Con la primavera, las temperaturas suben, hay más horas de luz, nos enamoramos, nuestros niveles de la hormona serotonina aumentan y con ello nuestro estado de ánimo mejora. Además, nos sentimos impulsados a recuperar forma física, puesto que nos sentimos más enérgicos y con ganas de hacer ejercicio, no solo por las temperaturas idóneas que tenemos en esta época del año y la llegada del buen tiempo, sino también porque el aumento de luz solar que recibe nuestro cuerpo hace disminuir la cantidad de melatonina (hormona del sueño) que producimos, sin olvidarnos de la cantidad de vitamina D que nos aporta el Sol, la cual ayuda a absorber el calcio y tener huesos fuertes.

“El incremento de la población alérgica se debe en parte a la contaminación y al consumo inadecuado y excesivo de antibióticos […]”

Sin embargo, para algunos la llegada de la primavera no trae solo beneficios. Como se suele decir: “nunca llueve a gusto de todos”. Nos referimos a las personas que padecen la alergia al polen, un problema de salud típico e inevitable para ellos en estas fechas. Son muchas las personas que lo sufren cada primavera y de hecho el número de alérgicos está aumentando en los últimos años. Según datos de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC), el 30% de la población española (16 millones de personas) sufre algún tipo de alergia y un 15% es alérgica al polen, ascendiendo hasta el 30% entre los jóvenes. El incremento de la población alérgica se debe en parte a la contaminación y al consumo inadecuado y excesivo de antibióticos, que no solo está ocasionando una creciente resistencia a los antibióticos, sino también un incremento de las personas alérgicas.


Las principales causantes de la alergia al polen son las gramíneas, que son una familia de plantas herbáceas monocotiledóneas. En primer lugar, resulta conveniente aclarar que el polen son granos minúsculos invisibles al ojo humano que contienen células espermáticas y que son producidos por los estambres o aparato reproductor masculino de las flores para dirigirse hacia el femenino o pistilo de otras flores, ya sea a través de insectos o por el aire, con el fin de la polinización. Sin embargo, el polen no tiene nada que ver con las pelusas que se mueven suspendidas en el aire durante esta época del año, que además sí son visibles y no son alérgicas. Por lo tanto, el polen de las gramíneas y estas pelusas que corresponden a las semillas de los chopos no tienen nada que ver entre sí. El problema es que el momento en el que se liberan coincide, lo cual nos puede llevar a confusión y a atribuir un potencial alergénico a esas pelusas que sí somos capaces de ver, pero está claro que esto no es cierto.

En general, podemos decir que una alergia es una respuesta de hipersensibilidad del sistema inmunitario del paciente que reconoce como nocivas algunas sustancias que resultan inocuas para la mayoría de las personas y frente a las cuales no debería reaccionar, produciendo efectos perjudiciales en el paciente como alteraciones en la piel o mucosas. En el caso de la alergia al polen, también llamada polinosis, los síntomas más característicos son los estornudos, el picor de ojos y la congestión nasal, también llamada fiebre del heno o rinitis alérgica estacional. No obstante, aparte del polen, también hay personas alérgicas a la lactosa, a los ácaros del polvo, a los frutos secos y otros alimentos, a las picaduras de abejas y avispas, etc.

“La alergia al polen es algo por lo que hay que pasar inevitablemente todos los años si eres uno de los desafortunados que le ha tocado formar parte de ese porcentaje de población alérgica.”

Por ello, debido a la variedad de alergias diferentes, se atiende al mecanismo y al tiempo de reacción como criterios para clasificarlas en cuatro tipos distintos. Concretamente, la alergia al polen pertenece a las de tipo 1 o reacciones anafilácticas, que son las más comunes y cuyos síntomas se manifiestan inmediatamente. Primeramente, el polen entra por las fosas nasales de la persona predispuesta a la alergia, lo cual va a dar lugar a una serie de reacciones y anticuerpos IgE (inmunoglobulinas E) específicos contra esa sustancia que se va a unir a ellos. A continuación, estos anticuerpos son transportados hasta unas células que son muy abundantes en la nariz, los ojos y los pulmones llamadas mastocitos, a las que se adhieren en su superficie, de manera que el próximo contacto con el alérgeno va a ocasionar la liberación de unas sustancias químicas mediadoras de la inflamación denominadas histaminas, que son las causantes de los síntomas de la alergia citados anteriormente.

Además, hay otros tres tipos de alergias, que vamos a describir brevemente a continuación:

Tipo 2 o citotóxicas: el sistema inmunológico produce anticuerpos, ya sean IgG o IgM, que se unen directamente con la superficie de las células. En este caso, los síntomas no son inmediatos, sino que aparecen horas después.

Tipo 3 o alergias de los inmunocomplejos: se fabrican anticuerpos IgG o IgM como en la de tipo 2, pero se caracteriza por la formación y acumulación de inmunocomplejos que deberían haber sido eliminados por el sistema inmunitario y que consisten en compuestos de antígenos solubles que no se encuentran en la superficie de las células, a diferencia de los anticuerpos de las alergias citotóxicas. Los síntomas también se manifiestan horas más tarde.

Tipo 4 o alergias de aparición tardía o retardada: tienen la particularidad de que no participan en ella anticuerpos sino linfocitos T, que son un tipo de glóbulos blancos o leucocitos que van a  activar otras células del sistema inmunitario en cuanto la persona entra en contacto con el alérgeno. Además, los síntomas tardan mucho en aparecer, manifestándose por primera vez entre 12 y 72 horas después de haberse producido el contacto con el alérgeno.


Prosiguiendo con la polinosis, un aspecto que habrán percibido también los alérgicos al polen es que los síntomas se vuelven más o menos molestos en función del lugar, del año o incluso del día. Esto se debe a la variabilidad en la cantidad de polen que hay en el aire, lo cual depende de factores como la lluvia o la región geográfica. En cuanto a la lluvia, se ha comprobado que cuanto más llueve en otoño y en invierno, más se desarrollarán las plantas, más polen liberarán y peor será la primavera para los alérgicos; mientras que en primavera, cuanto más llueva y más humedad haya en el ambiente, menos polen habrá, aliviando en buena medida los síntomas. Respecto a la localización, cabe destacar que obviamente los alérgicos sufrirán más en aquellas zonas con abundante vegetación, especialmente gramíneas.

En definitiva, lo que está claro es que la alergia al polen es algo por lo que hay que pasar inevitablemente todos los años si eres uno de los desafortunados que le ha tocado formar parte de ese porcentaje de población alérgica. Sin embargo, se pueden adoptar una serie de medidas de prevención de los síntomas para que sea lo más leve o llevadera posible. Se recomienda resguardarse en interiores cuando los niveles de polen sean altos y mantener las ventanas de la casa o del vehículo cerradas, evitar la actividad en las primeras horas de la mañana en las que se produce la emisión de polen y tomar los medicamentos de la manera recetada por el médico. Al fin y al cabo, toda prevención es buena con tal de pasar una primavera más agradable.

David Albandea

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