Cuatro de abril de mil novecientos setenta y nueve, en el patio del colegio, el muy torpe se partió un brazo jugando a fútbol. Ya en casa, para ganarse los favores de mi padre, me echó la culpa de la caída. Ésa se la tenía guardada, aunque hubieran pasado ya treinta y cinco años. Cada vez que había sacado el tema a colación, a lo largo de todo este tiempo, obtenía el mismo argumento, estúpido y vacío: “sólo tenía siete años”. −No, al de mamá no fui porque estaba muy liado. Sí−. Cómo me irritaba. Con esa autosuficiencia tan propia de él, sentenciando y dictando lo que estaba bien y lo que estaba mal. Mi madre había muerto aproximadamente un año antes. Ella era diferente. Aunque me había zurrado de vez en cuando y había sido injusta en alguna ocasión, creo que fue la única que me entendió de verdad. Siempre estuvo ahí, a pesar de todo, especialmente a pesar de mi padre y de mi hermano. Diez de junio de mil novecientos ochenta y tres, el cumpleaños del enano. Le acabaron comprando aquel telescopio que había pedido. Yo llevaba suplicando durante meses un ciclomotor para el verano. Por aquel entonces todos mis amigos tenían uno. No pudo ser, ya se había agotado el presupuesto familiar de aquel año para caprichos de los niños. No importó que me lo prometieran, después de sacar excelentes en todas las asignaturas durante todo el curso. Aquello acabó de confirmar que el pequeño era definitivamente el favorito de mis padres. La conversación continuaba, aunque mi paciencia disminuía al ritmo que marcaba mi estómago vacío. −No te rehúyo, es que siempre me pillas con algo entre manos−. Mentía, en parte, porque tenía una aversión crónica a afrontar el conflicto. Es más, me indisponía sobremanera. Cuando algo o alguien no me gustaba, simplemente lo dejaba de lado y seguía con mi vida, así de sencillo. −El trabajo bien, me quita mucho tiempo −seguí mintiendo. Él no tenía ni idea sobre los últimos acontecimientos que se habían dado en el mi entorno laboral. Mejor así. −No, no creo que lo pueda arreglar con Sara −esto sí que no se lo había podido ocultar−. Precisamente he quedado con ella ahora. No, básicamente para hablar de cuestiones prácticas. Me estaba poniendo de los nervios.
−Sí, claro, te llamaré luego −más mentiras, indispensables, por otro lado−. Adiós.


Mientras hablaba por teléfono con mi hermano, me encontraba plantado, observando la calle desde el ventanal del comedor. La gente deambulaba de un lado a otro, sin ningún sentido aparente, como zombies. Visto así, la escena me recordaba a un videojuego de mi juventud, aunque la calidad gráfica, sin las gafas, era aún peor que la de aquellos entrañables muertos vivientes pixelados, ensangrentados y con los brazos levantados, en perfecto ángulo recto con el cuerpo. Con sólo alzar la vista podía distinguirte, con el móvil en la mano, la mirada perdida, atisbando por la ventana no sé qué. Desde aquí, en el metro cuadrado de acera de cada día, se podía apreciar la expresión de enfado que, como de costumbre, llevabas pegada al rostro, como si de una careta de carnaval se tratara. Apostaba todas las monedas que había juntado aquella mañana, en mi vaso de cartón pequeño del McDonald’s −no convenía utilizar recipientes muy grandes, daba la sensación que la gente no era muy generosa, y el dinero llama al dinero− a que en ese mismo momento estabas aportando un poco más de locura a tu vida, cabreando a los pocos que aún intentaban encontrar algo de humanidad en ti.
 Como siempre, Sara llegaba tarde. No recordaba ni una sola vez que acudiera a una cita a tiempo. Ni siquiera la primera vez que nos conocimos. −Ya era hora. 
Allí estaba, al fin, después de casi media hora esperando en la terraza del bar de debajo de casa. Tenía muchas cosas que reprocharle, además de la impuntualidad. Sin embargo, era ella la que me había abandonado. Que si estaba demasiado anclado en el pasado. Que no hacía otra cosa que echarle cosas en cara. Que sólo recordaba los sucesos menos afortunados de la relación. Que era un paranoico y que no hacía más que imaginar cosas que no eran. Que… −Bueno, estoy aquí, ¿no? −me interrumpió, sin saber, Sara−. Y eso es lo que importa. Ella siempre con esa indulgencia fingida. −Vamos a hablar de los niños. Y de su manutención −siguió, casi sin dejarme pensar en lo siguiente que tenía que decir. Cuatro de abril de mil novecientos noventa y nueve, ella había quedado con sus colegas de trabajo para cenar y salir luego por ahí. Llegó pasadas las seis de la mañana. Al día siguiente, ante mi insistencia −persistente, eso sí, lo reconozco− acerca de la tontería que se traía con el de Marketing, nunca negó que no tonteara con él. −¿Has empezado a buscar trabajo? −estaba claro que no estaba dispuesta a andarse con rodeos−. Hace dos… o tres meses, ya, ¿no? Veintitrés de mayo de dos mil cinco, ella se encontraba con mi hijo mayor, cuando… −¿Ya estás otra vez con tus malditos recuerdos? −volvió a interrumpir, con ese sexto sentido que siempre había tenido−. ¿Recuerdas acaso por qué te echaron del trabajo? −No fue cosa mía −me defendí, sin demasiada convicción−. Sabes que mi jefe es un cabrón. −No te digo que no, ¿pero de verdad que tenías que cabrearle tanto con tus malas caras y continuos desplantes? Se suponía que eras alguien importante en la empresa. −No tanto, al parecer. −No, claro. El caso es que ese cabrón obtuvo la excusa que necesitaba ante gerencia para echarte. ¿Cómo se te ocurrió? ¿Y cómo vas a pagar la hipoteca y la pensión, sin ingresos? Dos de noviembre de mil novecientos… −Déjalo ya, ¡por Dios! Te estoy hablando de cosas serias… Menos mal que tengo en herencia la casa de mis padres, pagada y sin gastos. No sé qué haríamos los niños y yo sin ese salvavidas. −Sí, me dejaste la hipoteca de nuestra vivienda como regalo −fui un completo estúpido al asumirla por completo.


Había pasado dos veces por delante de tu mesa, pidiendo algo de dinero y ni siquiera te habías percatado de mi presencia. De hecho, llegué a quedarme de pie, plantado ante ti, y no fuiste capaz de interrumpir la conversación. Entiendo que ella, con las preocupaciones propias del momento no me viera, pero ¿tú? La verdad es que lo que realmente me sorprendía es cómo la retuviste tanto tiempo a tu lado. Era increíble que no te dieras cuenta de lo estúpido, terco y rígido que llegabas a ser. Ahí tenías ante ti una persona que te quería, o al menos, que te quiso, que intentaba ayudarte, y tú no hacías más que soltar mierda por la boca. Aunque bien mirado, no te dabas absolutamente cuenta de nada.
 Las doce menos cinco. A punto de acabar el día y tú aún despierto. Lo sé por las luces de las ventanas. Seguro que estabas dándole vueltas una y otra vez a tus recuerdos. Era una húmeda noche de febrero y el frío se calaba hasta lo más profundo. Dentro del cajero no podría observarte más por hoy. Tú tampoco podrías ver cómo me cubría con las mantas raídas y miraba de nuevo el reloj: las doce y cinco. Tú mejor que nadie sabías que ese trasto nunca se atrasaba. La única cosa buena que conservabas de tu padre.

Artículos relacionados