Aquellos que son (o como en mi caso, fuimos) fans del ciclismo, ese deporte repleto de sufrimiento en el que un hombre lucha solo contra el tiempo y el asfalto, no hemos pasado desapercibidos el estreno de ‘The Program’, la nueva película de Stephen Frears sobre la polémica figura de Lance Armstrong, el que fuera siete veces ganador del Tour de Francia.


Por edad, soy incapaz de recordar con claridad los Tours en los que Miguel Induráin ganaba de corrido ante cualquier rival (Rominger, Pantani, Riis) pero mi familia insiste en que era un gran fan de este deporte ya desde pequeño. La retirada de Miguelón dejó un vacío que dio paso a algunos de los Tours más interesantes que recuerdo, como fue el de Ulrich o los de Pantani.

Aunque la película tiene sus pros y sus contras, al estar contada casi de forma documental, logró trasladarme hasta aquella época y recordarme los nombres de muchísimos ciclistas que permanecían en mi subconsciente. Recuerdo aquel prólogo de Lance que le colocó como líder de la carrera después de haber superado un cáncer y como, inmediatamente, me convertí en un fan del americano. Esa lucha, esa superación merecía una recompensa.

Tampoco había que ser un lince para darse cuenta de lo que estaba pasando en realidad y esa parte es la más discutible de la película de Frears: sólo un periodista fue capaz de darse cuenta de lo que pasaba en realidad e intentó, por todos los medios, que el resto se diese cuenta aunque le costase su carrera. Pero el aficionado medio sabía de corrido que algo estaba sucediendo. El ciclista americano parecía sacado de otro planeta o echo de otra pasta porque no tenía ni una debilidad. Ullrich, que fue uno de sus grandes rivales y el cual he echado en falta en la cinta, era un gran contrarrelojista que sufría cuando llegaba la gran montaña, lo que llevó a Marco Pantani a derrotarle de esta forma en un Tour. Pero Lance no, daba igual porque terreno se moviese que era capaz de superar a cualquier rival. Perico, Induráin… todos tenían un mal día. Lance no. ¿Raro, verdad?

“El gran pecado de Lance fue volver después de haber ganado los siete Tours”

La respuesta era sencilla: estaba dopado, pero nadie quería darse cuenta. Lance Armstrong se había convertido en un ídolo de masas, en un referente. Incluso había creado una organización para luchar contra el cáncer. Pero su poder, como vemos en el film, iba mucho más allá. Su figura en el pelotón era como la de un padrino de la mafia, un jefe del crimen organizado. Si hablabas mal de él o insinuabas que había dopaje, su siguiente paso era el de la extorsión. Podía destruirte porque tenía los medios y el dinero suficiente para hacerlo.

Hay que destacar el soberbio trabajo que realiza Ben Foster dando vida al corredor americano, siendo una copia exacta de él y derrochando carisma. Sin duda es una de las partes fuertes de la película.

Es curioso que en ella figure su equipo como un conjunto de amateurs al servicio de un único jefe porque da la sensación de que Lance estaba por encima del bien y del mal. Él tenía que ganar y todo eso cambió con la llegada de Floyd Landis. Y es que siempre creí que Roberto Heras (un ciclista al que le tenía muchísimo cariño) no se había dado cuenta a tiempo de que el US Postal estaba por y para Lance. Pero fue Landis el primero en darse cuenta y el que cuestionó al gran jefe. Tuvo que esperar a la retirada del americano para ser él el hombre que tomara el relevo como ganador de la ronda gala. Pero Landis no era Lance, era un ídolo con los pies de barro y bastó un pequeño resbalón, un positivo, como para desarmarle a él y a todo el equipo.

Como en el film, siempre pensé que el gran pecado de Lance fue volver después de haber ganado los siete Tours. Se antojaba completamente innecesario regresar con casi cuarenta años y demostrar que era capaz. Quedó tercero pero, si hubiera ganado, todo habría sido una desfachatez. Queda muy bien reflejado en el film cuando enfocan el podio y se le ve por debajo de Alberto Contador. Al comentar lo sucedido con su director de equipo no para de reírse evitando mostrar su clara decepción. Él quería estar más arriba porque, ante todo, Lance era un ganador más que un luchador.

A partir de ahí su figura cayó hasta el punto de que su asociación se vio involucrada. ¿El fin justifica los medios? Aquí es donde la película no se atreve a entrar o no quiere hacer sangre pero con otro guión podría haberse sacado auténtico petróleo. Lance Armstrong, el hombre de los siete Tours, estaba dopado cuando los ganó. Se destapó toda la trama que había a su alrededor quedando como un gran mentiroso. La gran mentira de Lance Armstrong.

Para un servidor el ciclismo murió en ese momento. Quizás no sea justo pensar así, pero para mí lo fue. Sus Tours pasaron a quedar en blanco o a estar en posesión de otro que, quizás, también hubiera hecho trampas así que el ciclismo, ese gran deporte, se vio completamente truncado para mí. Ya me daba igual Sastre, Contador, Evans o Froome.

Aunque desde luego está lejos de ser una obra maestra, os aconsejo que la echéis un vistazo y juzguéis por vosotros mismos lo que sucede en pantalla. También se puede ver la cinta como un primer acercamiento a estos sucesos puesto que creo que la historia está demasiado reciente como para sacar toda la artillería. Y como primer acercamiento es más que suficiente.


¿Y qué ha sido de Lance? Tuvo que hacer frente a millonarias demandas (entre ellas, una de medio millón de dólares al periódico Sunday Times) hasta tal punto que vendió su lujosa mansión en Texas pero aún conserva una tienda de venta de bicicletas. La muerte de uno de sus grandes amigos, Robin Williams, le dejó bastante tocado. Como citó en una entrevista, espera salir de un largo túnel y luchar contra las consecuencias de sus declaraciones.

Un artículo de Jose Luís Serrano.

Artículos relacionados