Hace pocos días Sony, a través de su distribuidora Columbia Pictures, estrenó una de las películas más esperadas del año, Inferno. La cinta, basada en el bestseller de Dan Brown, llega a las salas con bastante retraso. Se esperaba que su puesta en escena hubiera sido para finales de 2015. Pero coincidiendo con “El amanecer de la fuerza” de la archiconocida franquicia de Star Wars, su proyección se trasladó hacia fechas más propicias. Lejos de perjudicarla, aumentó más aún si cabe las ansias de los fans incondicionales del escritor estadounidense por visionar otra de sus novelas adaptadas a la gran pantalla.

De nuevo se repetía en trio de las tres haches: “Howard, Hanks y Hans (Zimmer)”, una apuesta que a la postre parecía segura. Las otras dos películas habían tenido buena acogida en taquilla y una abundante recaudación. Nada hacía presagiar la tragedia.


Como ocurre cuando se adapta una novela al formato de largometraje, es normal y aceptado por el público que el guionista elimine la paja para quedarse con el grano, con la verdadera esencia de la película. Pero cuando el grano se convierte en harina, eso es otra cosa. Me explico. Muchos de los que hayan leído la novela se sorprenderán cuando vean la cinta de que poco se parece a la obra original, como la harina al grano. Algunos de los personajes claves desaparecen sin motivo justificado, al igual que lugares importantes por donde discurre la trama original. Los acontecimientos son alterados por otros que quitan realismo a una trama ya de por sí poco creíble. De nuevo el profesor Langdon (Tom Hanks), detective criptográfico en sus ratos libres, es solicitado para desentramar una conspiración. Pero ya no se trata evitar volar la Ciudad del Vaticano o desvelar el paradero de la heredera de una religión; es algo mucho más siniestro y oscuro. El tema es bastante espinoso; la superpoblación humana amenaza con acabar con nuestro querido planeta azul y un prestigioso genetista, Bertrand Zobrist, (Ben Foster) tiene la cura para ese mal; un virus mortal que diezmara la población hasta límites insospechados. Además, este “científico loco” es un enamorado de la obra de Dante, precisamente el tema en el que destaca nuestro querido profesor.

Película El Inferno. Tom Hanks. El Magacín.

La mayor parte de la acción transcurre en Florencia, un lugar de enorme belleza histórica y desgraciadamente, lo mejor que ver en la película junto con la interpretación de Felicity Jones (Un monstruo viene a verme) de Sienna Brooks, que ejercerá de “compañera de juegos” del profesor. La cinta comienza con Langdon en el hospital, presuntamente herido de bala. No recuerda nada de las últimas horas, ya que sufre amnesia retrógrada. El comienzo parece prometedor; el profesor irá recordado poco a poco y desvelando los momentos previos a su ingreso. Como en las anteriores cintas, alguien se encargará de frustrar los planes de Langdon (Ana Ularu); una peligrosa asesina disfrazada de carabinier que intentará borrar del mapa al profesor durante tres cuartos de la cinta. La sicaria trabaja a las órdenes de una poderosa organización cuya cabeza visible es alguien llamado “El preboste”, interpretado sin mucho acierto por Irrfan Khan (Jurassic World). Sumándose a todo este batiburrillo, los miembros de la OMS, Cristoph Bruder (Omar Sy) y Elizabeth Sinskey (Sidse Babett Knudsen), se sumarán a esta carrera contrarreloj para evitar la extinción de  nuestra especie.

Felicity Jones. El Inferno. El Magacín.

La cinta nos introduce de lleno en la obra de Dante, la Divina Comedia, y nos desvela los grandes secretos de su trabajo; lo poco que hay que agradecer a su director, Ron Howard. Nos explicará con gran detalle en que consiste el Inferno de Dante, su trasfondo amoroso y de cómo sirvió de inspiración para otros grandes artistas. A su vez, nos permitirá viajar hacia bellos y conocidos lugares sin despegarnos de nuestra butaca. Pero, lamentablemente, eso no es lo que se espera de una película de suspense sino de un documental. Ni los espectadores que nunca han leído un párrafo de la novela como los que han disfrutado con ella saldrán con buen sabor de boca. La película no dispone de ese ritmo necesario para ganarse la simpatía y la atención del espectador, como si hicieron las dos anteriores. No solo se debería basar en correr de un lado para otro para dotarla de un tempo trepidante, desvelando un sinfín de misterios que solo una mente preparada como la de Langdon es capaz de resolver, o ilustrarnos sobre aspectos históricos o artísticos que desconocíamos del Palaccio Veccio, los jardines de Boboli o el Duomo. Se necesita algo más y eso es precisamente de lo que carece esta película. El libro de Brown enganchaba porque a pesar de tener una trama algo trillada y con esperados desenlaces, te embauca con las maravillosas descripciones de monumentos que aparecen, describiéndotelos con tal detalle que parece que estuvieran delante de tus ojos y, a la vez, alterna con detalles históricos que hacen interesante el libro. Es como el libro gordo de Petete, que enseña y entretiene. Pero al obviar todo esto en la película en favor de maximizar el tiempo, se queda en poco más que una cinta pasable que no dejará huella. Y lo más extraño de todo es que contara con el beneplácito del autor, ya que Brown participa como uno de los productores.


Lo único que he podido sacar en claro de estos días de salas llenas es que la gente le gusta ir al cine, pero siempre que sea a un precio razonable. Y también que a veces, solo a veces, no hay que dejarse llevar por la maquinaria de marketing de las grandes superproducciones, pues hay películas con menor presupuesto o tirón que pueden sorprenderte gratamente como a mí me sucedió con El Contable. Pero de eso es harina de otro costal.


 J.P. Metello

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