No sólo no lo es sino que no está ni entre las 10 mejores películas de 2014-2015 (de julio a julio, que es el espacio temporal que comprende el premio FIPRESCI de la crítica, con el que fue premiada la película en el pasado Festival de San Sebastián).

Totalmente abducido por el demoledor tráiler de la cuarta entrega de Mad Max, uno se siente considerablemente timado -por expresarlo finamente- una vez termina de ver “Mad Max: Furia en la carretera“. Aunque, no nos engañemos, esto ocurre a menudo con el binomio tráiler-película, pero seguimos sucumbiendo una y otra vez a la tentación de dejarnos llevar por la ilusión efímera de las primeras imágenes de algo largamente esperado que, nueve de cada diez veces, se vuelve en nuestra contra y provoca una decepción mayor o menor (como tantas otras situaciones de una posible cotidianidad como,  por ejemplo, una cita a ciegas tras recomendaciones de amigos y una imagen mediante o esa foto a pie de calle de una sabrosa tapa que cuando nos la sirven resulta decepcionante…). En este caso, la decepción es mayúscula.

Tráiler Mad Max: Furia en la carretera:

Malditos y maravillosos tráilers, siempre nos engañan…

Mad Max 4 podría considerarse en numerosos momentos como una auto-parodia de la saga, tal y como en su día fueron -con más descaro- “Terminator” 3 y 5 o “La Jungla de Cristal” 4 y 5. No parece que sea ésa la intención, lo cuál todavía es más preocupante. Por un lado, en relación a la primera y segunda parte  (fantásticas ambas hasta llegar a la tercera, de la cuál mencionaremos poco o nada), la película pierde todo lo que generaba inicialmente interés y lo peor, las buenas sensaciones de ambas películas. A modo de ejemplo, léase:

  1. La pérdida del miedo. El salvajismo latente en los personajes que se respira en las dos primeras películas (especialmente en la primera) consigue que nos sintamos inseguros en todo momento. El personaje “malo” en la primera entrega es especialmente inquietante y desagradable, magnífico Hugh Keays-Byrne, cuyo mismo actor encarna aquí a Immortan Joe, el malo malísimo, a años luz de la calidad del Toecutter de la primera. Todavía ahora no entiendo como George Miller no da más protagonismo a ese rostro tan desagradablemente característico y lo tapa casi por completo en lugar de caracterizarlo. Por cierto, algo ocurre con su muerte porque… ¡no se ve! (se adivina, eso sí), algo pasaría con el material filmado… o no filmado. La pandilla corrosiva y caótica de la película inicial -con mucha menos sangre pero con muchos más méritos de dirección de actores- es sin duda mucho más temible e inquietante y genera realmente miedo, en cambio la mayor parte del ejército salvaje de esta cuarta entrega lo que genera es risa y, por ejemplo, en el caso del guitarrista cuyo instrumento emana fuego, es sin duda paródico.




 

  1. La pérdida del subgénero de fondo. El maravilloso “aroma” a western moderno presente en la primera entrega y su puesta en escena (muy a conciencia) del espacio sin ley -o, mejor dicho, de ley a la que le queda poco tiempo de existencia- desaparece en esta cuarta entrega. Es cierto que en la segunda -“El guerrero de la carretera” en su subtítulo- ya se perdía en la apreciación de que ya no había ley (sí ley moral) pero mantiene la idea del western con la toma del “fuerte” por parte de los malos, que quizá no son tan inquietantes como en la primera pero que cortos tampoco se quedan. En la tercera entrega se impone una ley tiránica (no hablaremos ahora de Tina Turner) con resquicios de duelos western en las luchas en “la cúpula del trueno” y por supuesto de la llegada del nuevo cowboy al poblado. En esta cuarta parte también está presente una tiranía basada en la escasez de agua y de otras necesidades básicas (de alarmante falta de coherencia en su construcción), pero del tono western que tan buen resultado había dado ya no hay rastro (no, no vale compararla con “La diligencia“).
  1. La superficialidad extrema de los personajes. Tanto en la elección del actor Tom Hardy como en la evolución del personaje, el personaje de Max es poco más que un chiste de sí mismo. El hecho de que no diga ni una palabra hasta muy avanzada la película (si no contamos la voz en off), coloca a Max más en el plano -con todos los respetos- de una persona justita de mente, que en el de una persona misteriosa e impredecible, características que, por cierto, en ningún momento de la película aparecen cuando lo era -y mucho- en las dos primeras, incluso si se apura, en algún momento de la tercera. Para nada hay que cargar contra el actor, que ha demostrado sus buenas dotes en varias películas -como “Bronson” o “La entrega“-, si no a un guión insulso en cuanto a la construcción y arco de transformación de los personajes. De acuerdo, Mel Gibson nunca ha sido Marlon Brando (tienen como máximo en común la primera letra) pero sin duda la buena construcción del personaje de la primera entrega, aquí inexistente, se lo ponía más fácil y la transformación que realizaba hacia individuo progresivamente violento y cruel la encarnaba con solvencia. En este sentido merece especial mención el personaje de Charlize Theron, cuyo nombre de personaje –Imperator Furiosa– es tan lamentable como el personaje en sí, absolutamente deleznable, plano y sin ningún sentido ni evolución dramática. Forzar el llanto en las dunas como su redención y giro de personaje es quizá el momento más desastroso de todo el metraje. Sin duda, éste es el peor personaje de la película. Huelga decir que, nuevamente, la culpa no es de la actriz, que ha demostrado su talento indudable en alguna ocasión (como en “Monster“).

Mad Max. Furia en la carretera

Charlize Theron en Mad Max. Furia en la carretera.

La superficialidad de los personajes en esta entrega es alarmante...La superficialidad de los personajes en esta entrega es alarmante…

  1. El guión, en todo su conjunto. Habría que escribir un artículo a parte para desgranar todo lo que no funciona en este olvidable guión que desmerece y desaprovecha la ocasión de resucitar una saga que prácticamente había muerto con su tercera película. Los giros absurdos son constantes, especialmente cuando llegan a la tierra prometida -que ni es prometida ya ni es nada, literal- y deciden volver a “casa”. Todo chirría, los personajes irrelevantes ya comentados (tanto los principales como los que no), un mundo de “ricos y pobres” o “poderosos y no poderosos” (que es lo mismo) insuficientemente explicado, un final absurdo y “solucionado” con cierta prisa… A parte de la abrumadora violencia por doquier que, antes del ecuador de la película, ya es alarmantemente cansina debido a tanta repetición de conceptos en primera premisa atractivos.

Podríamos seguir con microanálisis puntuales sobre lo que no funciona en esta película que tantas ganas teníamos muchos de ver y que tanto habíamos soñado en los últimos años (lustros y décadas)… Pero no hay que desmerecer que tiene algún que otro mérito. Sin duda, la mejor cualidad de la película es que, aunque con un guión que funciona mal desde el inicio, consigue convertir el metraje en un absoluto espectáculo visual durante sus primeros 45 minutos, que quizá está más cercano al lenguaje de videoclip -como pudiera ser “Wild Boys” de Duran Duran, que claro, bebe a la vez de Mad Max 1 y 2-  haciendo olvidar todo lo que no funciona en el guión debido al estruendo visual (y sonoro) y que abruma al más incrédulo espectador. Sin duda, son unos primeros 45 minutos apabullantes y poderosos… Pero ¿de qué sirve eso si finalmente la película no transmite absolutamente nada? Quizá para más de uno es suficiente una simple persecución de dos horas sin profundidad emocional y con falta absoluta de empatía por ningún personaje, pero algunos esperamos algo más… Esperamos, como mínimo, emocionarnos con el cine (a parte de alucinar temporalmente con el espectáculo visual y sonoro).


No soy partidario de culpar o criminalizar a George Miller (como tampoco puedo hacerlo con Ridley Scott por Prometheus, al mismo nivel o peor) ya que, en definitiva, es el responsable de haber creado a Max Rockatansky y el mundo en el que vive hace ya 36 años con “sólo” 350.000 $ (el presupuesto de la nueva es de 150 millones) en una Australia donde la mayoría de la gente no sabía ni que hacían cine.

Con el permiso del respetable, voy a visionar nuevamente esos primeros 45 minutos iniciales…

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