Sí, voy a hablar de Charles Bukowski. Ya sé que todos hemos escuchado un montón de cosas sobre él. En nuestros ordenadores vagabundea alguna de sus citas más famosas, como por ejemplo: “Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible deben tener.” O esta otra, que he de decir me encanta sobremanera: “Mi ambición está limitada por mi pereza.”Pero sabemos ciertamente quién fue Charles Bukowski.


Nació bajo el nombre de Heinrich Karl Bukowski, en Alemania. 
Su padre era un militar estadounidense de ascendencia polaca y su madre era alemana. Pronto decidieron trasladarse a vivir a Estados Unidos debido a la pobreza que asolaba Alemania en aquellos años. Primero vivieron en Baltimore y poco después en un suburbio de Los Ángeles, ciudad escenario de casi todas sus novelas y relatos.

El padre le agasajaba con múltiples palizas diarias, mientras que su madre era una devota mujer que profesaba el credo de un esposo que siempre tenía la razón y el cuidado de la casa.

Durante su etapa en el instituto, una dolencia de su piel (que se manifestaba con el sarpullido de horribles granos localizados por todo su cuerpo, incluso en los parpados, y que le dejarían cicatrices para toda la vida), junto con su aspecto grande y tosco, consiguieron que Charles sufriera un profundo desagrado por su físico, rechazando por completo su imagen, algo que le haría creer que era el ser más feo del mundo conocido y sufrir las burlas de sus compañeros o el desprecio de las mujeres. Durante sus primeros cuarenta años apenas tuvo contacto con ellas, a no ser a través del ancestral comercio de sexo por dinero. No llegó a terminar nunca sus estudios de periodismo y literatura.

-En veinte noches terminaría su primera novela “El cartero”.-

Con 24 años publicó su primer relato. Poco tardó en desilusionarse con el proceso de publicación y decidió dejar de escribir. Esto duró diez años. Alcohólico desde los 17, cuando un compañero de instituto lo llevó a beber vino de la tinaja de un barril en la bodega de su casa. Los siguientes años fueron un vagabundeo incesante por diferentes ciudades, bares, prostíbulos, calles…

A principios de los 50 comenzó a trabajar de cartero en Los Ángeles. Tras salir del hospital por una ulcera sangrante muy grave, retomó la escritura de sus poemas.

Durante su vida Charles se casó y se divorció a los pocos años de Barbara Fry. Tuvo una hija con Frances Smith, Marina Louise Bukowski. Otra pareja, Janet, murió de cirrosis aguda. Acabó juntándose con Linda Lee Beighle.

En una breve estancia en Tucson, conoció a Jon Webb y gracias a él y a su insistencia en que publicara, comenzó a vivir de sus trabajos literarios, publicando varios en la revista The Outsider.


En el 67 escribía la columna Notes of a Dirty Old Man en el periódico independiente Los Angeles Open City, para después trasladarla por cierre del mismo, en forma de recopilación, al periódico Los Angeles Free Press.

En 1968 el editor John Martin de Black Sparrow Press, le prometió cien dólares mensuales de por vida si solo se dedicaba a escribir. Tras un par de días, aceptó dicho trato y John se convirtió en su mecenas hasta su muerte. Dejó su odiado trabajo en Correos y se dedicó a ser un muerto de hambre para siempre pero feliz (palabras suyas), escribiendo a tiempo completo.

En veinte noches terminaría su primera novela “El cartero”. El resto es historia de la literatura: más de 50 novelas, cientos de poemas, infinidad de relatos cortos, “el realismo sucio” y bla, bla, bla… En 1994 murió de leucemia, tras dejar de beber y seguir sintiéndose capaz de escribir, cosa que nunca creyó fuera posible.

Pero bueno, esto lo conocemos todos. ¿Quién no tiene Google, verdad? Pero alguien sabe, de verdad, cómo fue realmente Charles Bukowski…

La única manera de averiguarlo, bajo mi humilde opinión, es ponerse unas gafas oscuras y observar a Henry Chinaski, su alter ego y protagonista de todas sus novelas, menos la póstuma Pulp.

Chinaski es un personaje fétido, irreverente, corrosivo, anti-autoridad, muy machista, que puede ser sumiso en ocasiones o expresamente violento en otras.

Un tipo, que dependiendo del momento de la vida del autor y por lo tanto de novela, es un quejica gracioso, que descarga toda su repulsión sobre la esclavitud de tener un trabajo de ocho horas o un dudoso escritor que camina en el filo romo de la incierta fama o el mayor de los fracasos. Tanto “El cartero” como “Factotum” son buenas muestras de ello.

-Bajo la etiqueta de eterno escritor maldito, es un individuo sin futuro, que lo sabe y al que tal circunstancia, se la trae al pairo-

Pero es también alguien al que le gusta pasear por su universo falocrático. En donde las calles están llenas de los más variados personajes: prostitutas, barflys, vagos, buscavidas, jugadores arruinados o bravucones… personajes, que como él mismo, deambulan sonámbulos y encendidos por una ciudad que siempre los acaba por rechazar.

Un hombre que aunque detesta a las mujeres de manera frontal, siempre espera terminar “en la calidez del culo de Betty”. En realidad, el nombre es lo de menos, lo verdaderamente importante, es encontrar ese calor y abandonarlo a las pocas horas para volver a salir a buscarlo con mayor ahínco aún.

Henry está siempre vacío. Y es este hueco el que intenta llenar con whisky y cerveza barata, consiguiendo únicamente, la vivencia de un Sueño Americano nada reparador que lo devuelve a la casilla de salida en cada despertar. Aun así, no deja de ser alguien ilusionado con poder vivir a su manera, sin reglas que lo asfixien, escribiendo y con la única preocupación de poder conseguir los siguientes dólares para acabar transformándolos en alguno de sus limitados deseos. Una verdadera existencia supeditada a lo inmediato.

Sin embargo, no deja de ser alguien que observa la vida y sus vicisitudes de una forma irónica y desenfadada. También misógina. Un perdedor agradecido, que profesa el escaparate de alguna estrafalaria librería del centro de Europa, como mejor destino para su mísera existencia.
Bajo la etiqueta de eterno escritor maldito, es un individuo sin futuro, que lo sabe y al que tal circunstancia, se la trae al pairo. En él nunca encontraremos un triste arrepentimiento. Tampoco lo necesita, ya que su discurso puede gustar más o menos, pero es incontestablemente auténtico.

Pocos pueden decir eso, ¿verdad?

“Don´t Try.”




Un artículo de Fernando Folla Mendez

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