El año pasado fue publicado un artículo que titulé “Reflexiones sobre el viaje llamado  VIDA” en el cual escribí: “Nunca ha sido fácil controlar las emociones, descontrol que lamentablemente puede llevar a que perdamos experiencias, aprendizajes o personas de gran importancia para nuestra vida. El dolor, la falta de perdón, el rencor  y el no olvidar, llevan a la desconfianza y al descontrol de las emociones.”


Para algunos la vida no será fácil, habrá momentos de decepción, cansancio, sentir que ya no podemos más con todo lo que nos pueda estar ocurriendo… Todo duelo debe ser vivido, “sufrido” y como diría mi madrina, “los muertos se lloran tres días”, después hay que buscar la forma, manera o camino de levantar el ánimo, porque aunque suene trillado, la vida continúa.

Podemos empezar a levantar el ánimo recordando momentos felices, saliendo a caminar, escuchar música, haciendo ejercicio o llamando a un(a) amigo(a). Aunque esto parezca difícil, no lo es… lo que viene si es lo difícil, pero necesario.

Cuando nos sentimos traicionados, cuando descubrimos que aquella persona (sea pareja o un(a) amigo(a)], nos ha engañado por aparentar algo que no era, que solo estuvo allí por interés o por cualquier otro motivo contrario a lo que esperábamos, por mucha rabia que se pueda sentir y parezca “injusto”, hay que perdonar y olvidar.

El perdón no es cobardía o una humillación, pensar así es síntoma de no haber superado lo vivido, es seguir con ese sentimiento negativo que nos invadió al vernos decepcionados o traicionados. Perdonar es tener la humildad de reconocer que todos los seres humanos son diferentes para bien o para mal, que no podemos esperar que todas las personas que nos rodean hablen, piensen y sientan como uno, como lo dije en el Artículo que ya mencioné: “Muchos me han dicho: la vida no es para entenderla, sino para vivirla;  a lo que yo respondo: y cómo hay que vivirla? Hasta ahora no he recibido una respuesta que me convenza al cien por ciento y eso es porque todos somos diferentes, todas las historias son diferentes; somos seres únicos, con algunas semejanzas, pero al final diferentes. Diferencias con las cuales debemos aprender a vivir o a dejar pasar.”

Cada uno de nosotros es responsable de lo que le pasa, no somos adivinos para saber quién es sincero o no, eso nos lo dirá sus acciones y el tiempo. Suele suceder en cualquier tipo de relación, que se nos presente alguien que al principio se nos muestre como una buena persona, pero al final resulte ser todo un disfraz! Lamentablemente son situaciones que pasan y que “pasan por algo”.

Se puede decir que resulte lógico que después de una desilusión o traición en una relación de pareja o una amistad sintamos miedo, rabia y desconfianza, sentimientos que debemos hacer el esfuerzo para transformarlos en prudencia, confianza (en uno mismo y en los demás) y receptividad. Nunca olvidemos que nadie es perfecto, todos cometemos errores.


Hay casos en que las personas causantes de una decepción o una desilusión piden disculpas o piden perdón. Aquí hay que tener la humildad y sobre todo la sinceridad no con esa persona sino con nosotros mismos, sobre la aceptación de esas disculpas o ese perdón.

Todos tenemos derecho a rectificar, como dicen por ahí, es de valientes reconocer un error, rectificar y pedir perdón. Allí estamos reconociendo nuestra naturaleza imperfecta y sobre todo, esa persona que nos lastimó nos estaría demostrando que no fue su intención lastimarnos o decepcionarnos y que realmente valora nuestra presencia en su vida.

El peor error que puede cometer una persona por no tener la humildad de reconocer al otro como un ser imperfecto mas y no perdonar, es guardar rencor hacia esa persona y peor aún, proyectar ese rencor hacia las personas que por “casualidad”, destino, designio de Dios o como lo quieran llamar, llegan a nuestras vidas, personas que no tienen ni la mas mínima idea de lo que hemos vivido, pero por nuestra falta de humildad para perdonar y guardar rencores, esas nuevas personas terminan, como dicen en mi país, “pagando esos platos rotos”.

Si algo he aprendido es que las casualidades no existen, todo pasa por algo. Igualmente, las personas que llegan a nuestras vidas vienen a enseñarnos algo o a sanar algo o seré yo quien enseñaré algo o ayudaré a sanar algo. Todos somos, al mismo tiempo, maestros y alumnos de la vida.

Algo venimos a aprender y algo venimos a enseñar, pero para ello debemos estar dispuestos y el miedo y el rencor son un muro que levantamos y que para aquellas personas que llegaron a nuestras vidas para enseñar o para aprender, le resulta difícil de derrumbar y terminar alejándose de nuestras vidas. Y por lo general, cuando nos damos cuenta que esa persona nada tenía que ver con nuestros rencores o que no fuimos sinceros al perdonarla, ya es tarde y perdimos esa lección de vida que nos iban a dar o que íbamos a dar.

Finalizo con una frase muy sabia de Walter Riso: “El perdón es un regalo que se hace a los demás y a uno mismo con el fin de aliviar la carga de resentimiento: es un descanso para el corazón.”





Autora del blog Asesoría y Actualidad Jurídica
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Abogada Especialista en Derecho Administrativo (UCV). Docente Universitario. Asesora Externa. Libre Ejercicio. Caracas. Venezuela.

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