Llovía a mares. Contemplando las gotas repiqueteando contra el cristal, Sara pensó que las nubes estaban descargando esa tarde todo lo que se habían guardado durante un año más seco de lo normal. El agua era zarandeada contra las ventanas por rachas de viento veloz y salvaje, y la oscuridad era tanta que parecía medianoche, paliada en el interior de su despacho gracias a la luz blanquecina que derramaban los fluorescentes.


Mordisqueó el extremo del lápiz mientras escuchaba a Elena e hizo un apunte rápido en su libreta de notas:

“¿Terapia psicológica? “

Miraba a la mujer con ojos profesionales pero, al mismo tiempo, dulces, intentando transmitirle toda la paz y calma de la que era capaz para que se sincerara con ella, sin presionarle en exceso. Bastante había sufrido a manos de su marido.

Difunto marido.

Sara sabía que no estaba bien alegrarse por la muerte de nadie, pero en ese caso… el desgraciado estaba bien donde estaba. Bajo tierra. Uno de los pocos casos en los que el maltratador se suicidaba de verdad y no mataba por muy poco a su mujer.

Elena había sobrevivido, a duras penas, a las múltiples cuchilladas que Ernesto, Erni para los amigos de borrachera, le había asestado antes de tirarse por la ventana de un octavo piso, quedando convertido en una mancha en el suelo.

La rápida actuación de los servicios de emergencia dio a Elena una nueva oportunidad de rehacer su vida y ser feliz, tal y como merecía.

Era su primera reunión tras el alta hospitalaria y, dada su experiencia profesional, ya imaginaba que iba a tener que reconstruir su mente fracturada con paciencia y cariño, pero lo que Elena le contaba…

–Sé que parece una locura –decía la joven, y Sara refrenó sus ganas de asentir–, pero es cierto. Ernesto sigue en casa.

–Elena… –optó por una respuesta dura, pero directa–. Ernesto se suicidó. Está muerto.

–Lo sé.

–Entonces…

–Pero sigue en casa –insistió Elena, retorciéndose los dedos–. Quiere matarme. Quiere terminar lo que empezó.

Sara se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz al tiempo que un trueno rasgaba el cielo y las luces del edificio temblaban débilmente. No podía dejar que Elena, ahora libre de la amenaza que suponía su marido, se obsesionara con el intento de asesinato ni que sintiera pánico ante la idea de volver a su casa, una casa por fin segura y completamente suya. Debía hacer todo lo posible para que reafirmara sus ganas de vivir y su fuerza como mujer.

Tomó una decisión nada ortodoxa y que, estaba segura, contravenía varios puntos del código de actuación de la asistencia a víctimas de violencia machista.

–Haremos una cosa –le dijo–. Te acompañaré a casa.

–¿Ahora? –preguntó Elena, dubitativa.

–Ahora. 

–No te molestes –dijo Elena en cuanto entraron en el pequeño recibidor–. No funciona ninguna luz.

De todos modos, Sara pulsó un par de veces el interruptor, sin resultado. Parecía como si desde el exterior se filtrara todavía más oscuridad, añadiéndose a la del piso, y no pudo evitar un escalofrío al encontrarse en un lugar que le pareció tétrico, lúgubre y funesto, cargado con los recuerdos de un crimen que fue el colofón de meses de abusos y humillaciones.

La joven viuda encendió una linterna, mitigando hasta cierto punto las sombras, y Sara colgó su abrigo en el perchero, que empezó a gotear formando un charquito en el suelo.

Plic–plic.

Había visto las fotografías y le resultó como si conociera la casa de toda la vida: un pequeño piso de dos habitaciones y cocina americana en el que se había representado la tragedia de una pareja cuyo matrimonio no había llegado al año, cuando él decidió poner punto y final al mismo de la manera más definitiva.

–¿Lo oyes? –susurró Elena, señalando hacia la puerta del dormitorio.

Sara meneó la cabeza, negando. El piso estaba silencioso y frío. Muy frío.

Para demostrar a Elena que no tenía nada que temer, avanzó hacia la habitación, pero la joven le cogió fuertemente del brazo, impidiéndole andar.

–No vayas –imploró, temblando–. Te matará. No vayas.

Sara se zafó con un movimiento que resultó más fuerte de lo que esperaba y entró en el cuarto. Echó un rápido vistazo a la cama, las mesillas, el armario, la cómoda… todo perfectamente normal. Se empezó a girar para decir que todo iba bien, cuando vio algo por el rabillo del ojo.

Se agachó por puro instinto y a duras penas consiguió esquivar un jarrón que se hizo añicos contra la pared, cuyo ruido fue rápidamente silenciado por el grito de Elena, un aullido primario, inarticulado y producido por el terror.

Atónita, Sara vio que la cama comenzaba a moverse hacia ella, lenta, cansinamente, y no aguantó más. Aunque sentía las piernas tan flojas que dudaba poder dar un solo paso, echó a correr hacia la puerta de entrada, seguida por Elena, que no dejaba de gritar, totalmente desquiciada.

La puerta no se abría.

Aunque empujó, tiró y retorció la manilla, la puerta no se abría.


Sin embargo, no quiso rendirse a la idea de una muerte a manos de un vengativo canalla cuyo odio iba más allá de la vida. Habían sido muchos años, muchas mujeres como Elena, y estaba harta. Se dio la vuelta y se puso delante de la joven, como si fuera un escudo humano, y cerró los puños poseída por la furia. Con ojos chispeando de ira, plantó cara a la oscuridad que se cernía frente a ella.

–¡Vete! –ordenó–. ¡Vete para siempre! ¡Elena merece vivir sin un bastardo como tú! ¡No dejaré que le hagas más daño!

Una ventana se abrió y golpeó con fuerza la pared, pero a Sara le pareció ver que la negrura frente a ella se hacía menos densa, menos… oscura.

–¡Vete! –repitió, y, entonces, le pareció que un peso opresivo desapareciera de su pecho. Miró a la joven, que se había dejado caer en el suelo. Estaba llorando, pero entre sus dedos, la vio sonreír.

–Se ha ido –decía Elena–. Se ha ido.

Un artículo de Luis Miguel Núñez

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