−¿Sí? −Antes de escuchar la respuesta, supe perfectamente de qué se trataba −: Sí, soy su hijo… Sí. Muchas gracias por la llamada.

Cerré los ojos, mientras sostenía el teléfono en mitad del comedor. Su rostro resaltaba de entre el fondo negro, como si de una foto se tratara, con marco y paspartú incluidos. No de cuando estaba enfermo, no llegué a visitarle ni una vez. Ni siquiera una instantánea de hace cuatro o cinco años, cuando aún estaba sano. No. Más bien se trataba de una polaroid desgastada, de las que se sacaban cuando yo no era más que un crío.

−Mi hermano, sí, claro. Bien, sí, sí, él se encargará de todo−. Cómo no, don perfecto al rescate.

Se suponía que, a pesar de todo, debía estar triste. Se suponía.

Quince de febrero de mil novecientos ochenta y uno, el día de mi catorceavo cumpleaños. Se olvidó de felicitarme. Mucho estrés, trabajaba muchas horas para que no nos faltara de nada, a mi hermano y a mí. Claro.

Dos de julio de mil novecientos noventa y dos, prometió ayudarme con el contrato del alquiler del piso al que me iba a vivir con Sara. No se presentó, parece ser que se encontraba indispuesto. La úlcera, la maldita úlcera. Por supuesto.

Dos de abril de mil novecientos noventa y nueve, tardó un día en venir a visitar a su primer nieto al hospital. La excusa, otra gilipollez. Como siempre.

Cuatro de marzo de … La melodía del móvil me arrancó de golpe de donde fuera que me encontrara yo y mis recuerdos. Debía ser sin duda mi hermano. A pesar de mi desdén, no había dejado de llamarme todas las semanas en los últimos años. Aunque, pensándolo bien, me imagino que el motivo de la llamada de hoy se salía de lo rutinario. Pero no, no iba a cogerlo. Estaba demasiado cabreado con mi padre y, por extensión, con mi hermano, su hijo favorito.


Dejé que sonara el teléfono hasta que paró de golpe y miré de reojo a mi muñeca: el reloj no engañaba, era la hora de comer. Ese trasto no se había atrasado ni un minuto desde que él me lo regaló, cuando me gradué en la universidad. Su único legado paterno-filial, la puntualidad. Tenía hambre desde hacía rato, pero la costumbre y, sobre todo, la rutina, me llevaban a cumplir los antiguos horarios laborales y familiares. Estaba convencido de que sin trabajo, mujer ni niños me liberaría para, al menos, cocinar lo que me apeteciera cuando yo creyera conveniente. Después de un mes solo y más de tres en el paro, seguía respetando las horas de las comidas y no había cambiado ni un ingrediente de mi dieta habitual.

Por más que rebuscara inútilmente entre las botellas acumuladas en el armario suspendido en la pared de la cocina, sólo conseguí confirmar lo que ya sabía. Poseía una memoria infalible para rememorar con todo lujo de detalles todos los episodios de mi vida desde que tenía nueve años, pero en cambio se me había olvidado, como en otras tantas ocasiones, comprar aceite en el súper. Los especialistas, tras meses de pruebas, lo tuvieron claro. Se trataba de hipermnesia, un raro trastorno que me impedía olvidar. Más que eso, me obligaba a recordar toda mi maldita existencia, me gustara o no.
No sabía por qué estaba más enfadado, si por recordar todas las afrentas recibidas a lo largo de los años por supuestos seres queridos, o por el hecho de que existiera algún Dios cruel y bromista que me hubiera regalado ese don, sin ni tan siquiera preguntarme qué demonios me parecía. Si me lo encontrase de frente, se lo diría. Le gritaría hasta quedarme afónico, para hacerle comprender qué significaba convertirse en un bicho raro, para todas las personas de mi mundo, siendo tan sólo un niño. Irritaba o asustaba a partes iguales a mi familia, profesores o compañeros de colegio cuando les contradecía relatando, con todos los pormenores, los hechos que realmente habían acontecido en una fecha concreta. Nunca coincidía exactamente con su versión de la historia, ellos se olvidaban sistemáticamente de los detalles, de las pequeñas cosas que de verdad importaban. Que a mí me importaban.

Con el tiempo aprendí estrategias para caer mejor a la gente. Simplemente se trataba de fingir que no me acordaba de todo lo sucedido. Añadía algún detalle falso a la historia o me hacía el sorprendido cuando alguien me recordaba algo que, evidentemente, yo tenía mucho más presente. Descubrí que era una manera útil de conseguir que el resto de niños no me odiaran. Sin embargo, a medida que me hacía mayor, me di cuenta que no podía esconderme de mi realidad y que ocultarlo no solucionaba el problema de fondo: el rencor permanecía ahí, no me abandonaba.

En el rellano, esperando al ascensor, no podía evitar la sucesión de recuerdos por mi cabeza. Uno tras otro, ordenados como en una máquina de diapositivas, recorrían el carrete, clic a clic, mi infancia, adolescencia y vida adulta. Y todos con un hilo conductor, mi padre fallándome una y otra vez.

Mientras descendía los cinco pisos hasta la planta baja, el corazón me dio un vuelco cuando fijé mi mirada en el espejo. No vi reflejada la imagen de un hombre de mediana edad, ni siquiera la de un adulto. Juro que la cara que me devolvía era la de un chiquillo, un púber a lo sumo. Cerré los ojos, asustado, pensando que la oscuridad me salvaría de la visión, pero apareció de nuevo mi padre, atormentándome aún más. Muy típico de él.

Al salir del portal giré disparado a la derecha para dirigirme al paki más próximo, que se encontraba en la misma calle, a pocos metros. Caminaba sin mirar, lanzado como una bala, no tanto por la urgencia de comprar aceite para la comida, sino para tratar de recordar lo menos posible. Debía sufrir un estado de semi-enajenación absoluto, porque sin darme cuenta me encontraba de nuevo girando la llave para abrir la puerta de casa, con la botella de aceite en la otra mano y sin la más remota idea de cómo había llegado hasta ahí.


Menudo imbécil, casi me atropellas, por partida doble, cuando saliste por la puerta principal y al volver de la tienda. No sé por qué me sorprendía, siempre actuabas igual: pasabas por delante y nunca bajabas la vista y, por supuesto, estaba claro que no tenías ninguna intención de tirarme una mísera moneda.

Podía llegar a entender los que me miraban con desprecio, incluso los que se mostraban condescendientes y aparentaban cara de pena, pero no soportaba tu absoluta indiferencia. Porque me conocías. O deberías. Vivía en tu mismo edificio. Vale, dormía en el cajero de los bajos de tu edificio, pero lo relevante, en cualquier caso, es que ocupaba, cada día, el mismo pedazo de acera, delante de tu portal, esperando que cayera algo para poder comprar una barra de pan y una lata de comida en conserva.

−Ya te he dicho que ya veré. No tengo muchas ganas de ir al entierro−. Nada más entrar en casa me había vuelto a llamar y esta vez no tuve más remedio que cogerlo.

CONTINUARÁ…   Ir a la segunda parte

Un escrito de Maquinorelatos

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