El otro día comentaba a un sobrino mío si quería ver una conocida película en blanco y negro. Me respondió tajantemente que no le gustan porque son antiguas. Eso me hizo reflexionar y llegué a la conclusión de que lo clásico está pasado de moda para la gran mayoría de las personas. Y no solamente en el cine, sino también en la literatura. Todo el mundo conoce a Miguel de Cervantes y a su Don Quijote de la Mancha, pero a veces pienso que si a un joven de hoy en día le preguntan por el Libro del buen amor lo mismo alguien puede creerse que se trata del Kamasutra.

Cierto es que todos hemos leído algún clásico cuando estábamos en la escuela porque los maestros así nos lo requerían, pero por iniciativa propia no es tan corriente. Sin embargo, no cabe duda de que la literatura del Siglo de Oro es rica y fértil en cuanto a calidad se refiere. Lope de Vega, Calderón de la Barca, William Shakespeare, Francisco de Quevedo y, más tarde, narradores extraordinarios como Charles Dickens, Benito Pérez Galdós y Leopoldo Alas Clarín, etc. son sinónimos indiscutibles de calidad.

“Lo que no es muy normal es que la camiseta de la temporada pasada de nuestro equipo favorito de fútbol sea completamente denostada.”

No digo que hoy en día no haya autores con un gran talento y una magnífica y esperanzadora cantera de escritores que buscan una oportunidad para hacerse el sitio que, sin duda, merecen en el panorama literario y que por razones comerciales y un exceso recelo de las editoriales se les niega. Pero eso es un tema para otro artículo.


Evidentemente, es cuestión de gustos. No obstante, es conveniente reflexionar sobre cómo hemos llegado a esta situación y por qué relacionamos lo clásico como algo carente de interés y hasta tan aburrido que dudamos de su calidad. Mi opinión particular es que el motivo de todo esto radica en factores sociales que influyen sobremanera en cada una de las personas. Todo el mundo quiere estar a la última moda ya sea en ropa, coches o incluso hogar, cosa lógica por otra parte cuando se pretende mejorar de estilo de vida, sin embargo, existe un cierto sentimiento insano y poco recomendable como es la envidia. Ésta nos lleva a la presunción y a la vanidad. A consecuencia de esto si el vecino posee, por ejemplo, un televisor de treinta pulgadas buscamos uno de plasma de cincuenta e inmediatamente aquél pretenderá comprar uno más grande aún y ese absurdo círculo vicioso prosigue indefinidamente.

La cultura, por desgracia, está en horas bajas. Consideramos al mejor de los documentales como lo más aburrido del mundo y, sin embargo, los programas basura abundan cada vez más en la parrilla televisiva debido a su gran audiencia, embobándonos paulatinamente. Si un joven, y este es un ejemplo completamente utópico, le dice a sus amigos que le encanta la película Lo que el viento se llevó, que su escritor favorito es José Zorrilla y su cantante preferido es Antonio Machín le mirarán, sin duda alguna, como a un bicho raro.

La agresiva política de marketing existente tiene también mucha culpa de esta anómala situación. Ésta plantea con antelación cómo aumentar y satisfacer la demanda de productos y servicios de índole mercantil e incitar el consumo. Cosa lógica por otra parte, ya que es indispensable en un país la compraventa de artículos. Pero, lógicamente, lo que no es muy normal, que digamos, es que la camiseta de la temporada pasada de nuestro equipo favorito de fútbol sea completamente denostada y arrinconada frente a la de este año.

En ocasiones, para promocionar la novedad las firmas comerciales utilizan argucias más que lamentables, tales como enseñar el torso desnudo de un obrero de la construcción mientras bebe el refresco de turno ante las lujuriosas miradas de unas vecinitas, o mostrar a una rubia despampanante enfundada en un ajustado traje de cuero negro montada en una moto de gran cilindrada mientras ésta se baja la cremallera y dice al, en ocasiones, fascinado espectador masculino que busca a un hombre con el mismo nombre de la colonia que anuncia. En fin, penoso. Pero el caso es que estos mensajes calan en la sociedad y tienen un poderoso poder de sugestión sobre el futuro comprador y que éste acaba por caer en las redes que dichas firmas comerciales han ido tejiendo hábilmente poco a poco.

“Consideramos al mejor de los documentales como lo más aburrido del mundo y, sin embargo, los programas basura abundan cada vez más.”

Lo más curioso de todo es que cuando hablamos de actores como James Stewart. Cary Grant, Katherine Hepburn o Ingrid Bergman, por poner un ejemplo, y de escritores como Gustavo Adolfo Bécquer, Mark Twain o Edward Allan Poe siempre nos referimos a ellos como grandes artistas aunque luego ni veamos sus películas ni leamos sus obras y el motivo principal, a mi juicio, es que pretendemos pavonearnos ante los demás mortales y presumir de la cultura que no poseemos.


Sin embargo, no nos engañemos, la realidad es bien diferente. Se tacha a un género tan indispensable como es el Romanticismo como cursi y antes que comprar un libro de cualquier dramaturgo de esa época se opta por adquirir, por ejemplo, Cincuenta sombras de Grey. Es triste, pero es lo que hay.

En nosotros está revertir esta anómala situación, educar a nuestros hijos con unos valores culturales más ricos, fecundos y variados porque en ello gozaremos de dos grandes virtudes tan indispensable como son la diversidad y la tolerancia que son la base fundamental para que las personas crezcamos como tales. Estos principios son importantísimos en la sociedad, no solamente en la literatura, el cine, la música y en cualquier otra forma de expresión artística, sino también en poseer esa capacidad integradora tan indispensable en los tiempos que corremos, tan necesaria por los motivos sociopolíticos que todos conocemos y que nos humaniza. No se puede aprender lo suficiente si sólo sabemos una parte de esos conceptos culturales. Únicamente se alcanza la completa educación cuando los conocemos todos. De esta manera enriqueceremos nuestro intelecto y lograremos valorar en su justa medida todo lo que nos rodea y con ello ganaremos en felicidad y bienestar.

Luis Fernando Ramos Martín es escritor. Nació en Madrid el 5 de junio de 1972 y ha publicado catorce microrrelatos en sendos certámenes literarios, de los cuales en ocho de ellos obtuvo una mención honorífica. Fue finalista en el Primer Premio de Poesía Villa de Madrid.

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