"Hola soy Gonzalo, en estos momentos no puedo atenderte, deja tu mensaje después de la señal y cuando pueda te llamare. –piiiii-"

Hola amor, te he llamado al móvil de la empresa y no contestabas, por eso llame a tu móvil y veo que es imposible localizarte hoy. Estarás ocupado -como de costumbre- así que no te molesto mucho, solo llamaba para despedirme. Creo que no viene nada bien volver a escuchar tu voz – menos mal que salto el maldito contestador- porque ahora mismo no tengo nada claro lo que decirte.

“Extraño tu colonia, tu pijama y tus camisas mal dobladas o colgadas en el llavín de la puerta. También extraño entrar a casa y que no encuentre tu mirada buscándome desde el sillón.”

Al volver a escuchar tu voz me apetece volver a tenerte un ratito más, y ya sabes que cuando digo eso me refiero hasta el fin de nuestros días. Bueno a lo que iba que ya sabes que siempre me voy por los cerros de Úbeda y me ha costado echarle un par de ovarios para coger el teléfono y contarte cómo me va sin ti.


No sé si sabrás que cuando decidiste irte -así sin más, sin ni siquiera avisar- te llevaste parte de mí, y no me fue fácil vivir sin ti. Que esperaba que volvieras un día de estos y aunque no quiera reconocerlo –ya sabes que contigo nunca tenía secretos- seguía teniendo la estúpida manía de mirar por la ventana haber si te veía como todos los días en los que discutíamos. Pero que los días han pasado y el tiempo todo lo cura -o eso dicen- y ya no te espero despierta viendo la tele, ni espero verte por la mañana al abrir los ojos al otro lado de la cama. Pero amor si te echo de menos, no veas lo diferente que es vivir contigo a vivir sin ti. Echo de menos tantas cosas como las tardes a tu lado viendo el fútbol- sólo porque a ti te gustaba aunque yo lo odiase-, las largas caminatas de pueblo a pueblo sabiendo que luego tocaba volver, los besos que me pedías o que me robabas, los abrazos por la espalda, tus ronquidos a media noche que me despertaban.

Extraño tu colonia, tu pijama y tus camisas mal dobladas o colgadas en el llavín de la puerta. También extraño entrar a casa y que no encuentre tu mirada buscándome desde el sillón. Echo de menos nuestros recuerdos y aquellas canciones que compartí contigo -tonta de mí-. Podría hacer la lista infinita y me tiraría horas pegada al teléfono contándote lo que te añoro pero quiero contarte lo bien que me va sin ti.

He ganado en tranquilidad, ya sabes que me daba miedo las discusiones por si un día te cansabas y decidías marcharte, el pensar si eras más feliz conmigo o sin mí. En el no saber qué ponerme por si no te gustaban mis preciosas faldas. Mi libertad -cuánto la echaba de menos- salir por la noche y venir casi de día sabiendo que no habrá celos ni regañinas.


Extrañaba mi forma de ser y ¿sabes una cosa? Que ha vuelto, nunca debí dejarla ir, debí de ponerme la ropa sin que me importara si te gustaba o no, salir siempre que me apeteciera y saltar encima de la cama. Parece poco lo que he ganado sin ti, pero no lo es. He vuelto a ser yo. Nunca debí amoldarme a ti. Supongo que los dos nos aferrábamos a esta vida juntos, sin saber que lo mejor era que cada uno tomará su camino. Crecimos de maneras diferentes de ver la vida y ahora es cuando lo comprendo. Bueno cuelgo ya, que no quiero hurgar más en la herida, que el llamarte era una forma de cerrar esta etapa de mi vida.

Un relato de Noelia Maestre Rodríguez

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