Las personas nos suponemos en muchas ocasiones seres con capacidades superiores, razonables y lógicos, guiados por creencias, principios y valores morales establecidos en nuestra sociedad, adquiridos mediante una educación y en ocasiones ligados a la religión. La verdad, la Justicia o el Honor son constructos sociales que guían nuestro pensamiento y nuestra conducta. Aplicar estos valores en la vida significa que nos comportamos generalmente de una manera coherente con esas ideas y nos sentimos obligados a cumplir con nuestro deber en una determinada situación.

Sin embargo, en el día a día, a menudo las situaciones a las que hacemos frente son más complicadas que eso, ya que ponen en juego y contraponen varios de esos principios que a priori tenemos tan claros. Esto es lo que se llama un dilema moral.


Por ejemplo, todos sabemos que matar está mal, lo dice la ley, lo dicen los Diez Mandamientos y también el sentido común, pero sin embargo hay gente que mata, y no siempre son locos que no saben lo que hacen. ¿Cómo podemos explicar eso?

Hay que tener en cuenta, además, que exponer las razones de por qué hacemos las cosas no es lo mismo que justificarlas. Podemos encontrar motivos para una acción como matar, pero eso no significa que creamos que es lo correcto.

En este sentido existen muchas situaciones propuestas específicamente para poner en tela de juicio cuán racionales somos. Estas situaciones son hipotéticas pero reflejan lo que en la realidad sería un dilema moral.

Os propongo la siguiente:

Número uno. El Magacín.Estás en una estación de tren, esperando en el andén, cuando ves desde la seguridad de tu posición cómo un tren desbocado se acerca peligrosamente a un grupo de cinco operarios que trabajan en la vía. A tu lado hay una palanca, si la accionas, las vías cambiarán haciendo que el tren transcurra por otra vía arrollando solamente a un operario. ¿Lo haces?

Si tu respuesta es sí, lo que estás valorando son los costes-beneficios de tu acción. Resulta evidente, mirándolo con lógica, que la muerte de un operario es “menos mala” que la muerte de cinco, parece un mero cálculo. Incluso aunque entres a apreciar el incalculable valor de la vida humana, sabes que accionar la palanca evitará un desastre mayor. Si la activas, estarás actuando con lógica a pesar de las evidentes consecuencias emocionales que ello tendrá para ti.

Si tu respuesta es no, si consideras que tú no eres quién para intervenir en esta situación activando la palanca, si piensas que al accionarla estarás matando al operario en lugar de salvar a esos cinco, estarías actuando de manera emocional, pero eso tampoco evitaría las consecuencias negativas.

En los dilemas morales no hay respuesta correcta, no hay manera de encontrar una solución que no tenga repercusiones, que no ataque alguno de nuestros principios y valores morales. Lo único que hacemos al elegir una respuesta, es poner de manifiesto qué valores son más importantes para cada uno, y no hay uno que sea objetivamente mejor que otro. Para algunos, salvar a cinco personas es más importante mientras que para otros, matar a una es impensable, aún en estas circunstancias.


Pasemos a la segunda situación. Quizá nos haga replantearnos la primera:

Número dos. El Magacín.Estás en esa misma estación de tren, en el andén, y ves a ese tren acercándose a toda velocidad a esos cinco operarios. Tienes a tu lado la misma palanca que en la situación anterior, y puedes activarla para cambiar las vías y que el tren pase por otro camino en el que hay una sola persona. Esa persona, no obstante, es tu madre.

Ahora ¿Accionas la palanca?

La mayoría de la gente consideraría la primera situación y la segunda diferentes, aunque en realidad no lo son. Quienes accionaron la palanca la primera vez quizá no pensaron que aquel operario era el padre, hermano o marido de alguien, o si lo pensaron, no tuvo la suficiente importancia. Sin embargo, mucha más gente en este caso optaría por no accionar la palanca, porque aunque objetivamente la muerte de una sola persona es menor desgracia que la de cinco, si esa persona es alguien a quien nos sentimos unidos sentimentalmente, la cosa cambia. Nuestra emocionalidad supera a nuestra lógica. La idea de que matar (o dejar morir) está mal, se empequeñece al lado de la idea de que el amor y la familia son fundamentales, que son un valor imprescindible que hace que nuestra vida merezca la pena.

Si alguien ha decidido igualmente accionar la palanca, podemos decir que su lógica es aplastante… demasiado.

En cualquier caso, en esta situación puede haber resultado relativamente fácil renunciar al principio de respeto hacia la vida de otro por inacción, en favor de la idea de salvar la vida de alguien querido. Pero, ¿qué pasa si para ello no basta simplemente con activar o no una palanca?

Veámoslo:

Número tres. El Magacín.Ahora estás junto a la vía, el tren se acerca y tú estás situado a medio camino entre el tren y cinco personas trabajando en la vía. A tu lado hay un desconocido, y sabes con certeza que si empujas a ese desconocido a la vía, el tren terminará parando antes de arrollar a los cinco operarios. ¿Lo empujas?

Seguramente esta perspectiva, aunque en esencia sería lo mismo que la primera situación, resulta más difícil de solucionar, porque ya no es un acto tan impersonal como darle a una palanca, ahora tú tendrías que intervenir activamente, empujando a una persona a una muerte segura. Muy pocos dirían que sí, la mayoría diría que no, probablemente porque se verían incapaces de hacer algo semejante.

Esos que no se atreverían a empujar al desconocido, ¿qué harían en la siguiente y última situación?

Junto a las vías, a medio camino entre el tren y una persona en la vía. A tu lado un desconocido, si lo empujas el tren parará. La persona que hay más adelante en la vía es tu madre, tu hermana, tu pareja, tu hijo… ahora, ¿lo empujas?

Resulta curioso que en esta última circunstancia, menos gente afirma que empujaría al desconocido que los que afirmaron dar a la palanca en la segunda situación, cuando salvaban la vida de su madre dejando morir a cinco operarios. ¿Cómo es posible? El cómputo está más igualado, una persona muere, otra se salva, y entonces sólo queda el hecho de que una no significa nada para ti mientras que la otra es alguien importante. Entonces, ¿por qué?


Porque para algunos las consecuencias emocionales negativas derivadas de la acción terrible de empujar a alguien a la vía serían insoportables. La conciencia, los remordimientos y la ruptura drástica de los valores y creencias personales que supondría sería demasiado grave para ellos, más dolorosa incluso que la pérdida de un ser querido. Esa persona se convertiría en alguien sin valores o alguien que ha renunciado a ellos. Perdería parte de su identidad social, indispensable para nosotros, sería inmoral y por tanto no merecería un hueco en la sociedad, mientras que alguien que mantiene sus principios en esas circunstancias, a pesar de perder a alguien amado, sería aceptado, compadecido y despertaría simpatías.

Efecto óptico con ancianos. El Magacín.

Como he dicho antes, no hay respuesta correcta, solo acciones y consecuencias. Cada uno debe valorar qué le importa más. Cada uno decide cuán racional o emocional ha de ser en cada una de las situaciones a las que la vida le enfrente. Finalmente, la única conclusión extraída en este ámbito es que, en general, las personas tendemos hacia la emocionalidad más a menudo, o al menos, que podemos asegurar que las hipotéticas situaciones planteadas generan mucha más duda, debate y confusión cuando se introducen elementos emocionales que cuando no los hay, pero también que el modo en que nos presentamos ante los demás, el cómo se nos valore por nuestras expresiones de moralidad, nos importa más de lo que creemos.

Un artículo de Tricia Ross

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