La muerte forma parte de la vida, de eso no hay duda, y es algo que no deja indiferente a nadie. Para muchos es el fin del camino y para otros es el comienzo de algo nuevo, pero siempre representa un tránsito. ¿Y qué hay de la muerte de un personaje en un relato, una serie o una película? En los últimos años hemos visto cómo algunas ficciones televisivas se hacían famosas precisamente por matar de una manera espectacular a uno (o varios) de sus personajes. Pero la muerte siempre ha estado ahí, normalmente como peligro silencioso que amenaza a los protagonistas desde las sombras. Y es que el uso de la muerte como un elemento que impacte a la audiencia es algo que existe prácticamente desde los orígenes del cine, y evidentemente es algo que funciona muy bien porque todavía hoy en día se sigue utilizando. Muchos son los ejemplos que encontramos en cine y televisión en los que un personaje importante muere antes de acabar la película o la serie, pero es en estas últimas donde su impacto es mayor. El motivo de esto radica en el carácter episódico de las series, que permite que tengan más tiempo para desarrollar tramas y para que el espectador pueda empatizar mejor con los personajes. Esta misma lógica se aplica también a las novelas, motivo por el que el mundo literario y el de las series se complementan tan bien. No obstante aquí hablaremos sobre todo de series.


Existen varios motivos narrativos por los que se puede producir la muerte de un personaje importante. En algunos casos es el motor de todo lo que vendrá después, ya sea porque la serie se centrará en la investigación de quién hay detrás de ella (Twin Peaks por ejemplo), o porque la muerte será el comienzo del conflicto en torno al cual girará el resto de la serie (Juego de Tronos). En otros casos la muerte no es el punto de partida sino que se debe a que el personaje ya había dado todo lo que tenía que dar y su arco argumental se había agotado, de manera que su muerte se convierte en un recurso narrativo poderoso que golpeará al espectador y hará que la narración avance en una nueva dirección (el famoso Not Penny’s Boat del final de la tercera temporada de Perdidos para mí es un claro ejemplo de ello). Y luego está el tercer caso, que es cuando la muerte se convierte en el principal recurso de la producción para sorprender al espectador y mantenerlo enganchado, que es algo que vemos en series como The Walking Dead y Juego de Tronos. Estos son los tres casos principales de la muerte como recurso dentro de la narración, pero no son los únicos que existen, ya que también hay en los que la muerte de un personaje responde a cuestiones ajenas a la propia producción, como puede ser la muerte del actor o actriz o que sencillamente el intérprete decidió desligarse de la serie. En ambos casos una solución posible es precisamente la de acabar con el personaje, que es lo que ocurrió en House en su quinta temporada (cuando uno de los actores pasó a formar parte del equipo del recientemente elegido Obama). Pero si hablamos de la muerte de personajes no podemos olvidarnos de los casos en los que la muerte sí es el final, la despedida por todo lo alto del protagonista o el adiós definitivo del villano de turno. Pero estos casos no son en los que me quiero centrar en este artículo sino en los anteriores, cuando la muerte ocurre dentro de la historia y no como punto y final de la misma.

La muerte de un personaje es uno de los recursos narrativos más importantes que existen y siempre se convierte en un momento crucial de la historia, en un punto de inflexión en la relación entre espectador y serie. Y aunque en un principio pueda parecer una buena idea, en realidad no siempre lo es. Ya hemos hablado antes de series como The Walking Dead o Juego de Tronos, en las que la muerte de personajes es algo habitual. El motivo de ello en ambos casos creo que se debe en parte a la gran cantidad de personajes que hay en ellas o que están por llegar, de manera que se hace necesario eliminar a viejos conocidos para que tengan cabida los nuevos personajes. Y si la serie juega bien sus cartas puede crear una incertidumbre que favorecerá el espectáculo al hacer ver al espectador que cualquier personaje puede morir, incluso uno que lleva en ella desde la primera temporada. El problema viene cuando la serie no mata nunca a protagonistas sino a secundarios, a personajes que en muchos casos habían aparecido por primera vez en esa misma temporada o con tan solo cuatro apariciones anecdóticas anteriores. Ya ni hablemos de cuando la serie mata a un personaje en un final de temporada para después resucitarlo a los dos capítulos, en cuyo caso muchos espectadores se preguntarán el porqué de la decisión, si de verdad había algún motivo detrás de su muerte a parte de impactar y acabar la temporada con un momento culminante. Esa es la otra cara de la moneda, cuando la muerte de un personaje no es buena idea, ya que el uso abusivo de la muerte en una ficción televisiva normalmente es un síntoma de que en el fondo la serie carece de otras virtudes lo suficientemente fuertes como para mantener al espectador pendiente de ella. Eso a largo plazo es contraproducente porque el elemento sorpresa se convierte en la norma y no en la excepción, haciendo que la audiencia deje de sorprenderse y pueda acabar por perder interés. Porque el que a la audiencia le guste ser sorprendida no significa que para ello debas aumentar una y otra vez la dosis de violencia y sangre. A veces basta con dosificar ciertos recursos, la máxima de “menos es más”.


Son muchas las series que, llegado el momento, se han visto obligadas a matar a personaje importantes. Roma, Boardwalk Empire, Los 100, Orange is the new black, Vikingos… son sólo algunos de los muchos ejemplos de series que se han enfrentado a ese dilema. En todas ellas la muerte de un personaje se trató con mayor o peor fortuna o se explotó en mayor o menor medida. Porque la muerte es un recurso recurrente que potencia el poder dramático y puede ayudar a reorganizar la ficción. Pero lo importante no debería ser cuántas muertes ha habido en una serie sino la calidad de las mismas, si el motivo de esas muertes respondía a algo más que el simple espectáculo. Ahí es donde se encuentra la diferencia de quien ha entendido la importancia de la muerte de un personaje de quienes no.

Un artículo de Daniel Hernández Barreña, autor de la novela La decadencia de un mundo: el comienzo del fin.

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