Es difícil determinar en qué momento se instauró un cierto estilo de pensamiento hegemónico en América Latina. Lo cierto es que un día, perpetuarse en el poder se convirtió, según un particular código ético desarrollado dentro de los diversos estados de la región, en una inaudita meta añorada por líderes elegidos, singularmente, dentro de la legitimidad de los parámetros democráticos.


1- Las concepciones inflexibles

No existió, desde las dictaduras históricas de la derecha, otro período como el actual. Con reminiscencias de Cárdenas en México, de Vargas en Brasil o de Alvarado en Perú, hoy se reafirman ideológicamente los sectores más extremistas del Chavismo en Venezuela, del Moralismo en Bolivia y del sempiterno Peronismo Argentino, cuyo influjo se percibe incluso en ausencia. Cada uno de estos cuadros políticos parece desarrollarse y crecer basándose en consignas de carácter absoluto, muchas de las cuales parecían estar ya en desuso (*). Igualmente, de tanta insistencia, como consecuencia de estos liderazgos de corte omnívoro, el pluripartidismo local acabaría por atomizarse hasta el grado de enfrentar su propia extinción. Es factible que la representatividad cívica independiente desaparezca al paso de estas “presencias sociales” que, sin duda, han logrado establecer en sus naciones la iconografía que suele preceder a los regímenes de partido único (**). Sin embargo, la luz al final del túnel siempre existe en los movimientos de raigambre popular. El historiador contemporáneo Bertram Gordon, del Massachusetts Institute of Technology, opina que el discurso plural radica en comprender que sólo las alianzas entre grupos minoritarios, fragmentados y hasta asolados por los arrebatos del compás monopartidista, son capaces de formar una oposición genuina. No obstante, para hacer las cosas más complejas en el panorama latinoamericano, las coaliciones forzadas probaron ser poco efectivas en este hemisferio, al menos durante los últimos veinte años. Como diría Costa Pinto, “el cruce de líneas ideológicas”, la distancia intelectual entre los grupos, a veces se hace difícil de superar (***). Si le sumamos a este asunto las estrategias dedicadas a inhabilitar a cualquier aspirante a la dirigencia opositora, enfrentando el desprestigio y las maniobras desarrolladas por los medios de comunicación adictos a estas dinastías políticas, se obtiene como resultado de la ecuación un vaciamiento, un exterminio del significado político que concuerda con una creencia que ya sustentaba cierta parte de la sociedad griega en la época clásica: “sólo un hombre inflexible es capaz de gobernar”. Palabras más, palabras menos, esta es la frase que le diría Zeus a Prometeo revelándole el secreto de su fuerza. Sin muchos preámbulos, sólo estaba explicándole, mediante el juego de la antinomia, la labilidad humana a la hora de detentar el poder. Asimismo, si cualquier sociedad tomara hoy como punto de partida semejante axioma, justificándolo socialmente o no, estaría ignorando un aspecto esencial de todas las comunidades humanas: el intento de atravesar los umbrales del personalismo, a fin de abrir nuevos caminos alternativos capaces de consolidar la diversidad en el ámbito intelectual por medio de la flexibilidad del pensamiento.

 

2- La pereza y el Panjusticialismo

A este respecto, algo paradigmático ha sucedido aquí, en Argentina, durante los diversos períodos en los que el pantagruélico culto a Perón, denominado justicialismo, encarnó la mayor cantidad de ideologías y asociaciones posibles. Parece que la simple cita de la fraseología heredada del General (cuyas primeras dos presidencias transitaron entre 1946 y 1955), se transformó en el medio ideal para crear interés en la arenga de cualquier dirigente de extracción popular. Por lo tanto, desplegar el abanico discursivo del antiguo líder parecería reflejar, sin mediación posible, que sólo el peronismo tiene la capacidad de brindar un sesgo de interés por los menos afortunados. Muy probablemente los antecedentes históricos refuerzan con sinceridad estas suposiciones. Perón logró muchas conquistas sociales que otros no supieron interpretar. Sin embargo, su persistencia en la soflama discursiva de los últimos setenta años, no habla precisamente de flexibilidad en el pensamiento, sino de pereza filosófica, esa misma que suelen reflejar aquellos que sólo se limitan a reinterpretar una y otra vez el ideario Justicialista.

Yendo a este punto, debemos decir que entre los postulados que desarrollaron los clásicos respecto a los liderazgos humanos, existe otra extendida opinión que viene de la época de Julio César y que el Peronismo ha sabido interpretar correctamente. Se trata de la necesidad de homogeneizar el discurso a fin de crear una plataforma sólida para sus enunciados (****). Como en la instancia anterior, podríamos estar sólo en presencia de un mito que, como el de Prometeo, se basaría en verdades parciales que aparentan ser absolutas. Tanto los griegos como los romanos, resultaron proclives al pensamiento doctrinario, que es, sin duda, el más antiguo creador de monstruos políticos. Como consecuencia de esto, insistentemente se le ha exigido a aquellos que se oponen a la doctrina formal, desarrollar un contrapeso semejante. La democracia en Atenas y la República Romana tambalearon en muchas oportunidades debido a este asunto. Por lo tanto, entendiendo el tema como sustrato esencial de la comunicación, es necesario señalar que la coincidencia no siempre se sustenta en la base de la uniformidad. La diversificación del pensamiento entre los oponentes, podría ser capaz de alumbrar la auténtica acción democrática, que, según Marcel Detienne, nacería espontáneamente del acuerdo dentro de la diversidad (*****). Una práctica semejante, aunque compleja, instauraría, por sí misma, un eficaz ejercicio dentro del desarrollo democrático individual, personal, si se ve en la discusión el principal recurso para acceder al acuerdo con los demás. Como una figura casi socrática, esta clase de hombre republicano se debería oponer claramente a la idea tradicional del militante, que sigue el esquema propio de los “creyentes” y, en con secuencia, despunta un cierto grado de irreflexión afectiva. Llevando esta figura al desarrollo de nuestra historia contemporánea, deberíamos admitir que la famosa “mística peronista” basada en los principios del “personalismo”, ha hecho de esta necesidad casi religiosa su propia fuente de seguidores cautivos a través, incluso, de las generaciones, oponiéndose diametralmente a la figura recreada por la antropología de Detienne.

Se han tejido toda clase de creencias asociadas a una supuesta evolución de la doctrina original a través de padres y abuelos, proyectando hacia el futuro la palabra del líder simplemente como una revelación. De tal modo, el ideario original se convierte en depositario, a través del tiempo, de todo tipo de apotegmas. Lo que hoy podríamos llamar panjusticialismo, tiene, consecuentemente, base en la deglución de todas las orientaciones intelectuales que se podrían cobijar dentro de sus parámetros originarios a través de setenta años (*******). Ya sea por similitud o simpatía, la anexión de algunos componentes de la derecha regional se vería con cierta naturalidad. Sin embargo, la izquierda surgida en los años setenta y los ideales populistas de la última década, supieron acomodarse también en algunas de las más pintorescas definiciones del movimiento.


3- La paradoja del antipopulismo

“Somos como los gatos: nos peleamos para reproducirnos” aseguraba Perón con una sonrisa jamás inocente, desbordante de intenciones e inteligencia. Con esa extraña predisposición a la que aludimos en el capítulo dos, tan conveniente a la multiplicidad ideológica extemporánea, los valores preestablecidos por el movimiento terminarían mutando en modalidades excepcionalmente sofisticadas, como el neo-chavismo o el neo-castrismo, entre otras vertientes surgidas desde la Habana a la Patagonia. A pesar de esta característica tan pronunciada, de modo estratégico, los intelectuales del Peronismo agudizarían la relectura de su propia escuela, respondiendo a cierta concepción original inspirada en la endogamia política por medio de la conversión y el proselitismo. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, declaró el propio General Perón en sus Veinte Verdades Justicialistas, las cuales se revelaron el 17 de octubre de 1950. Esta imagen casi sectaria, capaz de darse sólo dentro de la metafísica del poder, ha contribuido década tras década al adelgazamiento intelectual de los movimientos masivos. La comodidad de la doctrina política adhiere fanáticamente a esta iconografía aunque, en contraposición, formula una paradoja: la necesidad de oponerse al ideal dogmático, a fin de abrirse a la capacidad de diversificación. Sólo así la sociedad genera acuerdos morales y sociales capaces de actuar por similitud más que por ontologismo. ¿Qué otra cosa movería si no a los venezolanos a dar la vida por oponerse al régimen? Hoy, buscando transiciones más pacíficas, América Latina bucea en el intento de crear coaliciones que generen pactos dentro de las discrepancias. Se opone, sorpresivamente, a la pereza de las hermandades y los populismos enquistados en la génesis de sus más tradicionales verticalismos.

 

4- El futuro

Si es que pudiera existir una solución a los problemas internos y al aislamiento regional, posiblemente se encontraría en el ámbito de la filosofía, con el objeto de evocar el germen de movimientos y gobiernos futuros conformados por dirigentes que se estén preparando, esencialmente, para discutir (********). A modo de conclusión, deberíamos entonces admitir que nuestra propia interpretación del fenómeno actual latinoamericano, se reelabora a diario al ver a ciertos políticos que, de modo casi milagroso, piensan distinto, pero deciden, de manera incansable, componer acuerdos plurales y republicanos. Son esos hombres y mujeres quienes, como aseguraba Sócrates, de una manera u otra darán a luz por medio de la discusión a la verdadera democracia.


* Leopoldo Zea, América Latina en sus ideas, Siglo XXI, México,1986
** Klaus Hildenbrand, El Tercer Reich, Cátedra, Madrid, 1988
*** Bertram Gordon se refiere a Costa Pinto en The Blue Shirts: Portuguese Fascists and the New State, Journal of Interdisciplinary History, Cambridge MIT Press, 2002.
**** Plutarco, César, 1; Suetonio, César, 1-2.
***** Marcel Detienne, Los griegos y nosotros, Ediciones Akkal, España, 2007
****** Utopía Argentina, de Stella Maris Coniglio, Buenos Aires, 2011
******* “Pan”, debe leerse según la versión griega, donde es sinónimo de “todo”.
******** Sócrates denominó Mayéutica, una disciplina que sólo existía gracias al afán griego de hacer parir la verdad. Ver también los Diálogos de Platón, los cuales refieren insistentemente a los fundamentos socráticos.
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Un artículo de Sergio Prudencstein

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