Cuando era niño, mi familia todas las semanas, los fines especialmente, me arrastraban a sus frecuentes visitas a sitios donde una espiritista, o médium como le llamaban las malas lenguas, les leía su futuro ya fuera por medio de una tinaja de cristal, cartas, u otra manera no muy religiosa que digamos.

A mí en lo particular, me asustaba ver todos esos aspavientos que realizaba este llamado profesional de los espíritus, y a veces me escondía detrás de los muebles para no verlo, y no se percataran de mi presencia obligada en ese lugar.


No siempre tenía suerte. Mi madre, especialmente ella, me presentaba con la médium, porque casi siempre era mujer, no muy joven que digamos, con su cabello recogido en un mono, y despidiendo un aroma inconfundible a agua maravilla que embotellaba los sentidos de cualquier pobre ser humano que osara entrar en su radio de olor.

Como decía, no siempre me escapaba, y me tocaba entonces aguantar el temor que sentía ante los movimientos bruscos de los pies a la cabeza que la señora practicaba encima de mí. Cerraba los ojos, y la escuchaba vociferar todas las cosas buenas, y otras no tan buenas, que emanaban de mi esencia espiritual. Hasta un nombre de mujer menciono que iba a ser el gran amor de mi vida, y la madre de mis tres hijos.

Todavía, a mis años, ni he conocido Raquel alguna, y mucho menos tengo tres hijos. Como que no le atinó a esta profecía.

Pero nada, volviendo a mis andadas espirituales de la niñez, estos viajecitos cada vez ocurrían con más frecuencia, mientras mis padres se adentraban más y más en los mundos espirituales donde los habitantes de los mismos hablaban a través de la voz de cuanta persona o médium los convocara. La famosa Ouija tampoco faltó en mi casa, y también fue un chasco increíble pues no adivinaba nada de nada. Al contrario, nos haca reír a cada rato con las tontas respuestas que brindaba a nuestras optimistas preguntas.

Nunca es bueno, ni recomendable, saber nuestro futuro. El destino ya está escrito de antemano para cada ser humano, al menos eso quiero creer para no pecar de incrédulo, y lo que está para nosotros está, sin importar el momento ni la hora.

No está en nosotros jugar a ver el futuro y lo que nos depara. Bueno, en este tema abundaremos al final. Sigamos con lo nuestro, que es este brevísimo escrito que tiene por cierto un título muy sugestivo Tu Dios no es mi Dios.

Crecí por lo tanto en un hogar donde la espiritualidad era la orden del día, y donde también, lógicamente, se creía en Dios, pero de una manera muy peculiar por así decirlo.

Cuando entro a mis de años de juventud, aún me seguían llevando a estos lugares, pero ya no tan frecuentemente como antes. La percepción que yo tenía de estos procedimientos había cambiado, y como todo joven que se jacta de ser invencible e intocable, y muy a la moda, no creía en nada de esto, y menos en un ser superior. Dios no existía para mí, no servía para nada, era un invento de mentes sojuzgadas que necesitaban ser dominadas por cosas o entidades invisibles que permitían que todo lo malo pasara en este mundo, y que cuando los seres humanos débiles los necesitaban, jamás acudían a ese llamado de auxilio.

Dios no existía. Nunca existió. Yo lo creía así, mis amigos me lo decían; la vida misma se encargaba de confirmarlo en cada suceso triste, en cada terremoto que destruía países enteros y mataba decenas de miles de personas, cuando un pederasta abusaba de un niño, en cada asesinato sin resolver, en la maldad existente en todos los rincones del mundo; en fin, Dios no existía, porque no podía existir si permitía que la muerte y la desolación gobernara, sobre todo y todos.

Así pensaba y sentía yo, encerrado en una burbuja de cristal en la que no permitía entrara nada que no quisiera o autorizara. Era mi mundo; el universo de la falta de fe en lo invisible, y en donde me desplazaba a mis anchas, porque para mí, únicamente había un Dios, y no era el que supuestamente habitaba en los cielos y era omnipotente y omnisciente.


El Dios que yo idolatraba eran mis cosas materiales, la Internet, el iPhone último modelo, mi iPod, mis Blu-ray, los juegos electrónicos, el armario repleto de ropa nueva de diseñador de la última moda, en fin, todo lo moderno y caro que me pudieran costear mis atribulados padres, que luego de su fracasado experimento espiritual, ahora se amanecían prácticamente en las iglesias tanto católicas como evangélicas o cristianas.

Ahora sus afanes de encontrar sentido a sus vacías vidas se encaminaban hacia otros derroteros, y agradecido estaba de que ya no me incluyeran en sus tonterías religiosas.

Mi universo giraba en torno a otras cosas más terrenales, y me encantaba, no podía negarlo. Tenía todo lo que se me antojara y más.

Prácticamente no compartía con mis padres. Vivíamos en universos paralelos pero distantes a la vez. Lo prefería así. Mientras menos nos viéramos, más felices estábamos.

Así en esta apacible existencia me convertí en adulto, termine mis estudios, me gradué de abogado, me case con una hermosa y excelente mujer, Luisa, y tuve la dicha de convertirme en padre de una bella niña, Marianne.

Mi vida transcurría como en un cuento de hadas. Todo iba bien, el dinero, gracias a mi profesión de abogacía, entraba a raudales, Luisa y yo nos compramos una majestuosa residencia a las afueras de la ciudad, y como dije anteriormente, el universo nos sonreía a cada minuto. Si de niño me creía la última Coca Cola del desierto, ahora en mi adultez me consideraba lo mejor en todo, el que siempre tenía la razón, y al que nadie osaba contradecir. Jugaba todas las noches con mi consentida niña, quien ya contaba con seis años.

Hasta que el castillo de naipes en que se había convertido mi mágica y perfecta existencia se derrumbó estrepitosamente.

Mi consentida, la luz de mis ojos, había enfermado. Lo que se pensó era un resfriado común, resulto ser uno de los primeros síntomas de una grave enfermedad, prácticamente desconocida, y para la que no había mucha esperanza de vida.

Ahí fue cuando supe que yo no era lo último de la avenida, ni mucho menos, mejor que los demás. Era un hombre de carne y hueso, desvalido, sin esperanza, e impotente ante la mortal enfermedad que amenazaba llevarse entre sus crueles garras a la niña de mis ojos, mi querida Marianne, lívida y demacrada, y reposando entre las blancas sábanas de su cama, en el hospital donde la atendían.

Ya los médicos se habían reunido con Luisa y conmigo para dialogar sobre las escasas expectativas de vida que Marianne tenía, el tratamiento a seguir a pesar de todo, y todas esas cosas que iban a ser necesarias y urgentes a seguir si queríamos vencer a la muerte en esta ocasión. Nuestro menguado optimismo se derrumbaba ante cada palabra de los doctores, y no podíamos creer que todos nuestros esfuerzos iban a ser inútiles; que perderíamos a Marianne.

El corazón se negaba a aceptar la cruel realidad. Todos los recursos económicos de los que disponíamos no eran suficientes. El dinero no compra la salud, y tarde lo supe.

Mi esposa Luisa, sin embargo, conservaba la calma. No parecía estar tan desesperada como yo, y muchos menos derrotada ante toda esta abrumadora y dolorosa situación.

Aunque era más joven que yo, Luisa había crecido en el seno de una familia cristiana, de valores, muy diferente a la mía. Mi esposa creía fervientemente en la bondad de las personas, y, por ende, Luisa creía en Dios.

Aunque al principio de nuestra relación habíamos tenido varios fuertes argumentos sobre este tema, lo habíamos dejado en tablas, ella con sus creencias; yo con las mías, que eran no creer en nada, solamente en lo que yo pudiera conseguir sin la ayuda de nada ni nadie.

En unas pocas horas los médicos iban a realizar una ronda de exhaustivos exámenes a nuestra niña en pos de decidir si realmente existía, aunque fuera ínfima, la remota posibilidad de que Marianne sobreviviera al tratamiento requerido. Pero sus miradas no brindaban mucha esperanza.

Esa noche Luisa y yo aguardamos sentados a las afueras de la habitación donde Marianne dormitaba. Fue la más larga de nuestras vidas; eterna por así decirlo.

Sentí que una tibia mano se deslizaba entre la mía. Mire hacia el lado. Luisa me apretaba tiernamente la mano. No supe qué decir. Me dijo:

   – Hay una pequeña sala que utilizan los familiares de pacientes que se encuentran en esta misma situación. ¿Por qué no vas y descansas un rato?

   – No puedo. No soportaría estar lejos de mi niña- contesté angustiado.

Mi esposa me miró serenamente. Su mirada transmitía un mensaje que yo no alcanzaba a comprender.

   – ¿Recuerdas cuando nos conocimos?

   – Sí- respondí extrañado por la pregunta.

   – ¿Te acuerdas que discutimos por cuestiones religiosas, no recuerdo bien por qué, pero terminamos esa noche enojados, y no nos hablamos por unos días?

   – Lo recuerdo vagamente. Me dijiste que tu Dios era mi Dios, y yo te respondí que no, que nunca tu Dios iba a ser el mío, porque no podía creer en algo que desviaba su mirada de los problemas del mundo, y que permitía que los humanos se mataran entre ellos. Claro que me acuerdo perfectamente ahora- dije indignado de que trajera ese tema nuevamente en la conversación.

   – ¿Sigues pensando lo mismo? ¿No crees que es un buen momento para reconsiderar tu opinión al respecto? – me dijo dulcemente mi esposa.

Iba a responderle abruptamente, pero algo me detuvo. Observé su rostro dulce y sereno, y me desarmó por completo. Sin mediar más palabras entre nosotros, me alejé por el pasillo en dirección a la sala que antes me mencionara mi esposa, y frente a la puerta de la misma me detuve.

Abrí la puerta. La sala estaba vacía. No era muy grande. El aire estaba impregnado de algo que no supe descifrar en ese momento. Se respiraba una tranquilidad que yo estaba muy lejos de sentir. Comoquiera, me senté en un sofá pegado a la ventana.

Cerré mis ojos. Comencé a recordar mi vida en general, la niñez, juventud, adultez, cada etapa de la misma en cámara lenta, las cosas buenas, las no tan buenas, mis primeras experiencias en los estudios, luego al casarme, el nacimiento de mi hija, el orgullo que siempre sentí por considerarme un mortal afortunado en todos los aspectos, la buena vida que me había dado hasta ese triste instante en que supe lo de la enfermedad de mi amada hija; en fin, rememoré cada segundo de mi existencia hasta ese momento en que me hallaba sentado, solo, en una sala de espera.

La vida siempre me trató bien. Yo, sin embargo, sabía que le había fallado al no creer en ella; solamente creía en mí. Y en más nada.

Pero mi hijita linda se encontraba a pocos metros de mí en una habitación de hospital, aguardando el dictamen final de unos médicos que albergaban pocas esperanzas de vida para la inocente niña.

Sentía como la impotencia y la ira que llevaba guardada en mi pecho estaba a punto de estallar. Un dolor indescriptible por no poder hacer nada, frustración, toda la desolación del mundo anidada en mi corazón.

Recordé el rostro sereno de mi esposa, y sus palabras, que, sin yo desearlo, habían calado hondo en mi ser. Tu Dios no es mi Dios.

Sé que lo dije.

Tu Dios no es mi Dios, volvía a repetirse incesantemente en mi cerebro.

Sé que lo dije.

Tu Dios no es mi Dios.

Caí de rodillas, anegado en llanto, desesperado, buscando mi tabla de salvación, la misma que la vida siempre me estuvo brindando y que yo no supe ver.

Tu Dios no es mi Dios.

Mi corazón había visto lo que mis ciegos ojos no vieron nunca.

Que solamente había un Dios.

Y a ese Dios de todos era el que le imploraba por la vida de mi hijita.


El Dios del que siempre me burlé, del que renegué con todas mis fuerzas, el Dios que mis padres siempre buscaron en otros rumbos; el Dios que nunca me había abandonado a pesar de mi prepotencia y altanería, el que jamás le dio la espalda a otros seres humanos que atravesaban por la misma situación por la que nosotros atravesábamos en esa hora amarga.

Ese Dios era el de todos, y ahí, de rodillas, llorando, desahogando todo ese dolor que aprisionó mi alma por tanto tiempo, le pedí, humildemente, a mi Dios, que salvara la vida de mi niña.

Y en esa decisiva hora de mi existencia, cuando finalmente dejé atrás todo el pasado que me impidió reconocerlo como verdadero, fue que sentí la liberación de mi espíritu que tanto anhelé sin saberlo, soltando toda esa carga que por mucho tiempo sostuve sobre mis espaldas.

Sentí la paz que solamente algo verdadero podía brindarme.

Tu Dios sí era mi Dios.

Y daba gracias a la vida por finalmente descubrirlo.

Ahora sabía que mi hija iba a estar bien, porque confiaba en algo superior a mi entendimiento, alguien que no puedes ver, pero sí sentir, y lo experimentaba en cada fibra de mi cuerpo y el corazón.

Al levantarme y salir de la sala, iba con una nueva esperanza en mi espíritu, y mi esposa lo notó rápidamente apenas verme. Me miró dulcemente, y me dio un beso tierno en los labios. Agarró mi mano, y así, los dos unidos en un mismo sentimiento, en una misma esperanza y propósito, entramos a la habitación de nuestra hija.

Ambos sabíamos que todo saldría bien.

Su Dios siempre fue mi Dios…

Peter R. Vergara Ramírez
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Peter R. Vergara Ramirez, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manati, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal, y prosigue estudios, actualmente, conducentes a una Maestría en la misma rama en la UNE de Barceloneta. Autor de 5 novelas. Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana. Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, El Comienzo, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, y que será publicada ahora en septiembre del 2016, y luego, una vez regresa a Puerto Rico, escribe esta obra de ficción pero acorde con el momento actual, titulada Al Final del Abismo, desarrollada completamente en su ciudad adoptiva, Manatí, y que trata sobre temas actuales en nuestra sociedad, y la superficialidad rampante en la que actualmente vivimos en nuestro Puerto Rico y en la mayoría de las naciones alrededor del mundo. Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Son historias bien escritas en su narrativa, aquí nadie bosteza ni se duerme, y mantiene al lector en un estado de suspenso todo el tiempo; siempre esperando por más. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en que aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Al Final del Abismo, al igual que las otras cuatro novelas, se encuentran en formato Kindle ebook y papel o impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.

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