La primera novela del zaragozano Alberto Guaita Tello irrumpe con fuerza en la literatura fantástica. Sin embargo, no es el único género presente. Trazos de romance, de poesía, de aventuras; valores humanos como el amor, la lealtad, la pérdida.

Con esta increíble y utópica historia, el autor, iniciado en la escritura a los treinta y siete años, plasma y comparte parte de su vida. Y, es que, Alberto Guaita ha tenido una infancia especial. Los viajes de sus padres, misioneros, le permitieron a temprana edad empaparse de la cultura de Camerún. Una experiencia cargada de felicidad y perturbadora a la par, donde la esperanza de vida es demasiado cruel. Sus intensos recuerdos, sus apasionantes vivencias y todo su crecimiento personal son retratados de una forma magistral en Los ojos del mar. El que fue su hogar durante varios años se mezcla con habitantes de planetas desconocidos y cercanos. Un auténtico océano de emociones, costumbres y creencias.

Tras su regreso a España, dejó la Comunidad Valenciana para instalarse en las montañas de Cantabria, donde se rodea de tranquilidad. Actualmente se encuentra sumergido en la creación de Duala, una novela negra y Cuentos de la Zamina, una antología de historias infantiles.


Cerca de la costa de Camerún se abre ante nuestros sentidos dos mundos completamente opuestos: uno, cargado de crueldad y pobreza; otro, onírico, con espacios alternativos a nuestra realidad, que no deja indiferente a nadie. En Longhee, encontramos a Fanya, una joven que ha sido criada, tras el abandono de su madre, por su abuela Simone, una vieja curandera cargada de experiencias. Su día a día, repetitivo y mágico a la par, se divide entre el tiempo de trabajo con la anciana y las horas junto a Malaam, un extranjero norteño de una aldea Peul, con muñones por extremidades tras haber sobrevivido años atrás a la lepra. La vida del inmigrante no es sencilla, pues se encuentra desterrado en un barrio pobre, el N’long, donde comparte territorio con otro único habitante: el viejo marabú Bilal. Sin embargo, la vida de la pequeña familia está a punto de cambiar de forma drástica.

Cierto día, junto al incondicional Malaam, los tres comienzan su jornada laboral en la playa de la zona. Con el objetivo de hacerse con algas azules para la elaboración de remedios, todo parece sencillo, hasta que un grito al cielo saca de las ensoñaciones a los recolectores. Bajo una montaña de plantas procedentes del mar, un hombre herido, aparentemente insconsciente, permanece atrapado. Un extraño ser sin orejas, luminoso y con manos y pies palmeados. Ante la sorpresa de Fanya, la curandera explica a sus dos acompañantes la naturaleza del mamiwata, un habitante marino procedente de Teluria. Los grandes corazones de los locales no pueden ignorar la situación de aquella criatura, por lo que, durante incontables jornadas, se turnan en su cuidado y vigilancia. Cuando Sharduk logra recuperar su salud, el retorno a su planeta se torna primordial. Su marcha no deja indiferente a la más joven.

Silencio. Angustia. Impaciencia. Llantos prematuros y tiernos de unos mellizos que rompen el tenso ambiente del lugar tras ser sumergidos en agua. Ciel y Etienne logran ver la luz natural y respirar la esencia de la vida seis meses después de la muerte de Simone en extrañas circunstancias. Vacía y abandonada, pero no sola, Fanya comienza su nueva vida junto a Malaam y su pareja, Alice, asistente en el parto.  A pesar de la felicidad de las dos nuevas vidas, la joven madre debe abandonar su hogar. Tras los rumores que circulan en el pueblo sobre la visita de un ser de otro planeta y el extraño embarazo, la pequeña familia es desterrada al N’long.


El paso de los años convierte a la muchacha en una mujer triste y deprimida. Señalados, repudiados y odiados, el tiempo transcurre sin noticias de Teluria. Con la esperanza completamente desvanecida, extraños sucesos desapercibidos se suceden a su alrededor.

Noemí es la redactora de este artículo y autora de la magnífica web Páginas de Nieve

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