Queridos lectores, tengo una mala noticia que daros: el ser humano ha perdido su acervo emocional.
Ante tal aserción, comprendo que muchos de vosotros estaréis consternados o incluso decepcionados por un título tan pretencioso, pero dejad que me explique.

Crónicas de un pensador: En busca de la felicidad perdida

Hoy en día, nos encontramos consumidos en una sociedad en la que ya tenemos, al nacer, asignada nuestra meta: vivir. Con la infancia, empezamos a soñar, a planificar nuestro porvenir (ser astronauta, piloto, etc.). Somos felices, puesto que no tenemos consciencia de la muerte, desconocemos el valor del dinero, no sabemos qué es el hambre o la pobreza. ¿Por qué? Son nuestros allegados los que nos construyen una burbuja mágica, una burbuja en la que estaremos protegidos de todos los males, donde sólo viviremos nosotros y nuestros sueños. Sin embargo, con la adolescencia, tenemos ya edad para ver las noticias. Es en este momento cuando nuestra burbuja onírica explota y nos damos cuenta de que hemos estado viviendo en una mentira. Las guerras, el hambre, la pobreza, y un sinfín de situaciones que ponen en duda la humanidad del hombre. Empieza a surgir en nosotros el miedo, el temor a que nuestro futuro soñado años atrás no sea viable. Pero es en este punto donde vuelven a intervenir nuestros allegados, concediéndonos el don de la esperanza, de que un futuro mejor es posible. El tiempo va a ir transcurriendo como la arena se escurre entre los dedos, llegaremos a la edad adulta y podremos finalizar el ciclo vital (naces, te reproduces y mueres).


Pero… si eso es la vida, ¿por qué luchar por nuestros sueños si vamos a morir tarde o temprano? La respuesta es sencilla: la esperanza. Sin ella, estamos destinados a ser un simple número, una persona más entre las miles de millones que ya completaron su ciclo vital. Con la esperanza, confiamos en un futuro que supere nuestras expectativas presentes, un futuro en el que recobremos la felicidad perdida. Ésta tiene que ser nuestra meta: ser felices, no preocuparnos por el tiempo que nos queda por vivir.

Ahora, la pregunta del millón: ¿cómo alcanzar tal preciada felicidad? Durante largos años, distintos filósofos (Ortega postuló que, “si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo que nos satisfaga completamente”) han intentado dar respuesta a tal cuestión, pero por desgracia, no hay ningún método infalible, pues cada uno es distinto, cada uno goza de una individualidad. Sin embargo, hay algo que podemos intentar hacer: tomar conciencia de nosotros mismos y alejarnos de todo aquello que nos priva de nuestra realización personal.

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