Segundo día de la Fiesta del Cine. Unas ganas terribles para ver Inferno (una decepción como he apuntado en el artículo anterior). Después de una larga espera en la cola, me dan la mala noticia: no hay localidades. Echo una mirada al panel con optimismo, quizás haya alguna película que me apetezca ver en la gran oferta de títulos. Pero caigo en la cuenta de que la mayoría de mis otras apuestas ya han echado a rodar o no disponen de sitios libres. La afable trabajadora me ofrece una opción: El Contable, fila 5. Niego con la cabeza.


Una película de acción no entraba en mis planes y tampoco estoy dispuesto a arriesgar mi maltrecha visión en una fila tan próxima a la pantalla. Al final pago; sé en mi interior que no tengo otra posibilidad y ya que he venido… abandono la taquilla decepcionado porque a pesar de que solo han sido tres euros voy a ver una película de acción con Ben Affleck que ni siquiera he visto promocionar. Sumado a esto, aún tengo reciente el mal sabor de boca de su anterior trabajo “Batman contra Superman”, donde he sido testigo de cómo los años de duro trabajo interpretativo por parte del oscarizado Cristhian Bale para reflotar la franquicia del murciélago se han ido por la borda. No es que la película fuera mala, pero es una vuelta a la era prenolan, donde las cintas de superhéroes eran para los amantes de los comics, los incomprendidos sociales (en los que yo me incluyo) y los gafapasta.

La película, dirigida por Gavin O´Connor, comienza mostrándonos a Christian Wolff (Ben Affleck), un niño con Síndrome de Asperger resolviendo un puzle al revés; lo que consigue arrancar el primer ¡Ooh! de la sala. Años más tarde, ese mismo joven se ha convertido en un contable, pero no el que se esperaría un cliente nervioso por desgravar los impuestos que tanto le atormentan. El “apacible “administrador de cuentas maneja las armas como el más curtido de los SEAL´s, pelea mejor que Jackie Chan y encima es tan listo que el mismísimo Stephen Hawking, y por si todo esto fuera poco es coleccionista de arte. ¡Vamos! Lo normal para un contable. Estas habilidades aprendidas gracias a su padre, un oficial del ejército, le permiten trabajar para los más variopintos clientes: desde la dueña de una mercería de barrio hasta las más poderosas organizaciones del crimen. La cosa promete.

Crítica de la película el Contable. El Magacín.

La trama tampoco es que vaya más allá, sin giros ni piruetas, aunque nos reserva un final inesperado. Wolff es contratado por primera vez por una lícita compañía robótica, perteneciente al papel interpretado por John Lithgow, donde deberá desgranar una infinidad de libros de contabilidad. A base de pintarrajear paredes (al estilo Una mente maravillosa) y gastar más rotuladores que un entrenador de baloncesto, intenta desvelar quien está detrás del enorme agujero generado en las cuentas. Le asignan como ayudante a una joven de rostro inocente (Anna Kendrick) que intentará echarle una mano, pero el inexpresivo contable de rostro perpetuo (papel que borda Ben Affleck y lo digo sin sorna) se niega a aceptarla. Conforme avanza la cinta, el director nos desvelará los motivos ocultos de este desfalco y las implicaciones ocultas que esto conlleva. A base de marear la perdiz sobre quien puede ser el culpable, como en el juego del Cluedo, los minutos se irán consumiendo con rapidez. Para añadir un algo de picante, el guionista añade un pasado compartido entre el protagonista y un agente del fisco (J. K. Simmons), interesado en saber más sobre la vida del matemático pistolero.

Reuniendo todos estos ingredientes puede parecer que el largometraje no deja de ser una mera cinta de acción, una más a la que nos tienen acostumbrada las productoras estadounidenses. Eso mismo creía yo, ¡que equivocado estaba! Como cuando pensé que Watchmen sería convertiría en una película de culto siguiendo la estela de su hermano en comic. No es que la película tenga unos diálogos elocuentes y elaborados, propios de grandes largometrajes como El señor de los Anillos; tampoco que las escenas de acción sean comparables a las mejores escenografías de Michael Bay, o un guion increíble como el de Seven o El Padrino. Ni que decir tiene que las escenas de humor ni se aproximan a los gags de los Monty Python. Entonces ¿qué ha hecho bien? La respuesta está en el orden, el ritmo escrupuloso en el que sucede cada escena. Cuando tienes ganas de ver como se reparten leches, el director te lo brinda unos guantazos. Cuando se necesita el humor para dar un cambio de tono, pues ahí lo tienes. Cada cosa sucede cuando debe de suceder.


Debo confesar que la película me ha sorprendido gratamente. Cuando esperaba sentado cómodamente sobre la butaca, con las palomitas en la mano y el bote lleno de cola no tenía muchas esperanzas de que fuera a disfrutar con ella, pero me gusta haberme equivocado. He disfrutado mucho viéndola y me ha demostrado lo grandioso que es el cine. La película no será candidata a los Oscar, tampoco Ben Affleck o cualquiera de los miembros de reparto estará nominado a los Globos de Oro. Pero lo cierto es que han conseguido sorprender y eso si merece mi respeto. No se han dedicado a embutirnos por los ojos un montón de costos efectos especiales o enrevesadas escenas de acción para justificar su presupuesto. Han jugado con la sencillez de la trama, los chistes fáciles y un par de tiros. Pero a veces la sencillez basta para entretener y lo han logrado por lo que me cuesta una caña y un pincho. Y lo más importante de todo, me ha enseñado a no prejuzgar a una película por su presupuesto, por los actores, guionista o productores. La próxima vez siéntense en sus butacas y esperen el resultado final. Puede que la magia del cine logre sorprenderles.

 J.P. Metello

Artículos relacionados