, que es unilineal, ni tan siquiera en su vertiente postmoderna.
Es el nuevo lenguaje de la post-verdad, entremezclado con el más conocido del autoengaño, por eso y parafraseando a Hernández, tengo que concluir que en el discurso independentista catalán se podría afirmar en el futuro y en algunos lugares que fue Cataluña la que ganó esta guerra y nadie podrá decir lo contrario a riesgo de sufrir la opresión de los “vencedores”, pero de nuevo no es cierto, los japoneses nunca ganaron la segunda guerra mundial y ésta tampoco la ganarán.

 

Pedro Miguel Plaza Simón
Escritor, periodista y guionista.
Colaborador habitual en varios diarios españoles, así como en gabinetes de prensa, desde 1998 hasta 2011.
Guiones y noticias para programas de noticias de televisión y programas de televisión divulgativos,
Autor de la novela histórica “Cuando Fuimos Bandoleros” publicada en 2011, además de otros libros de divulgación histórica.
Actualmente retirado de escritura activa a excepción de colaboraciones esporádicas y de su propio blog.

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