Hace ya muchos años, tantos como hace que Cien años de soledad vio la luz un 30 de mayo de 1967, García Márquez comenzó a ser interrogado sistemáticamente acerca de las fuentes de aquella novela que nadie acertaba a definir o catalogar, aunque todos coincidiesen en la profunda revolución que esta obra iba a provocar en el ámbito de la narración en lengua castellana. No en vano la editorial Sudamericana de Buenos Aires, encargada de su primera edición y con un ojo comercial innegable, le propició una publicidad y atizó un ambiente de expectación similar al que, pocos años antes –en 1963-, había precedido a la publicación de Rayuela, de Julio Cortázar.

La cuestión sobre el origen último de Cien años de soledad, así como de sus novelas y cuentos anteriores, si bien entonces podía parecer comprensible, hoy ya resulta trivial; sobre todo porque, desde aquel año de 1967, el escritor respondió una y mil veces lo mismo: que no había una sola línea en ninguno de sus libros que no tuviera su origen en un hecho real. Hay que reconocerle, en este punto, su honestidad al admitir que nunca pudo hacer nada que fuera más asombroso que la realidad. Sus obras son el resultado de esa realidad pasada por el tamiz de lo que él mismo dio en llamar “transposición poética”.


El estudio de sus artículos de prensa, reportajes periodísticos, cuentos, novelas, guiones cinematográficos y crónicas me han llevado, inevitablemente, a abordar la insoslayable relación entre los géneros periodísticos y los géneros literarios.: no cabe la discriminación genérica en una vocación, la de contar historias, que fue común al novelista y al periodista, y que fue, en definitiva, la misma, aunque con distinto traje: de ahí, esa referencia constante del escritor a la realidad, y de ahí también mi interés por constatar que Cien años de soledad (como el resto de su obra narrativa y periodística) no es más –ni menos- que un pantagruélico reportaje, en primer término, de su propia vida y, en segundo, de la historia de la América Latina en general y de Colombia, en particular.

Ahora bien, y dicho esto, no voy a cometer la simpleza de afirmar que todo el periodismo de García Márquez responde a esta forma de reflejar la realidad que supone, a un tiempo, la crisis y la superación del realismo tradicional; tampoco voy a meter en el saco de la fórmula, cada vez más discutida, de “Realismo mágico” unos textos que, aunque marcados en muchas ocasiones por esa “transposición poética”, fueron concebidos bajo las premisas esenciales de la comunicación, esto es, la transmisión de una información y la creación de opinión.

Mi atención por esta faceta del escritor, velada y a un tiempo paradójicamente latente por el éxito de su obra narrativa, arranca, en su simpleza, de un absoluto desconocimiento de la misma. Como lectora incondicional de sus novelas, su labor periodística, a pesar de su colaboración en un diario español en los primeros años de la década de los ochenta, se me antojaba circunstancial, esporádica y, por supuesto, secundaria. Esta precipitada valoración inicial tan sólo podía ser ratificada o modificada por la lectura de esos textos, atendiendo, en primer lugar, a su valor como ejercicio de la comunicación escrita, exento en lo posible de toda referencia literaria; en segundo lugar, una estimación cabal del alcance del periodismo de García Márquez en el conjunto de su obra obliga a su conexión e implicación con una producción narrativa que, como indicaba hace un momento, lleva implícita esa misma esencia de la comunicabilidad.

Quizá de este esquema se infiera erróneamente un empeño por disociar al periodista del novelista: no es mi intención, simplemente me parece de justicia, además de pertinente, abordar e interpretar cada texto según la finalidad para la que ha sido concebido por su autor, advirtiendo de antemano, eso sí, que la inocencia de García Márquez en materia de géneros es más que cuestionable.



No obstante, hay que admitir que la existencia de miles de páginas dedicadas a la información no puede ser incidental: desde el año 1948 en que García Márquez se inició en el mundo del periodismo, actuó como receptor y posterior trasmisor de una actualidad y de unos temas -de mayor o menor transcendencia- que siempre estuvieron timbrados por ese afán de revelar lo desconocido y de provocar la reflexión del lector. Desde la modesta nota de prensa hasta el reportaje de investigación, pasando por la columna de crítica social, la crónica desenfadada o el comentario cinematográfico, García Márquez intentó y logró integrar literatura y realidad, no siempre con igual fortuna, por supuesto, pero sí con una conciencia clara de sus límites, aun cuando decidiese prescindir de ellos. Como dijo él mismo:

“El periodismo me ha ayudado a establecer un estrecho contacto con la realidad de la vida y me ha enseñado a escribir. La obra creativa ha dado valor literario a mis escritos periodísticos.”

Por otra parte, es obvio que, temáticamente, gran parte de su periodismo fue consecuencia de una opción social, política y hasta de una forma de vida que, lógicamente, puede ser cuestionada, como de hecho lo fue. Pero, en general, puede decirse que su periodismo más serio, el de sus reportajes y crónicas políticas, respetó las constantes de la ética informativa, a pesar de no ocultar una evidente parcialidad; parcialidad también presente en su obra creativa, aunque convertida en fábula mediante unos recursos estilísticos que, a su vez, enriquecieron su periodismo. Pero éste ni fue exclusivamente político, ni se desarrolló con la misma intensidad a lo largo de cincuenta años, ni puede limitarse al género del reportaje. Prueba de ello es el último y amplio periodo, desde 1980 hasta 1996.

Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, Doce cuentos peregrinos, Noticia de un secuestro y Del amor y otros demonios, son novelas denominadas en alguna ocasión como “Periodismo Literario” y ofrecen esa deliberada confusión entre los géneros periodísticos y los narrativos: arrancan de un hecho real o de una situación verosímil que merece la atención del periodista, pero, finalmente, será transcrito por el novelista mediante la fabulación y la utilización de unos recursos que no responden, ciertamente, a los cánones más inflexibles del periodismo.

Un artículo de Mª Yolanda Gracia López
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