¡Tortas, leches, mantecados! En la vida real, si en algún lugar ocurre una trifulca -léase, por ejemplo, una discusión de tráfico, un “malentendido” en una discoteca o un adulterio mal llevado- puede dar lugar a una pelea física a puñetazo limpio (o sucio).

Sin embargo, habitualmente no suele pasar de simples empujones, algún que otro golpe mal dado y poco más. Tarde o temprano, uno de los rivales sale corriendo viendo que lo tiene mal o un grupo de gente, más o menos numeroso, interviene para separar a los bravos luchadores, o quizá ellos mismos se dan cuenta de la absurdidad de sus actos y abortan a tiempo.

En el cine, como en el resto de las situaciones de la vida real, esto no es así y por supuesto una pelea a puñetazos puede devenir en algo casi surrealista. Especificaremos aquí algunos de estos momentos cinematográficos indispensables.


Por orden cronológico, de más moderno a más “antiguo” (entre comillas ya que puede ser también muy moderno siendo antiguo), podríamos empezar por una escena, que roza lo antológico, del visceral director canadiense David Cronenberg -responsable de excelencias celulóidicas (palabra inventada, sí) como “Una historia de violencia“, “Scanners“, “Inseparables“, “La Mosca” o “Videodrome“- extraída de su película (ésta no tan excelente) “Promesas del Este” (2007), cuya mejor secuencia es, sin duda, la tremenda pelea en la sauna.
Uno de los valores añadidos de la escena es que el actor principal (como siempre, genial Vigo Mortensen) está desnudo, lo que visualmente le da a la secuencia mayor realismo y salvajismo (como que el tipo se tiene que hacer daño sí o sí porque está en pelotas, vaya).

La cámara está colocada testimonialmente, al hombro o en steadycam, siempre cerca de los actores y a menudo en medio de ellos antes de un nuevo round de puñetazos y navajazos. Recoge la esencia de la lucha sin dejar los ángulos a la altura de la vista, picando (punto de vista por encima de la vista) o contrapicando (punto de vista por debajo de la vista) sólo si la acción lo requiere y evitando las tomas generales para no perder la sensación de lucha cuerpo a cuerpo. Además, el hecho de no utilizar ningún tipo de música “trepidante” y dejar simplemente el sonido directo aprovechando la reverberación de la sala, aumenta la crudeza del combate y la solitud del hombre atacado, a la par que incrementa de manera natural la intensidad de los gritos y jadeos de los contrincantes. Toda una maravilla (y nada sencilla de rodar, probablemente).

Mortensen las pasa canutas y encima con el culo al aire

Una obligada parada en los noventa nos hace detener en “El club de la lucha” (1999), magistral película de uno de los mejores directores de la época contemporánea: David Fincher. Simplemente mencionando “Seven” este hombre ya merece una ovación eterna, pero no olvidemos “Zodiac” o “Perdida“, por ejemplo.

Este maestro de la creación de atmósferas nos ofrece, en la adaptación de la novela del siempre interesante Chuck Palahniuk, una corta pero crucial secuencia de pelea entre “amigos”, que a la vez provoca un giro en la trama de la película. Se trata de una pelea sencilla y breve solucionada con pocos planos y la habitual clase de Fincher, observada desde una cada vez más progresiva distancia marcada por la escala del plano, de planos medios -cortos y largos, desde un poco más abajo del pecho hasta casi las rodillas- hasta llegar a un gran plano general, que indica que ambos personajes (que como todos sabemos son sólo uno) están ya fuera de la sociedad tal como la conocían hasta ahora, son dos outsiders.

Tras esta corta pero muy significativa lucha liberadora, coronada con unas cervezas como el que acaba de jugar un partido, todo cambiará y llegará la revolución anticapitalista (a parte de muchas otras peleas, tan salvajes como nobles). En definitiva es de lo que habla la película, el caos y la violencia que provoca el modus vivendi occidental y que de alguna manera necesita salir…


El sonido del primer puñetazo de Edward Norton a Brad Pitt es particularmente seco y realista

En los ochenta es imposible obviar la tremenda pelea en el edificio Nakatomi de “La jungla de cristal” (1988), rodada con el habitual oficio artesano de John McTiernan (responsable de la enorme “Depredador” o de las más que notables “La caza del Octubre Rojo” y “El último gran héroe“), cuyos rivales son Bruce Willis y Alexander Godunov, que termina con una pseudomuerte del segundo.

Magistral escena de una pelea brutal en la que es probablemente la mejor película de acción de la historia del cine (no lo voy a negar, para mí es la mejor junto a “French Connection“). Su puesta en escena es muy diferente, por ejemplo, a la de “Promesas del Este“, tanto en el uso de efectos dramáticos internos (humo, cadenas, barriles, tuberías, etc.) como externos (música trepidante).


Godunov, un hueso duro de roer, incluso para McClane

No podemos abandonar los ochenta sin antes mencionar una de las peleas más largas a puñetazo limpio de la historia del cine, la del veterano mentor de muchos otros directores, John Carpenter, autor de indispensables títulos como “La cosa” o “Halloween“, que en su “Están vivos” (1988) filma una pelea entre dos amigos (y luego combatientes contra los marcianos procapitalistas) que evoluciona hasta el hastío en unos golpes que nunca acaban y generan una escena semiótica.

El hecho de que Roddy Piper fuera un destacado luchador en aquella época de la WWF (World Wrestling Federation, empresa que gestiona la lucha libre en USA), sin duda se hace más que evidente en la coreografía de la pelea, que bebe mucho de este divertido mundillo. La insistencia de Nada para que Frank se ponga las gafas con las que podrá ver la auténtica “realidad” se convierte básicamente en un gag basado en la repetición (como decía el maestro Billy Wilder: una acción que no tenga gracia, repetida tres veces puede tenerla) y lejos de ser una secuencia cansina, la pericia del director para aportar variantes la convierten en una excelente escena de culto de una película, también de culto, en la mal llamada -a veces con desprecio- serie B americana, a menudo mucho mejor y más creativa que la A.


Una lucha de auténtico wrestling en medio de la calle

Llegando a los setenta, un joven Martin Scorsese -reponsable de tantas obras maestras que merece capítulo aparte- empezaba sus andaduras en el cine y con su tercer largometraje -“Malas calles” (1973)- ya nos obsequiaba con lo que más tarde sería una de sus muchas señas como director: la contundencia.

Con unos jovencísimos Robert de Niro y Harvey Keytel, desarrolla una pelea en una sala de billar que destaca por su “realismo” desordenado (digamos que tiene mucho que ver con lo que comentábamos al principio de las peleas en la vida real), que posee además un ingenioso contrapunto cómico con la aparición de la patrulla de policía y su posterior soborno, para que la pelea continúe poco después.

Es una pelea familiar y entre colegas, de estas que cualquiera de nosotros hace por Navidad, vaya. El tono de Scorsese -inteligentísimo director y cinéfilo empedernido- puede llegar a recordar al cine mudo de Chaplin o Buster Keaton en alguna de sus coreografías (faltaría algún pastel volando) y la música festiva (nunca falta la de mejor calidad en sus películas) contribuye a ese tono de la escena. Una secuencia, sin duda, brillante.


Los personajes se persiguen por la sala, se empujan más que pegarse, se caen en grupo…

Realizamos un salto de más de 30 años y nos plantamos en “Dodge, ciudad sin ley” (1939), ya que éste no sería un artículo digno sin una pelea en un saloon de western, de aquellas que hay tanta gente que cuesta seguir de dónde vienen y hacia dónde van todos los puñetazos.

El responsable de la película es Michael Curtiz, archiconocido director de “Casablanca” pero autor de muchas más películas (más de 170), aunque pocas de ellas de la citada calidad. La historia empieza con un duelo de canciones patrióticas entre dos grupos de machos alfa -“yankees” y confederados, los dos bandos de la Guerra de Secesión americana– y acaba recibiendo hasta el apuntador. Sin duda, rodar una secuencia así tiene que ser una fiesta sí o sí (muy complicada, salta a la vista) y si el whisky de la taberna es real todavía más…


Aquí todo el mundo recibe, como mínimo, un par de bofetadas

Por cierto, a título de apunte, es de obligado visionado la parodia western en “Top Secret” (1984), huelgan los comentarios:


Es prácticamente imposible acumular tanta cantidad y calidad de gags en una sola película

En la misma época, nos fijamos en 1940, luminoso año (a pesar de la guerra mundial que vio surgir lo peor de nuestra especie) en el que el inglés Charles Chaplin dirigió y protagonizó la maravillosa “El gran dictador“, atemporal película filmada con una cuidadísima exquisitez, cualidad que tenía Chaplin tanto para dirigir como para actuar. La palabra leyenda se queda corta ante individuos como éste.

Chaplin compone una divertida, a la vez que dramática secuencia, cuando los soldados de Hinkel pintan “Jew” en el escaparate de la barbería del barrio. Al barbero (Chaplin), que no entiende nada, el acto le parece una absurdidad (al igual que al espectador) y con la habitual inocencia de sus personajes, actúa con la lógica justificada de alguien que se ve agredido y borra lo que el soldado pintó. La pelea está servida y a Chaplin le sale una inesperada socia desde una ventana que le “ayuda”, sartén en mano, en su lucha contra el autoritarismo. La habitual destreza de movimientos del actor se disfruta nuevamente en esta secuencia y tras recibir un “sartenazo”, un finísimo traveling (movimiento de cámara sobre vías o ruedas) de ida y vuelta, lo acompaña por la acera en su divertido mareo.


La inocencia comentada, de merecido apunte, es algo que se respira siempre en las películas de Chaplin. Quién sabe si fue provocada por su difícil infancia que poco tuvo de inocente (padre muerto a los 37 años por cirrosis y madre a menudo ingresada en hospitales psiquiátricos por depresión). Y quién sabe si también, esta aparente búsqueda de la inocencia, fuera también la razón por la que siempre tuvo novias y esposas mucho más jóvenes que él y de aspecto angelical.

El gran dictador” posee el mérito de arrancar sonrisas a raíz de un apocalipsis mundial, tal como hizo también en su momento Roberto Benigni con “La vida es bella“, sin renunciar por ello a una profunda reflexión sobre la condición humana.


Espléndido uso de la música desde los primeros golpes “físico-musicales”

Me veo obligado a dejar aquí este artículo y ver nuevamente de principio a fin, por enésima vez, esta maravilla que no me cansaré nunca de ver…

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