Aterrizas en Windhoek tras casi un día viajando en lo que es tu primera experiencia en territorio africano, que además la vas a afrontar con un 4×4 alquilado, un mapa y una tienda de campaña. Y aunque uno ya se considera un viajero medio curtido tras más de una década viajando, es cierto que la primera experiencia en esta parte de África, de entrada, me impresionaba. Sin guía, sin reservas y sólo con un montón de incertidumbre que esperaba convertir en buenas experiencias.




Tras un buen puñado de horas de vuelo y escalas en Zürich y Johannesburgo, por fin empezaba todo. Nos ponemos manos a la obra y vamos a recoger el coche al día siguiente de nuestra llegada a la capital Namibia y acto seguido paramos en una zona comercial a llenar los bidones extra de gasolina y a comprar algo de comida para los días venideros, para rápidamente salir en dirección a Sesriem, donde habíamos aprovechado el primer día en la capital para reservar un camping para las dos siguientes noches en el desierto del Namib.

Desierto Namib en Namibia

Antes del anochecer estábamos allí, en el desierto más antiguo del mundo, montando la tienda de campaña en un pequeño campamento que han levantado a la entrada del Parque Nacional Namib-Naukluft y preparando sopa para cenar en el útil camping gas que te presta la compañía de alquiler. Mi primera puesta de sol en el desierto me paraliza (muy recomendable llevar gafas de sol polarizadas) Los dos días posteriores recorriendo las maravillas que depara el Namib son extraordinarios, entre dunas y panorámicas que te aturden, contemplando el cielo desde mi tienda techo. Pese al frío de las noches, en las que se está bajo cero con facilidad, la experiencia fue más que completa. Pero tocaba partir.

Campamento móvil

El problema de los viajes con tiempo limitado (y ese era nuestro caso, ya que disponíamos de 4 semanas) es que debes abandonar lugares en los que te quedarías eternamente y, aunque puedes (y suele pasar) alterar la ruta para disfrutar algo más de los lugares especiales, siempre acaba llegando el momento de abandonarlo. Así que salimos de Sesriem hacia el norte, con destino a Swakopmund, una pequeña localidad de marcado estilo colonial alemán en la que aprovechamos para dar alguna alegría al estómago antes de volver a las noches de camping gas y cena al aire libre, y que sirvió como base para visitar el fascinante Spitzkoppe, el pico más alto del país que se levanta casi 2000 metros sobre el nivel del mar y que te deja impresionado desde varios kilómetros antes, cuando ya se va intuyendo la mole de piedra que sobresale de la sabana.

Spitzkoppe Namibia

Fue tras esa experiencia semiurbanita en Swakopmund cuando emprendimos el camino hacia el norte, atravesando la enigmática Costa de los Esqueletos, previo paso por la colonia de lobos marinos de Cape Cross y haciendo noche en Sesfontein, en el solitario Camel Top Camp (el dueño nos dijo que hacía semanas que nadie pasaba por allí…), unos kilómetros al sur de Opuwo, donde llegaríamos al día siguiente para mezclarnos con himbas y hereros en una pequeña ciudad donde ambas tribus conviven en extraordinaria armonía.

Leones Marinos en Namibia

Foto: Joachim Huber (CC BY-SA 2.0)

Desde Opuwo es imprescindible ir al norte, hasta la frontera con Angola para ver las cataratas Epupa, aunque un contratiempo en forma de accidente estuvo a punto de hacernos abortar la etapa. La pista de arena de más de 200 km que te lleva hasta las cascadas tiene algún sobresalto y nosotros caímos como buenos principiantes, sufriendo un accidente que dejó el coche completamente boca arriba y creando momentos de tensión pensando en que nuestro camino en Namibia podía acabar allí mismo. Pero tras varios minutos de incertidumbre apareció otro coche (afortunados, porque fue el único con el que nos cruzamos en todo el día…) y una amable pareja de aventureros sudafricanos bajó como si fuesen nuestros ángeles de la guarda. Para nosotros eran la esperanza.



Fue entonces cuando una treintena de himbas empezaron a salir de quién sabe dónde, como si su día fuese esperar a que algo similar pasase algún día y, entre ellos y nosotros conseguimos voltear el coche, devolverlo boca arriba y comprobar que para nuestra fortuna, los daños eran únicamente estructurales. Nuestro camino podría seguir sin problemas, aunque con un sobresalto importante que nos mantuvo tensionados todo el día. Debo avisar que si los himbas te ayudan es porque esperan algo a cambio, así que nosotros les dimos alguna pieza de ropa, comida y unas pocas monedas. Más que agradecidos, por supuesto.

niño himba Namibia

Pese al susto, las cataratas Epupa son un lugar único, un oasis que te hace sentir lejos de un país desértico como Namibia. Pero allí estás, observando el río Kunene y su magnífico salto de agua entre palmeras, caminando por su cañón y bordeando el río con cautela a varios metros de la orilla por si apareciese algún simpático cocodrilo dispuesto a saludar.

Cataratas Epupa en Namibia

Y como todo lo que sube baja, tocaba ir hacia el sur. En un par de jornadas con paradas en pequeñas localidades como Outjo o Kamanjab nos habíamos plantado en el Parque Nacional Etosha. Esta reserva está llena de vida y sorpresas. Aquí es fácil toparse en un momento u otro con los cinco grandes y en los campamentos de Okaukuejo y Halali durante la noche te sentirás acompañado, con algún feroz rugido de fondo o con los chacales haciendo alguna visita durante la cena.

Leonas en Etosha

Leona en Etosha

Después de tres noches de estancia en el interior del Etosha y de haber disfrutado como auténticos críos de la fauna y los momentos que te depara, tocaba de nuevo echarse a la carretera, esta vez con destino a Rundu, la segunda ciudad más grande del país con cerca de 40.000 habitantes, aunque parece que sean 300.000, no hay un solo lugar que no esté lleno de gente haciendo colas o mirando cómo otros las hacen. Rundu, como después he podido comprobar en otros viajes por África, es una de esas localidades de tamaño medio africanas que rebosan actividad y colorido. Pero no es solo eso, fue además el punto perfecto para descansar una noche antes de cruzar la zona de Caprivi, una estrecha franja trazada en su momento sobre papel con un bolígrafo y una regla para que el país tuviese acceso al río Zambeze y que se ha acabado convirtiendo en una región testigo de múltiples conflictos. Hoy, la carretera que la cruza de principio a fin está bordeada por centenares de aldeas y es uno de los lugares más pobres del país. Allí, en los 500 km. de carretera que cruzan toda la región, los niños y niñas caminan varios quilómetros por el arcén para llegar a sus casas tras salir de la escuela.
Puesta de sol en Rundu

Tras varias horas de conducción en línea recta aparece Katima Mulilo, la población más grande de la región de Caprivi y que separa a Namibia de Zambia (al norte), Zimbabwe (al este) y Botswana (al sur). Ahí se acababa Namibia para nosotros, pero empezaba nuestra ruta por la vecina Botswana, aunque eso ya será en otro episodio.

Tomàs García
@ViajeroCronico

 

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