Las sociedades, sobre todo en momentos de crisis, necesitan establecer la generación de un enemigo, confiriéndole un trasfondo conspirativo que hace de ese determinado grupo, interno o externo, el culpable de todos los males. Los judíos, gitanos y homosexuales para la Alemania Nazi, los protestantes para los católicos y viceversa en tiempos de la Reforma y la Contrarreforma. Los comunistas para la América de la posguerra o los capitalistas para los economistas posmodernos. Todos han sido chivos expiatorios pero, a su vez, han encarnado al “opuesto”,  tan magistralmente representado en la cacería macartista descripta por Arthur Miller en su obra The Witches of Salem, de 1954, donde el espíritu paranoico de los grupos sociales se muestra con la mayor crudeza posible, desnudando no sólo a la sociedad puritana del siglo XVII, sino a los contemporáneos del propio Miller. Hoy, más que nunca, la dicotomía entre el pensamiento de la izquierda y la derecha ha reestablecido el bando que nos contiene a la hora de emitir una opinión. Sin embargo, pocos prestan atención a que el devenir de la historia hizo que, estos supuestos bandos, terminaran por compartir la iconografía que define su lucha.


Si bien pocas manifestaciones del imaginario social son tan nobles como la utopía, en sí misma y con la responsabilidad de establecerse como parte esencial de la construcción del imaginario colectivo, es capaz de generar monstruos que con gusto engullirían la misma pluralidad que engendró sus bases.  Está claro que hasta las sociedades más desarrolladas no logran esquivar la idea de la existencia de un adversario. La violencia que comporta la generación de utopías inviables, se repite en la historia de las sociedades traducida en los conflictos de los procesos formulados por grupos que construyen su representación  popular en base al espectro siempre latente del contrincante.

Es verdad, por otro lado, que en gran medida todas las sociedades se han edificado sobre la construcción de un opuesto, sea real o no. El propio ideal griego necesitó de las más célebres antinomias de la historia a fin de establecerse. Durante todo el período clásico y aún antes, Grecia generó conflictos y soluciones sin distinción. La dicotomía entre Atenas y Esparta, así como su desprecio conjunto hacia los llamados déspotas orientales (reflejo preestablecido de los sátrapas de Persia), componen la esencia del pensamiento que las democracias occidentales heredaron como matriz.

“Estados Unidos encarna al enemigo común de los países emergentes o en vías de desarrollo”

La sedimentación de las doctrinas sociales posmodernas, decantaría el firme establecimiento del status de enemigo gracias a la inevitable consecuencia de la idea que ve inviable aquello que el otro construyó, base de un proceso de transformación constante en las democracias emergentes y otras tantas establecidas, a un lado y otro del Atlántico. La desavenencia política y la discordia ideológica, se transformaron en estos últimos años y en las circunstancias que vivimos, en la búsqueda de los perfectos absolutismos opuestos. Esta mueca post utópica de la política brota sólo cuando los resentimientos y el desgano se hacen cargo de la voluntad administrativa. En síntesis, para ser divisionista, hay que pensar poco. Para los simpatizantes de las sociedades basadas en la antinomia permanente, de polarización inclaudicable, existe una profunda obsesión que apunta a la idea de un desestabilizador permanente, una terrible amenaza que llega de algún sector que resulta la inveterada cuna de todos los males. Para los griegos de Argos, fue la oligarquía, para Alejandro Magno fue Persia, para los romanos que habían inhabilitado la república, fue Cartago… Aparentemente las cosas no han cambiado tanto.



De manera paradójica, Estados Unidos, que parece ver en cada turbante un posible heraldo del mal, encarna a su vez al enemigo común de los países emergentes o en vías de desarrollo, con o sin motivos, pero siempre dentro de la maraña utópica de la construcción del discurso local en base a la antinomia  que lo separa del enemigo. El comúnmente conocido “imperio” o, con tono irónico “gran país del norte”, sistemáticamente y siempre dentro del imaginario colectivo, sería acusado de destruir cada intento progresista en las regiones más recónditas desde el comienzo de la Guerra Fría hasta la Perestroika y más allá. Sucede que las naciones no son tan diferentes a los individuos. Aquellos que según la psicología padecen de cierta manía persecutoria, viven tratando de confirmarla. Intentan detectar, dentro de su delirio, cualquier pequeño acto que confirme sus sospechas. Entonces, hasta la más ínfima acción del supuesto confabulador, más o menos intencional, terminará confirmando que sus miedos se fundaban en una dolorosa realidad. Según estas imágenes eidéticas nacidas en el corazón de lo que muy poco científicamente podríamos dar en llamar paranoia ideológica de los estados, la tantas veces criticada, belicosa y perturbadora CIA daría pie cada día a fin de confirmar los delirios conspirativos de muchos “pensadores”. Entonces, la parafernalia conspirativa la vería penetrando en las grandes organizaciones del mundo hasta desintegrarlas, a fin de convertir territorios que antaño eran soberanos en simples teatros o campos de operaciones de inteligencia más que de estrategia. Las justificaciones fueron innumerables. Primero el temor al comunismo, luego el temor a la ordalía de poderes autónomos,  por último el petróleo y la hegemonía de ciertas figuras carismáticas que siempre guardaron, para los mandatarios estadounidenses, una cierta o extrema cuota de peligrosidad.

La CIA, oscura, siempre sospechosa… ¿Quién no conocía, irónicamente y pese a sus actividades encubiertas, sus atrocidades en Latinoamérica y Medio Oriente?  “Experimentan con nosotros” aseguró alguna vez algún líder con acento caribeño, mientras cierta bibliografía de tiempos idos, que solían leer las generaciones que vivieron los años de plomo o acrílico, según con qué ojos se vea a la década de los setenta, volvería a ponerse de moda entre los simpatizantes del populismo actual. Desde la muerte de Chávez hasta el viaje a la luna, desde el asesinato de Kennedy hasta el derrumbe de las Torres Gemelas, todo, absolutamente, parece ser la obra macabra de los agentes de la CIA. A esto se le agregó a partir de algún momento más o menos indeterminable, un condimento bastante obvio: la colaboración del MOSSAD. Por cierto a semejante cóctel no deberían faltarle el nunca bien tratado sionismo internacional y el por estos días antipapalCapitalismo Salvaje”. Esta suerte de “sinergia” presente en la teoría de la conspiración universal, no dista mucho del discurso de la derecha golpista que abundó en tiempos que quedaron, indelebles, en la memoria de las naciones de este lado del mundo. Sin embargo, reinterpretado en el siglo XXI, por ese sortilegio transmutable que tienen los fundamentos ideológicos, un concepto antes acariciado por el Nacional Socialismo de la Alemania Nazi, se convirtió en la holocáustica bandera de las izquierdas internacionales que ven un complot en todas las acciones o pensamientos surgidos de otra usina intelectual que no es, por supuesto, aquella que se consolida en sus filas. Esta transmutabilidad casi pasa inadvertida, sin embargo parece signar el liderazgo de las antinomias contemporáneas.

Sergio Prudencstein

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