Aunque nunca se sintió francesa, mi tatarabuela Bernadette nació en París, el 20 de febrero de 1816. Al año siguiente la familia se trasladó a Venecia, ciudad en la que transcurrió la mayor parte de su vida; de ahí que se considerase italiana:

—Uno es de dónde se hace, más que de donde nace —parece que solía decir.

Recién cumplidos los diecinueve años se casó con un diplomático, que fue quien despertó en ella un profundo amor por la ópera. Todo comenzó el martes 2 de febrero de 1836:

—Esta noche vamos a salir y me gustaría verte especialmente elegante. Es una sorpresa, por tu cumpleaños

—le dijo esa mañana su marido.

—Pero si aún faltan dieciocho días… .

—Lo sé, pero… más tarde lo entenderás…




A las siete y cuarto de la tarde tomaron una góndola:

—¿A dónde vamos?

—dijo ella. —Lo sabrás en unos minutos.

Tardaron un poco más de lo previsto en alcanzar su destino debido a que el tráfico de embarcaciones en el canal era un tanto nutrido; por fin, apareció ante ellos:

—¡La Fenice!… ¡Maravilloso! ¿Qué ópera vamos a ver? —preguntó ella, vivamente ilusionada.

—Una que nació el mismo día que tú: “El barbero de Sevilla” de Rossini.

Pero dejemos que sea la misma Bernadette la que cuente lo que sucedió aquel día:

4 de febrero de 1836
11 de la mañana

Casi no acierto a describir la honda impresión que me ha causado este inesperado regalo de cumpleaños.¡Cuántas veces le había pedido a Francesco que me llevase a la ópera! Pero siempre fingía no encontrar tiempo:

—La primera tenía que ser una ópera muy especial —me ha dicho hace un rato guiñándome un ojo.

Vivir en Venecia convierte en algo habitual los paseos en góndola, pero llegar ayer al teatro por ese medio fue algo muy especial. Brillaba un melancólico sol de invierno y sus rayos, aunque débiles, caldeaban un tanto el ambiente. Yo llevaba una sombrilla, más por coquetería que por necesidad, lo que movió a Francesco a hacer un comentario cargado de sarcasmo:

—Haces bien, amor mío, en protegerte de este sol abrasador —me dijo. No le contesté.

Faltaba aún media hora para que comenzase la función, de modo que tuve tiempo sobrado para observar el lugar. La fachada de La Fenice ya me era familiar pero al entrar… no imaginaba que aquel edificio, que ya me resultaba hermoso por fuera, pudiera albergar tan espléndida belleza en su interior. Ocurre igual con algunas personas.

Estreno en el Gran Teatro La Fenice. El Magacín.

Una majestuosa lámpara, suspendida del techo del foyer, derramaba torrentes de luz como un sol en su cénit. Colgados de las paredes, espejos pulcramente bruñidos multiplicaban la sensación de amplitud de la estancia, ya de por sí muy espaciosa. Una espesa alfombra cubría el entarimado y amortiguaba los pasos de los cada vez más numerosos espectadores.

Después de saludar a algún que otro conocido, nos dirigimos hacia la gran escalinata central; una vez en el primer piso, un ujier se encargó de abrirnos la puerta del palco y de acomodarnos en él. De inmediato, note un penetrante olor en el ambiente. Al verme arrugar la nariz, Francesco rió y me dijo:

—Ese “inefable” aroma que notas viene del gallinero.

—¿De dónde? —pregunté.

—De la parte más alta del teatro, donde están las localidades más baratas. Cuando la función genera tanta expectación como ésta de hoy, la gente suele venir con mucha antelación para coger sitio, porque los asientos no están numerados. Para no morir de inanición durante la larga espera hasta que se levanta el telón, traen provisiones. De ahí el intenso “perfume” que flota en el ambiente.

—Claro, pobrecillos. El caso es que, con semejantes aromas ¡se me está despertando el apetito!—dije, y los dos nos echamos a reír.

Me puse a observar cómo los músicos iban poco a poco ocupando sus respectivos lugares y, con gran destreza, afinaban sus instrumentos. Encuentro curioso que la zona de la orquesta se llame foso porque, en este teatro al menos, se encuentra al mismo nivel que el patio de butacas.

—¿Sabes el porqué del nombre “La Fenice”? —me dijo de pronto Francesco. Y, sin esperar mi respuesta (que suponía negativa) añadió— Porque, como el Ave Fénix, este teatro resurgió de sus cenizas. Su antecesor, el San Benedetto, fue destruido por un incendio en 1774 o 75, no recuerdo el año con exactitud.

—Así que antes estaba aquí el Teatro San Benedetto.

—En realidad no, aunque confieso que no sé dónde estaba. Por lo visto hubo una fuerte disputa entre los propietarios del terreno del antiguo teatro y los dueños los palcos, hasta que éstos últimos consintieron en abandonar el lugar para construir un nuevo teatro aquí, con una condición…

—¿Cuál?

—Que tuviese embarcadero, para que lo más selecto de la ciudad pudiese acudir a la ópera en góndola. Pero… schhh… la función va a comenzar.

Las luces de la sala se habían ido apagando mientras hablábamos. La intensidad de las conversaciones había ido también descendiendo hasta desaparecer casi por completo.

Con el telón aún bajado, sonaron las primeras notas de la obertura. La música, alegre y vital como ninguna de las que yo hubiera escuchado antes, flotaba en el aire para llegar hasta el último rincón del teatro.

¡Arriba el telón! En escena, una calle de Sevilla, envuelta en las negruras de la noche y un estrafalario grupo de embozados que avanza casi a tientas. ¿Van a asaltar algún domicilio? ¡No! Son músicos y se disponen a dar una serenata a los pies del balcón de una bella moza. La voz cantante de aquella improvisada orquesta es la del conde Almaviva, enamorado hasta el tuétano de la mencionada moza quien, por lo visto, tiene el sueño pesado, pues no se le ve asomar ni la punta de la nariz a través de la reja del balcón.


Gracias a un encuentro casual con Fígaro, gran amigo del conde, éste se entera de que la joven de la que se ha prendado se llama Rosina y de que su tutor, el doctor Bartolo, la guarda celosamente con la intención de desposarla y hacerse con su herencia. Pero el conde no debe preocuparse porque Fígaro, que en aquella casa lo mismo es barbero que peluquero, médico o veterinario (los mil y un oficios que desempeña para toda la ciudad) le ayudará a llegar hasta la muchacha.

Un breve intermedio para cambiar de escena dio tiempo a mi marido para explicarme que, el estreno de Almaviva o la inútil precaución, que así se llamó esta ópera la primera vez que subió a escena, estuvo plagado de incidentes.

—Por lo visto, al que hacía de Almaviva se le rompió una de las cuerdas de la guitarra que utiliza en la serenata del principio. Un momento antes, casualmente, un gato negro había cruzado la escena… —me dijo.

—¡Calla, calla! —le interrumpí al tiempo que formaba una cruz con los dedos— No sé por qué me cuentas esas cosas sabiendo lo supersticiosa que soy.

—Vaya, mujer… Te contaré entonces que Rossini tuvo que cambiar de nombre a su ópera porque ya había un barbero de Sevilla, el de Paisiello, que gozaba de gran éxito  —continuó Francesco, en su afán didáctico—. Resulta asombroso que compusiera la obra en apenas dos meses, pues tenía fama de vago de solemnidad.

—¿Rossini o Paisiello?

Rossini. Se dice que le gustaba componer metido en cama (ya está retirado) y que un día, mientras terminaba una de sus óperas (no sé cuál), se le cayó la última página que había escrito; como, al parecer, su capacidad creativa era tanta como su pereza, se dice que prefirió volver a escribirla antes que levantarse a recogerla.

—¡No es posible! ¡Ja, ja, ja! —incrédula, me eché a reír. Justo en ese momento vimos cómo, de nuevo, se alzaba el telón.

Interior de la casa de don Bartolo. En sus aposentos, Rosina escribe una carta para el misterioso joven que la ronda (el cual se ha presentado ante ella como el humilde Lindoro, no como el noble y rico Almaviva) pero ¿cómo entregársela?

Estreno de El Barbero de Sevilla. El Magacín.

Como todos los días llega Fígaro para peinar a la joven, a la que hace creer que Lindoro es primo suyo. ¿Quién mejor, pues, que el barbero, para hacer de emisario entre los dos enamorados?

Don Basilio, profesor de música de Rosina y amigo de don Bartolo, acude a la casa de éste para, entre los dos, preparar la boda del doctor y su pupila; es precioso que el enlace tenga lugar cuanto antes pues, al parecer, ronda a la muchacha un peligroso mujeriego: el conde Almaviva.

Llega a la casa un rocambolesco soldado, aparentemente borracho, con un documento que obliga a don Bartolo a darle alojamiento (por supuesto, se trata del conde Almaviva. Las protestas del doctor no sirven sino para que el militar trate de golpearle. El barullo que se arma es tal que debe acudir un pelotón de guardias para apaciguar los ánimos. A escondidas, el conde muestra al oficial al mando un documento que da fe de su verdadera identidad, lo que evita que se lo lleven detenido.

—Ahora el descanso es un poco más largo— me dijo Francesco al tiempo que el telón descendía de nuevo— Van a representar un fragmento de un ballet pero, si lo prefieres, podemos estirar un poco las piernas..

—Una se me ha dormido, de modo que no sería mala idea caminar un poco.

—Lo importante es que no te duermas tú.

—¿Sabes que eres muy gracioso?

Nos acercamos al ambigú por ver de comer algo, pero la aglomeración de gente era tal que desistimos de nuestro intento. La glotonería con la que más de uno y más de dos ingerían canapés hacía pensar que no habían introducido alimentos en su organismo desde largo tiempo atrás ¿o será que lo gratuito es siempre apetitoso? De pronto, me sobresaltó la voz cascada y chillona de una campana.

—La función va a comenzar— me aclaró Francesco.

Pues podrían avisar de forma más elegante.

—Ciertamente.

Acto segundo. Salón de música de la casa de don Bartolo. Éste, sentado sobre una butaca, se desespera porque no ha podido averiguar nada acerca del extraño soldado que ha pretendido alojarse por la fuerza en su casa ¿sería, quizás, un enviado del conde? Mientras el doctor se pierde en estas divagaciones, aparece de nuevo Almaviva, esta vez disfrazado de seminarista. Afortunadamente, el doctor no le reconoce. El joven se presenta como:

—Don Alonso, maestro de música y discípulo de don Basilio. […] Don Basilio se encuentra mal, pobrecillo, y en su lugar…

Para ganarse la confianza del doctor, “don Alonso” le hace creer que, por casualidad, ha llegado a sus manos una carta de su sobrina dirigida al conde Almaviva.

Os diré. Si yo pudiera hablar con la muchacha, le haría creer… por ejemplo… que me la ha dado otra amante del Conde […]

Considerando que esta canallesca sugerencia sólo puede hacerla un digno discípulo de don Basilio, el doctor acepta a este supuesto discípulo suyo.

A partir de que don Alonso descubre a la joven, con disimulo, que es Lindoro, los dos no cesan de hacerse señas tiernas y disimuladas. Llega Fígaro para afeitar al doctor; éste le entrega un manojo de llaves para que vaya a buscar toallas limpias, lo que Fígaro aprovecha para hacerse con la que abre la celosía del balcón de Rosina.

De improviso, entra don Basilio, y queda desconcertado ante la manifiesta preocupación de don Bartolo por su salud. Merced a una bolsa de dinero que el conde le entrega con disimulo, el profesor de música regresa a su domicilio sin hacer preguntas.

Pero la fatalidad hace que el doctor descubra que don Alonso no es tal y éste ha de huir despavorido. ¿Era, tal vez, otro espía del conde Almaviva? don Bartolo llama a don Basilio para acudir juntos al notario y que, esa misma noche, se celebre su boda con Rosina.

—[…] ¿Estáis loco? Llueve a cántaros, y además esta noche el notario está comprometido con Fígaro; el barbero casa hoy a su sobrina.

—¿Una sobrina? ¿Qué sobrina? El barbero no tiene sobrinas….

Muy alarmado, don Bartolo envía a don Basilio en busca del notario. A solas con su pupila, el doctor tiene la feliz idea de mostrarle la carta que ella misma escribió al que cree Lindoro, y le hace creer que su supuesto enamorado se la ha entregado a otra amante; la joven, desesperada y despechada, decide al fin aceptar como marido a su tutor. Enterado don Bartolo de que Fígaro y el conde se han hecho con la llave del balcón, el doctor corre a llamar a la guardia para que los dos hombres sean detenidos en cuantro entren en la casa.


Estalla una gran tormenta con relámpagos y truenos. Se ve cómo alguien apoya una escalera sobre el balcón; al poco, éste se abre para dar paso a Fígaro y a Lindoro. Al encontrarse con este último, Rosina le rechaza violentamente. Es el momento de que el conde se muestre con su verdadera identidad y declare su amor por la muchacha y su voluntad de casarse con ella lo antes posible.

Llega entonces don Basilio con el notario; pero la boda de la que éste venía a dar fe ha cambiado de novio. Don Basilio acepta gustoso ser testigo de la boda de Almaviva y Rosina, convencido por dos poderosos argumentos: un valioso anillo y la promesa de dos balas en la cabeza en caso de manifestar alguna objeción. Cuando llega don Bartolo, Rosina y el conde se han unido ya en matrimonio.

—Creo que es ocioso que te pregunte si te ha gustado, puesto que te has reído a carcajadas— me dijo Francesco.

—¡Ha sido divertidísimo!

Cuando nos mezclamos con el resto del público que, poco a poco, iba desalojando el teatro, cazamos algunos comentarios al vuelo. Unos daban a entender que la ópera les había gustado mucho, mientras que otros la calificaban con desprecio de “ópera bufa”.

—¿Qué es una ópera bufa? —pregunté.

—Una cuya finalidad es hacer reír. Hay gente que menosprecia los temas que no son “serios”. ¡Con lo importante (y difícil) que es hacer reír!

—Cierto.

Hablando de estas y otras cuestiones acerca de la función, llegamos al embarcadero y, cuando nos disponíamos a subir a la góndola, se puso a llover.

—Después de todo, la precaución de traer la sombrilla ha sido útil  —dije con un cierto deje de triunfo en la voz.

—La de don Bartolo fue una precaución inútil, pero la tuya no, lo reconozco —me contestó.

Y así, a cubierto los dos, volvimos a casa.

Pauline Viardot García

 

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